lunes, 2 de julio de 2012

La lógica de la precariedad

No paro de oír desde hace tiempo, monótona y repetitiva como una letanía, la afirmación esa que dice que ya no va a haber trabajos fijos, que habrá que reinventarse continuamente, innovar y emprender (cuidado con estos tres palabros que ya suenan más que Paquito el Chocolatero en las verbenas de pueblo). Y generalmente estoy de acuerdo de que el mundo está en fase de transformación, que lo anterior ha perdido validez y que todavía no sabemos que forma adquirirá esta magma en la que nos encontramos ahora.

Lo que realmente me revienta es que quienes con más frecuencia pronuncian ese monólogo lo hacen como si les alegrase la situación, como si considerasen que hemos dejado atrás una época y un modelo defectuoso para adentrarnos en un mundo más justo y perfecto. Y estos seudoprofetas suelen ser altos cargos de grandes empresas y de bancos, políticos allegados, y en general todo aquel de clase alta que ahora está disfrutando al ver como se desmorona el estado del bienestar (también están los cansinos que venden cursos para aprender a emprender, pero esos me molestan menos).

Vale, es evidente que no habrá trabajos fijos para toda la vida, que habrá que cambiar de empleo con frecuencia y que habrá que rediseñar y adaptar nuestras habilidades profesionales a un entorno “fluido” en constante evolución, la “modernidad líquida”, utilizando la terminología de Zygmunt Bauman.  ¿Pero acaso se piensan que las reglas antiguas que regían el mundo van a seguir funcionando para el capital? ¿Que lo que les ha permitido ganar dinero anteriormente lo va a seguir haciendo? Me temo que no.

¿Qué pasará con los bancos y las hipotecas, por poner un ejemplo? Una parte importante de sus ingresos procedía de prestar a las familias el capital para adquirir una vivienda, que éstas devolverán a lo largo de varias décadas. Es un modelo que en España cobra auge en la década de los 60 y siempre bajo la premisa de tener un trabajo estable, aunque el sueldo sea bajo, que te garantice poder pagar las letras año tras año. Pero un trabajador temporal en precario no se atreverá a pedirle a una entidad financiera un gran capital con un horizonte laboral inmediato incierto. Lo mismo se puede argumentar con los automóviles de gama alta.

Pero el neoliberal de turno argumentará que, una vez superadas las rigideces que obstaculizan el mercado de trabajo, éste con su mano invisible conducirá a una situación de pleno empleo en la que los trabajadores encuentren trabajo con facilidad y tengan una sensación “virtual” de seguridad laboral que les invite a hipotecarse hacia el futuro. Suponiendo que eso fuese cierto, -que la historia ha demostrado que siempre existe un límite inferior de salarios a partir del cual el trabajador no está dispuesto a ofrecer su fuerza de trabajo-, la búsqueda de equilibrio del mercado bajaría tanto los sueldos que hundiría la demanda. Todos conocemos a personas que actualmente cobran menos de 600 euros al mes.

Si no hay una demanda más que de productos de primera necesidad y subproductos de consumo procedentes de Asia, ¿de qué vivirán gran parte de los empresarios y de los bancos? El tramo de productos de bajo valor añadido ya nos lo ha arrebatado China y son imbatibles ahí. Habría que producir mercancía de calidad de más alta gama, pero ¡vaya! no encontramos compradores en España entre la clase media empobrecida y como tampoco tenemos una excesiva vocación exportadora…

La precariedad también erosiona el capital humano de las empresas (eso que siempre dicen que es su principal activo). Como es lógico, el trabajador ocasional o temporal no puede desarrollar una fidelidad y un compromiso con la compañía, como podía suceder antiguamente, lo que no quiere decir que no ejecute su trabajo con excelencia. Pero en situaciones de bonanza económica cambiará de empresa inmediatamente ante una oferta mejor, de sueldo o condiciones. Y según la doctrina del mundo naciente, cada trabajador tendrá un valor especial por sus conocimientos, creatividad y capacidad para innovar en el puesto de trabajo. Es decir, que ya no son perfectamente sustituibles unos por otros como en el capitalismo industrial. ¿Estarán dispuestas las empresas a perder con frecuencia a sus mejores valores?

Todos estamos de acuerdo en que el cambio que se está produciendo en el mundo es irreversible, pero deberíamos contribuir desde cada lugar en la sociedad a que resulte lo menos traumático posible y lo más beneficioso para el conjunto.

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