domingo, 28 de septiembre de 2014

Repensando el desarrollo productivo de América Latina

Parece ser, a juzgar por los datos macroeconómicos, que la región latinoamericana está efectivamente entrando en recesión. Todos deseamos que no sea más que un parón temporal del proceso de crecimiento, pero lo cierto es que para este año se espera una tasa global de tan solo el 1,5%.
 
Por supuesto, cada país es un caso distinto en sí, y como vimos en un post de antes de verano, existe una clara dicotomía entre el comportamiento económico de los que integran la Alianza del Pacífico y de los miembros de Mercosur. Pero el panorama general no es halagüeño; el gigante Brasil, que se perfila como una de las potencias hegemónicas de este siglo, está viendo como se desinfla su tasa de crecimiento y de transformación social de forma que peligra el bienestar adquirido recientemente por las nuevas clases medias surgidas de los estratos más pobres de la sociedad.
 
Por su parte, los estados víctimas de gobiernos populistas, como Argentina y Venezuela, se encuentran en la actualidad con grandes problemas institucionales a sumarse a los económicos. Incluso las mejores apuestas de América Latina, Perú, Chile y México, están sintiendo un frenazo en su actividad.
 
Indudablemente, la coyuntura económica mundial, o por lo menos la que afecta a Europa y Estados Unidos, tiene mucha culpa del actual estado de cosas en Latinoamérica, pero existen igualmente otras causas de mayor calado ligadas a la falta de productividad, como subraya un reciente informe del Banco Iberoamericano de Desarrollo (BID) titulado ¿Cómo repensar el desarrollo productivo?  
 
La publicación afirma que los casos de éxito en procesos de desarrollo han estado ligados a políticas de desarrollo productivo (PDP) y pone como ejemplo a Corea, que supo apuntalar su despegue estimulando sectores clave como el naviero, el automovilístico o más recientemente, la electrónica.
 
El BID pone énfasis en separar el concepto de “política de desarrollo productivo” de la política industrial tradicional, principalmente porque la primera supera el foco de las manufacturas y se proyecta igualmente al sector primario y a los servicios, y además trata de ofrecer una visión más amplia que la segunda.
 
En Latinoamérica, las políticas industriales se han aplicado generalmente mal de forma que se ha llegado a considerar que la mejor política es la ausencia de la misma. Baste recordar aquellas políticas de sustitución de importaciones que aplicaron numerosos países de América Latina y Caribe durante las décadas de los cincuenta y sesenta, basadas en establecer barreras arancelarias o contingentes a la importación de determinados productos industriales, y en paralelo, estimular el despegue de esa producción en el interior del país, invitando a menudo al capital productivo extranjero a invertir en los mismos.
 
El fracaso de este tipo de acciones, que en la mayoría de los casos solamente benefició a las empresas multinacionales extranjeras y a las oligarquías económicas locales aliadas con éstas,  llevó a estas acciones institucionales de estímulo del desarrollo productivo al descrédito. Pero el BID considera que los gobiernos de los países de la región deben retomar el liderazgo en el proceso de transformación y aplicar PDPs, siempre intentando evitar los errores del pasado.
 
De hecho, el estudio plantea evaluar cualquier nueva propuesta con un marco que, basado en las enseñanzas adquiridas, separe las que presenten visos de efectividad de aquellas destinadas al fracaso. El BID sugiere realizar tres pruebas a cada nueva política productiva:
 
  1. ¿Cuál es el fallo del mercado que justifica aplicar la política? En teoría toda política pública responde a una necesidad de corregir fallos del mercado, es decir, ineficiencias en el funcionamiento económico, buscando el beneficio social, que el devenir de las fuerzas de la oferta y la demanda no son capaces de erradicar. Una intervención mal orientada puede alterar mecanismos de mercado que funcionaban correctamente.
     
  2. ¿Se corresponde la política propuesta como remedio con el diagnóstico que la justifica, ya sea aliviando el fallo o corrigiendo su impacto? A veces la política aplicada no se corresponde con la solución del problema identificado o actúa solamente sobre los síntomas y no sobre el origen de la causa.
     
  3. ¿Son las capacidades institucionales lo suficientemente fuertes para diseñar y ejecutar la política tal como se concibió?  A pesar de que esté justificada la intervención pública para solventar un fallo del mercado, la Administración y las agencias gubernamentales pueden carecer de la capacidad para implementar adecuadamente una política determinada.

El Banco Iberoamericano de Desarrollo plantea una serie de elementos que a su juicio deben orientar las políticas de desarrollo productivo:
 
Sortear los escollos de la innovación – La inversión en I+D de la región latinoamericana es insuficiente a pesar del evidente valor de ésta como mecanismo transmisor de la innovación a sectores productivos y empresas. Sin embargo, hay que diseñar las políticas de innovación con sumo cuidado, centrándose en subsanar fallos del mercado, para que no generen efectos no deseados.
 
Apoyo a empresas nuevas con alto potencial de crecimiento – Las empresas de nueva creación tienen un efecto desproporcionado sobre el empleo y tienen capacidad para introducir en el mercado ideas nuevas que fomenten la productividad. Las políticas de apoyo al emprendimiento deben centrarse en sectores económicos de alto potencial de crecimiento, pues no todo nuevo negocio presenta perspectivas de crecimiento.
 
Financiación inteligente para el desarrollo – La financiación a través de créditos, garantías y bancos de desarrollo debe aplicarse basándose en el criterio de máxima eficiencia de la inversión.
 
El sector público como coordinador – Una necesidad que puede surgir ante la frecuente falta de coordinación de las empresas de un sector o de distintos sectores. Por ejemplo, en el caso de una determinada innovación que beneficia a todo un sector, las empresas del mismo tenderán a sacar lo más posible de los nuevos procesos o productos intentando financiar lo menos posible. En este tipo de situaciones se hace necesaria una política vertical, es decir, dirigida a un sector específico.
 
Selección de sectores en las políticas verticales – Se trata de políticas para estimular la productividad de sectores clave en una economía que individualmente tengan la capacidad suficiente para contribuir al desarrollo de la nación.
 
En suma, se trata de propiciar el cambio estructural productivo necesario que afiance de una vez por todas la senda del desarrollo.

jueves, 18 de septiembre de 2014

La industria europea que emerge de la crisis

A pesar de que el fantasma del estancamiento económico recorre Europa, las autoridades comunitarias ya utilizan en sus informes económicos expresiones como “ahora que la UE emerge de la recesión”, haciendo gala de un optimismo no compartido por las propias sociedades de los Estados miembro. En cualquier caso, resulta loable que se dediquen a estudiar cómo ha quedado el sistema productivo europeo tras el cataclismo y que propongan medidas para reflotar el tejido empresarial, como hace el informe de la Comisión European Competitiveness Report 2014, que lleva el subtítulo Helping Firms Grow.
 
A lo largo de 230 páginas este trabajo realiza una radiografía bastante pormenorizada del estado de situación de la economía de Europa en el marco geoeconómico global en el que nos movemos actualmente, detectando tanto amenazas como ventajas.
 
Dentro de éstas últimas, los autores postulan que la fortaleza competitiva de la zona europea no ha resultado dañada por la crisis. Seguimos manteniendo una fuerza de trabajo muy cualificada, una importante vocación exportadora y ventajas comparativas asociadas con la especialización en segmentos de producción complejos y de alto valor añadido.
 
La explicación a la caída del peso de la industria dentro del valor añadido se debe no tanto a su pérdida de importancia relativa dentro de la economía como a la caída de los precios industriales respecto a los de los servicios. A pesar del proceso de reindustrialización en marcha, éste puede no llegar a compensar el efecto sobre el PIB de la bajada de los precios.
 
Se percibe una falta de crédito financiero, debido a imperfecciones del mercado, que puede estar frenando el lanzamiento de proyectos económicos altamente viables, especialmente entre la pequeña y mediana empresa. La pyme europea no suele entrar en mercados exteriores y sus relaciones internacionales se limitan a la exportación.
 
En el campo de la innovación, el informe reconoce que la innovación de productos tiene un fuerte efecto en el crecimiento del empleo, tanto en la industria como en los servicios, mientras que los de la innovación organizativa y de procesos son insignificantes. En épocas de de boom económico la innovación crea empleo y en las de crisis ayuda a preservarlo.
 
La energía en Europa se plantea como un problema que afecta a la competitividad de las exportaciones. Los precios de la electricidad y del gas son más elevados que los de otras zonas del mundo, principalmente por los impuestos, los gravámenes y los costes generados por las redes. La mejora en la eficiencia energética llevada a cabo por las empresas europeas no ha conseguido contrarrestar el efecto negativo de la subida de los precios energéticos sobre la competitividad.
 
Ante este panorama, la Comisión Europea recomienda apuntalar la reconstrucción de Europa desde las fortalezas identificadas:
 
  1. La ventaja competitiva en numerosos productos de exportación, tanto en los de alta intensidad tecnológica, como los farmacéuticos, como los de media intensidad, como maquinaria o el sector químico.
  2. La proporción de productos intermedios domésticos (fabricados en Europa) en las exportaciones europeas es elevada, alrededor de un 85% del valor añadido, y superior al de otros países de fuerte vocación exportadora como Corea.
  3. Las exportaciones europeas se caracterizan por un mayor grado de sofisticación y complejidad que los productos exportados por otros países.
  4. La exportación europea lleva asociada una elevada proporción de mano de obra muy cualificada en su producción.

lunes, 8 de septiembre de 2014

La economía en el limbo: calma sin viento en las velas

A nadie se le escapa a estas alturas que esta crisis en la que nos vemos inmersos desde 2007 no es un fenómeno coyuntural y que está transformando los cimientos del mundo que heredamos del -en la distancia ordenado comparado con estos tiempos-, siglo XX.

En las crisis cíclicas a las que estábamos acostumbrados ya hace un puñado de años que hubiésemos empezado a ver los brotes verdes en la forma de crecimiento de los agregados de la producción y del empleo. Pero siete años después, las economías afectadas, pues recordemos que la crisis solamente ha afectado a una parte del orbe, combinan signos positivos titubeantes con señales que nos llevan desde el desconcierto al miedo.

En la región europea, y tras grandes avisos por parte de los expertos, la autoridad monetaria ha comprendido por fin que el peligro no está en un repunte de la inflación –bendito sea, si fuese fruto de una vigorosa reactivación de las macromagnitudes-, sino en el estancamiento prolongado y la deflación, ese fantasma que hasta hace bien poco parecía estar relegado al universo de la leyenda urbana. Como decía Paul Krugman en un reciente artículo:
“Europa, que está en peor situación económica que durante la década de 1930, se encuentra sin lugar a dudas atrapada en un torbellino deflacionario, y es bueno saber que el BCE es consciente de ello. Pero puede que la revelación haya llegado demasiado tarde. No está nada claro que las medidas que hay ahora sobre el tapete sean lo bastante contundentes para invertir el sentido de esa espiral deflacionaria.”
Antaño, el escenario económico que manejábamos solamente tenía dos posiciones: o la recesión destructora de empleo y de actividad comercial, o el crecimiento firme. Ahora nos encontramos con una tercera situación, un limbo en donde la crisis como tal parece superada pero en el que el motor económico no acaba de arrancar. No se destruye empleo, pero tampoco se crea en grandes volúmenes. El PIB evoluciona positivamente, pero creciendo tímidamente, como con apatía.

Desde la orilla europea miramos con envidia al vecino atlántico de enfrente, viendo cómo allí parecen solucionar nuestra mayor preocupación, que es el desempleo desbordado. Pero lo cierto es que los analistas norteamericanos también están preocupados y desconcertados por una situación a todas luces anómala.

El número de julio de The Economist expresa esta inquietud en el artículo Jobs are not enough, argumentando que, aunque la evolución positiva del mercado laboral en EE.UU. está acercando a la economía nacional al pleno empleo (en junio la tasa de paro bajo hasta el 6,1%, la más baja de los últimos seis años), el Producto Interior Bruto cayó un 2,9% en su tasa anual en el primer trimestre. Parece una contradicción que una recuperación de la tasa de ocupación tan relevante no vaya asociada a un potente crecimiento de la economía.

El artículo reconoce que la actividad económica a corto plazo depende en gran medida de los vaivenes de la demanda y que ésta ha sufrido una severa contracción en los últimos años, tanto por la parte de las familias como por la del Estado. Pero también afirma que a medio y largo plazo la capacidad nacional para crecer se basa en la cantidad y la calidad de la mano de obra, siendo esta última medida en términos de la productividad del trabajo.

Pues bien, teniendo en cuenta que la producción nacional (numerador) ha disminuido y que la masa de trabajadores ocupados ha aumentado (denominador), llegamos a la conclusión de que la productividad laboral ha caído significativamente. En teoría este factor hipoteca el crecimiento futuro del país.

La recuperación de las cifras positivas del mercado de trabajo en EE.UU. se achaca en el artículo a factores estructurales, en principio no asociados a la mejora de la producción (que no se ha producido), como la jubilación de los primeros baby boomers o a que los jóvenes amplíen su periodo formativo retrasando su entrada al mundo laboral. Además se ha restringido la entrada de mano de obra inmigrante al país. Son elementos que reducen la oferta de mano de obra.

Las expectativas del crecimiento anual de la mano de obra entre 2010 y 2030 son del 0,3%, menos de un tercio de las tasa de las dos décadas anteriores.

Claramente, todos estos indicios de situaciones anómalas, según los cánones que manejábamos, presentan un cambio estructural en marcha, la aparición de un nuevo orden mundial que todavía no acertamos a vislumbrar, pero cuyos rasgos desconcertantes ya estamos sufriendo.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Cuando la globalización amplía la desigualdad en naciones emergentes


A pesar de que desde el siglo XVIII los defensores del libre comercio abogan por sus bondades a la hora de garantizar el crecimiento y el bienestar de todos los países implicados, nuestra joven globalización, en términos de décadas, parece demostrar lo contrario, por lo menos en lo relativo a la distribución de la renta interna de los países en desarrollo.

Básicamente, las teorías de la economía clásica que se refieren al comercio internacional postulan que cada país se especializará en la exportación de bienes o servicios en los que sea más competitivo (los que pueda producir con un coste relativo menor) que el resto de naciones. En el caso de un país en vías de desarrollo, se espera que la demanda internacional de sus exportaciones debería aumentar internamente la necesidad de mano de obra de baja cualificación y en consecuencia provocar un aumento de los salarios.

Pero el esquema actual de comercio internacional no parece cumplir estas expectativas, como expone el artículo de The Economist Revisiting Ricardo. Según los datos que maneja el autor, aunque la distribución de la renta entre países ricos y pobres se ha equilibrado entre 1988 y 2008, por regla general la distribución interna de la riqueza ha ampliado la brecha entre los ricos y los pobres en esas naciones.

El modelo clásico ha fallado y los economistas se apresuran a estudiar por qué. El profesor de Harvard y premio Nobel Eric Maskin ha analizado este fenómeno y ofrece una posible explicación, que se basa en las relaciones internacionales entre trabajadores cualificados y no cualificados de países pobres y ricos.

Su tesis parte de la premisa de que los trabajadores sin cualificación pueden ser más productivos cuando se combinan con trabajadores cualificados. El modelo divide la fuerza de trabajo en cuatro grupos:

A.    Trabajadores cualificados de países desarrollados.
B.    Trabajadores poco cualificados de países desarrollados.
C.    Trabajadores cualificados de países en desarrollo.
D.    Trabajadores poco cualificados de países en desarrollo.

Maskin defiende que antes de la era de la globalización, antes de 1980, los trabajadores de los países en desarrollo (grupos C y D) trabajaban juntos, y según su postulado esta relación impulsaba la productividad de los menos cualificados.  Por su parte, los cualificados no tenían relación con el mundo desarrollado y sus salarios crecían poco o nada, pero en cambio los menos cualificados, al ser más productivos, veían sus ingresos crecer, disminuyendo la brecha de rentas entre ambos colectivos.

Con el advenimiento de la globalización, la revolución de los transportes y las comunicaciones y el impulso consecuente al comercio internacional, los trabajadores cualificados de los países en desarrollo (C) comienzan a relacionarse con los trabajadores poco cualificados de los países desarrollados, debido al offshoring o deslocalización industrial, que lleva las plantas productivas y distintas líneas de negocio de Europa y EE.UU. a lugares de Asia, África o Latinoamérica.

De acuerdo con Eric Maskin, cuando esta producción de bienes intermedios o esta prestación de servicios (por ejemplo, call-centers) se llevaba a cabo en las metrópolis,  eran desempeñadas por trabajadores poco cualificados (B); sin embargo, cuando se llevan al mundo en desarrollo, los mismos puestos son ocupados por empleados con un alto nivel de formación (C).

De esta forma, los poco cualificados del mundo desarrollado (B) empiezan a trabajar con los muy cualificados de los países emergentes (C), y los poco cualificados de estos países (D) quedan de lado. Por añadidura, está demostrado que la demanda que realizan las empresas multinacionales establecidas en países en desarrollo de mano de obra cualificada (C), eleva significativamente los salarios de éstos, ampliando la brecha de renta existente con los no cualificados (D).

El artículo aporta dos datos al respecto: las empresas exportadoras en México pagan a la mano de obra formada hasta un 60% más que las locales; en Indonesia, las multinacionales establecidas allí pueden pagar hasta un 70% más a los trabajadores cualificados que las compañías del país.

En consecuencia, la globalización y la mejora de las condiciones salariales de la mano de obra cualificada contratada por empresas extranjeras, amplía la brecha de riqueza con la masa de trabajadores sin cualificación en los países emergentes.

jueves, 19 de junio de 2014

Las dos caras de la economía latinoamericana


Los clarines han sonado anunciando un cambio de tercio para la macroeconomía de la región latinoamericana. Los modelos económicos basados en la exportación de materias primas y en el dinero abundante y barato parecen pasar a la historia, y el futuro inmediato no garantiza las generosas tasas de crecimiento interanual a las que estaban acostumbrados los países de América Latina.

El subcontinente se divide en dos equipos claros cuyas perspectivas de éxito para afrontar el estancamiento global son abiertamente distintas. Por una parte nos encontramos la Alianza del Pacífico, integrada por México, Perú, Chile y Colombia, economías muy dinámicas con un futuro prometedor, y por otra Mercosur, cuyos socios son Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil y Venezuela, que ofrecen un elevado grado de incertidumbre.

Recientemente, el artículo del diario El País América Latina va a dos marchas ponía en evidencia los contrastes entre estas dos áreas de alianza comercial entre países.

El caso de la Alianza del Pacífico es el de un modelo de libre mercado flexible que parece capear mejor la crisis internacional que el basado en el proteccionismo de los países que integran Mercosur. De esta forma, para los primeros se prevén tasas de crecimiento para el presente año de entre el 3 y el 4%, mientras que los segundos apenas llegarán de media al 1%.

El problema con Mercosur, a juicio de los expertos consultados en el artículo, es el elevado grado de proteccionismo del que hacen gala las políticas económicas de los gobiernos de sus socios y el peso de la burocracia sobre la actividad comercial y productiva.

Ni siquiera la gran esperanza del desarrollo que ha constituido Brasil en los últimos años se libra de los nubarrones en el horizonte, las agencias de calificación le han bajado a su solvencia la nota dos veces en lo que va del presente año. A pesar de ser la economía del grupo Atlántico de mayor crecimiento esperado, este probablemente no supere el 1,8%.

Podríamos argumentar que en el equipo Mercosur la preocupación por lo social es más significativa que entre los liberales del Pacífico, más centrados en el crecimiento económico a cualquier precio que en la redistribución de la renta.

Y es verdad que entre 2005 y 2013 Brasil ha reducido la pobreza a la mitad, del 36% al 18%, Argentina un tercio, del 30 al 20%, y Venezuela del 37 al 27%. Pero los socios de la Alianza del Pacífico, exceptuando México que ha sufrido un retroceso, también han hecho progresos en este campo: en Colombia ha bajado la pobreza del 45 al 32%, en Perú del 52 al 25%, y en Chile del 13 al 11%.

En suma que la región de Latinoamérica muestra un perfil como el del dios romano Jano: dos caras opuestas una mirando al Atlántico y la otra al Pacífico.

lunes, 2 de junio de 2014

¿Realmente la tecnología está mejorando la educación?


Hace unos días el Premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz reflexionaba en un artículo  sobre la dificultad para detectar el efecto del ritmo de innovación de Silicon Valley sobre el PIB de los Estados Unidos de América. Y recordaba a otro Premio Nobel, Robert Solow, cuando en la década de los 80 afirmaba no percibir el impacto positivo de la informática y los ordenadores sobre la productividad.

En el mundo educativo nos enfrentamos actualmente a un dilema semejante: ya va existiendo una penetración significativa de la tecnología en el sector y sin embargo no se aprecian mejoras en el nivel cognitivo del alumnado, según los expertos.

Este tema es objeto de análisis en la reciente publicación  Las TIC en la educación digital del Tercer Milenio, que coordinada por Crisóstomo Pizarro Contador, presenta las conclusiones del III Foro Internacional de Valparaíso.

En el trabajo, el profesor Martin Carnoy de la Universidad de Stanford se pregunta si son significativos los efectos de Internet sobre el aprendizaje, y reconoce que muchos de los estudios realizados sobre el tema no encuentran una correlación positiva entre ambos.

La introducción de TIC en el aula no implica, por sí sola, una mejora de los resultados académicos. El “evangelismo tecnológico”, término utilizado por el experto de la OCDE Francesc Pedró, parece apuntar que una inmersión total de la educación en los principios y postulados de la denominada Web 2.0 sin duda traerá consigo un cambio cualitativo en las capacidades y habilidades del alumnado. Sin embargo, la investigación empírica no siempre apoya esta afirmación, o en cualquier caso, establece matices.

En el caso de Estados Unidos, uno de los países punteros en la implantación de tecnología en la enseñanza, otro estudio, esta vez de 2011, Un mundo conectado: las TIC transforman sociedades, culturas y economías de The Conference Board, afirma que los alumnos de este país obtienen una puntuación por encima de la media en comprensión lectora, aunque ligeramente inferior a Holanda (otro de los países tratado en el estudio), pero obtienen unas puntuaciones mediocres en ciencia y matemáticas, cuando se esperaba lo contrario dadas las dotaciones tecnológicas nacionales en educación. Esto lleva a la conclusión de que no existe, en el momento actual, una correlación directa entre TIC y buenos resultados académicos, y que en ocasiones se podría interpretar que hasta puede llegar a darse una correlación negativa.

El informe del III Foro Internacional de Valparaíso afirma a este respecto:
“Así pues, al revés de ciertas nociones idealistas de cambios en el pensamiento de los estudiantes —especialmente la potenciación de las habilidades para resolver problemas— gracias a las TIC en las escuelas, hay muy poca, o ninguna, evidencia de que esto ocurra.”
Una explicación sobre el bajo impacto actual de la tecnología sobre el rendimiento escolar puede estar relacionada con la posibilidad de que exista un periodo de incubación necesario de las TIC en las aulas que retrase la visibilidad de su efecto positivo.

Este factor tendría que ver con el fenómeno estudiado por el Premio Nobel de Economía Robert Solow, citado al principio, sobre el efecto retardado de la inversión en TIC sobre la productividad económica en EE.UU. Este país comienza a invertir de forma intensiva en TIC a partir de la década de los ochenta; sin embargo, los efectos sobre la productividad y sobre el Producto Interior Bruto no comienzan a hacerse sentir hasta mediados de los noventa.

En 1987 Solow afirmó: “se percibe la era de los ordenadores en todas partes excepto en la productividad”. La explicación a este lapso es que las inversiones realizadas necesitaron un largo periodo de maduración para que se produjese el cambio cultural hasta alcanzar el funcionamiento interno de las empresas e impregnase al conjunto de la economía y de la sociedad.

Desde esta perspectiva, aquellos países que han realizado desde mediados de la década pasada fuertes inversiones en terminales y conectividad en los centros escolares, como es el caso de Holanda, EE.UU. o Corea, según el modelo de Solow deberían ver mejoras sustanciales en el rendimiento de sus alumnos en la segunda mitad de la presente década, una vez que la cultura tecnológica haya arraigado en los sistemas educativos.

jueves, 8 de mayo de 2014

Por qué enseñar filosofía a los fontaneros


Todos en mayor medida hemos asumido y aceptado el discurso que rige en la actualidad sobre la necesidad de una formación para la empleabilidad, sobre lo imprescindible de enseñar a manejar tecnología a los más jóvenes, o sobre la importancia de impulsar las vocaciones denominadas STEM, es decir, las relativas a las ciencias, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas.

También damos por sentado que en este “sálvese quien pueda” de mundo que nos ha tocado vivir las humanidades son absolutamente prescindibles en la formación y la cultura de un habitante del siglo XXI. Pues bien, el profesor de filosofía Scott Samuelson rebate estos argumentos en un artículo de The Atlantic, que lleva el sugerente título de Why I Teach Plato to Plumbers o Por qué enseño Platón a los fontaneros.

Su tesis básica es que este discurso de la formación útil y de la educación para la empleabilidad en las empresas tiene un trasfondo marcadamente clasista. Las clases altas siempre han gozado, y lo hacen todavía, de una educación humanística que suele combinar, especialmente en las universidades de Estados Unidos, la especialización profesional con una amplia cultura intelectual, en literatura, historia, filosofía, etc.

Samuelson argumenta que este barniz intelectual que reciben las clases pudientes de la sociedad tiene su explicación en tres factores:
  1. Porque pega con el modelo de ocio de los privilegiados el disfrutar de aquellos bienes elevados de la raza humana: leer a Aristóteles, escuchar sinfonías de Beethoven, viajar por Italia visitando obras de arte…
  2. Porque son personas destinadas a liderar en la política y la economía por derecho de nacimiento y necesitan saber pensar por sí mismos (algo que proporciona una cultura elevada), mientras que a las clases inferiores se las educa a enfrentarse a diversas situaciones previstas.
  3. Por último, porque siempre está el impulso elitista de abrazar la cultura para diferenciarse de las clases inferiores incultas y previsibles.
Mientras que los ricos proporcionan a sus retoños una educación completa intelectualmente impartida en centros escolares y universidades de lujo, que incluyen sin excepción los distintos campos del saber, elaboran un discurso que defiende la educación para las masas para enfrentarse a un mundo global, es decir, la manida cháchara de la empleabilidad, que no busca formar a personas sino a fuerza de trabajo.

Recortan cuanto pueden los recursos de la educación pública porque a fin de cuentas las clases bajas solamente necesitan formación para convertirse en factor de producción.

Y nos recuerda Samuelson, a través de una cita de Henry David Thoreau, el concepto que tenían los romanos de la educación:
“Parece que hemos olvidado que la expresión `una educación liberal´ significaba originalmente para los romanos aquella que merecían los hombres libres; mientras que el aprender sobre negocios y profesiones, que únicamente sirve para ganarse la vida, era considerado como algo solamente destinado a los esclavos.”
¿Estamos creando esclavos para el gran capital con la excusa de la globalización y la crisis?
 
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