jueves, 27 de agosto de 2015

La recuperación que vino de fuera

El triunfalismo desplegado en los últimos tiempos en torno al supuesto éxito de las políticas de austeridad para salir de la crisis (ese “ves como teníamos razón”) puede no tener una base sólida y no ser más que el fruto de un espejismo.

No son pocos los economistas de renombre que auguran un largo periodo de años de estancamiento, bajo crecimiento, y en el caso de España, cifras de desempleo desorbitadas. Que hallamos entrado en una senda de tímido crecimiento económico es cierto, pero que éste sea sostenible en el tiempo y que vaya reforzándose entra ya en la esfera de la especulación y el vaticinio.

En un reciente artículo (Crecimiento: el porque y el cómo) el ex ministro de Industria y Energía, Joan Majó, explicaba por qué a su juicio no hay que echar al vuelo las campañas en la actual coyuntura económica. Básicamente se trata de que el origen del incipiente crecimiento que estamos experimentando se debe en gran medida a factores externos y no a la política llevada a cabo por el Gobierno de España. De esta forma, el empeoramiento de cualquiera de estas condiciones puede frenar en seco la etapa expansiva.

Cuatro son los elementos externos que están favoreciendo la competitividad de la empresa española:

  • La devaluación del euro respecto al dólar favoreciendo las exportaciones.
  • La caída del precio del petróleo que abarata las importaciones de combustibles.
  • La turbulencia política y violencia existente en diversos países del Mediterráneo que desvían turistas hacia España.
  • Los tipos de interés bajísimos de la zona euro y la abundancia de liquidez que reduce el coste de la deuda y favorece el consumo privado de bienes duraderos.

Pero Majó opina que la alteración de uno o varios de estos factores, sobre los que no tiene control nuestro ejecutivo, sería suficiente para empeorar la situación económica de nuestro país.

Por otro lado, los efectos de las políticas económicas aplicadas tienden a polarizar la sociedad, abriendo más aún la brecha entre ricos y pobres, mediante el aumento de la precarización del trabajo y de la temporalidad, y del desmantelamiento parcial de determinados servicios sociales aumentando la vulnerabilidad de los estratos sociales más desfavorecidos.

Las mejoras en la productividad de las empresas españolas se basan en la reducción de costes fruto de los recortes salariales y no en la inversión en tecnología o en formación. Veremos cómo sigue esta historia.

miércoles, 19 de agosto de 2015

El pensamiento heterodoxo del profesor Ha-Joon Chang: la economía como dogma de fe

La verdad es que tengo bastante olvidado este blog por culpa de mi desmedida afición a las violas da gamba y laúdes y por las distintas colaboraciones que llevo a cabo con Las Dos Castillas, El Diario Fénix y Drugstore Magazine. Todo ello no quiere decir que ya no me interese la economía ni el momento tan fascinante como terrible que está viviendo el mundo, es sólo que no encuentro tiempo para escribir. Pero temas hay a patadas...

El caso es que como ando bastante desconectado del mundillo económico se me había pasado por alto la figura de Ha-Joon Chang, profesor de Cambridge y una de las mentes más lúcidas y consecuentes del pensamiento actual, a juzgar por las declaraciones que realiza en una entrevista que le hicieron a principios de agosto. En este post me gustaría resumir las principales opiniones que vertió que chocan bastante con ese pensamiento único al que nos tiene sometidos la mediocridad intelectual del FMI y de las autoridades europeas.

La economía no es una ciencia. Yo siempre había defendido que la economía no es una ciencia exacta, como las matemáticas, pues está teñida de juicios de valor, pero Ha-Joon Chang va más allá afirmando que es una ilusión pensar que una disciplina basada en valores éticos y posiciones políticas puede generar axiomas científicos.

La principal consecuencia de hacer creer que la economía es una ciencia es que sus postulados adquieren la categoría de dogma, de verdades irrefutables, como que la tierra gira alrededor del sol, impidiendo que pueda haber distintas explicaciones de una misma cosa. Pero Chang nos recuerda que hay hasta nueve escuelas de pensamiento económico, cada una con su particular explicación de la realidad.

La economía ha sido deliberadamente convertida en una disciplina compleja para excluir la participación democrática en la toma de decisiones.  Todo profesional plantea su profesión como mucho más compleja de lo que es para que su trabajo no parezca demasiado fácil (¿alguna vez habéis cambiado el mecanismo de la cisterna del inodoro? Lo puede hacer cualquiera sin necesidad de llamar a un fontanero), y en el caso de la economía se ha conseguido en las últimas décadas que parezca algo tan difícil de entender que es mejor dejar la toma de decisiones en manos de los expertos. Sin embargo son decisiones que afectan directamente a nuestra vida cotidiana y deberíamos como ciudadanos tener el derecho y el deber de participar en el debate.

Las políticas que ha impuesto la denominada troika en Europa para salir de la crisis son buen ejemplo de lo anterior. Las medidas de austeridad se han presentado como la única alternativa posible excluyendo cualquier otra opción o posibilidad de debate.

El origen financiero de la crisis ha sido disfrazado de fiscal. O en otras palabras, el descontrol y las burbujas del sistema financiero mundial son la causa de la crisis, pero se ha conseguido hábilmente que la culpa recaiga sobre el excesivo endeudamiento de los gobiernos nacionales. En el momento en que empieza a caer el crecimiento económico los gobiernos comienzan a aumentar el gasto público con la intención de revitalizar la economía y entonces efectivamente incurren en un fuerte endeudamiento.

Y la solución viene dada por aplicar políticas de austeridad y de recorte del gasto público en vez de realizar una reforma financiera que puede evitar el desencadenamiento de otra crisis similar, algo que  Ha-Joon Chang considera que puede ocurrir en breve a la vista de lo que está ocurriendo en el mercado de valores chino que ha caído un 20% en tan sólo cuatro semanas.

El euro no fue una buena idea. Chang coincide con otros economistas heterodoxos al criticar la moneda única europea en un área compuesta por países con tantas disparidades económicas y en los que no existe una movilidad efectiva de fuerza de trabajo ni una política fiscal común. Cuando han llegado los problemas, tradicionalmente los países de productividad más baja devaluaban su moneda para ganar en competitividad en los mercado internacionales, pero eso es algo que ya no pueden hacer porque la política monetaria está dirigida por el Banco Central Europeo y no por los gobiernos de los Estados miembros. Por tanto, la única solución para mejorar la competitividad se basa en bajar los salarios y recortar el gasto público, lo que profundiza el estancamiento económico.

Por otro lado, el comportamiento de los Estados miembros (el más reciente ejemplo es el de Alemania en relación con el rescate griego) pone en evidencia que no estamos en el proyecto común europeo que soñaron Delors y Monnet, y que parecía florecer durante los años ochenta y noventa, sino en un patio de colegio en el que impera la ley del más fuerte y los prejuicios.

La solución a la crisis griega pasa por la cancelación de la deuda.  Ha-Joon Chang considera que la cancelación de parte de la deuda griega es la única salida. Desde el punto de vista de la responsabilidad, considera que tan culpable es el que se endeuda como el que presta, y que los bancos que compraron deuda griega prestaron irresponsablemente y no están pagando por su error. Desde una perspectiva práctica, no tiene sentido decirle a un país que si no tiene ingresos que recorte gastos. En una economía todos los agentes (administración, empresas, familias...) están interrelacionados de forma que si uno recorta sus gastos está recortando los ingresos de otro, creando una cadena de empobrecimiento.

Con las medidas de austeridad la crisis va para largo. Chang vaticina que la situación de estancamiento y crecimiento débil continuará los próximos años hasta que surjan voces críticas que demanden un cambio en las medidas de política económica. No considera los “logros” que nos  están vendiendo como una salida de la crisis. En sus palabras:

“En los últimos siete años, la economía estadounidense, en términos per capita, ha crecido a un ritmo de 0,4% anual, cuando las llamadas dos décadas perdidas de Japón, la renta per capita subió a un ritmo del 1%. ¿Qué tipo de recuperación es esa? Al final de 2014, en la mitad de los países de la OCDE no se había alcanzado la renta per capita de 2007”.

jueves, 16 de abril de 2015

La revolución de los MOOC en la educación superior

¿Quién no ha soñado con poder estudiar en la Universidad de Harvard o en el Massachusetts Institute of Technology? Pues ahora es posible hacerlo de forma gratuita y sin tener que volar hasta Boston gracias a los MOOC.

Sin duda una de las grandes revoluciones de los últimos tiempos en el terreno de la educación superior es el fenómeno de los MOOC (Masive Open Online Courses). Probablemente esta modalidad de formación a través de redes esté poniendo la primera piedra de lo que debe ser la esencia del proceso de aprendizaje online que hasta ahora ha sido, en mayor o menor medida, una imitación y adaptación digital de los métodos de enseñanza presenciales de toda la vida.

Pero vamos a aclarar conceptos, se denomina MOOC a un tipo de curso que se imparte a través de Internet, por prestigiosas instituciones educativas, y que puede llegar simultáneamente a ingentes cantidades de alumnos, que pueden sumar hasta varios miles. Adicionalmente, se supone que los MOOC hacen un uso intensivo de los medios sociales, en las comunicaciones docente-alumno y entre estos últimos, y que explotan al máximo los formatos multimedia, especialmente el vídeo y el podcast.

Precisamente es el Instituto Tecnológico de Massachusetts el organismo pionero en poner en marcha en 2001 lo que denominó MIT OpenCourseWare (MITOCW) que en su día definió de la siguiente forma:
«OpenCourseWare combina dos cosas: la tradicional apertura, compromiso e influencia democratizadora de la educación americana y la posibilidad que ofrece la Web para poner una vasta cantidad de información disponible de forma inmediata».
Un año después, el MIT publicó la primera prueba del nuevo modelo educativo,  consistente en una página web que albergaba 50 cursos. En el año 2011 la institución celebró los diez años de la iniciativa con más de 2.000 cursos, la incorporación de 33 disciplinas académicas y más de 100 millones de alumnos.

Sin embargo, no es hasta 2008, año en que Stephen Downes y George Siemens, ambos docentes de la Universidad de Manitoba (Canadá), imparten el curso Connectivism and Connected Knowledge (CCK08), en que se considera que comienza la era de los MOOC. Este curso tuvo un alumnado presencial de pago de 25 personas y otro virtual gratuito de 2.300. El alumnado remoto podía interactuar con el aula a través de una plataforma educativa Moodle y de distintas herramientas 2.0, como los blogs y Second Life.

Un reciente estudio, Los MOOC en la educación del futuro: la digitalización de la formación (febrero, 2015), publicado en la colección Fundación Telefónica/Ariel, ahonda en las características de esta tendencia y en sus posibilidades de cara a popularizar y extender la formación superior de calidad.

Los expertos que intervinieron en la realización del trabajo identificaron varias necesidades que presenta el sistema actual de educación superior o terciaria y que en parte pueden satisfacer los formatos tipo MOOC:

La optimización de recursos -  Las universidades alrededor del mundo cada vez acogen mayores volúmenes de alumnos (actualmente hay 200 millones de universitarios y se espera que en doce años se produzca un crecimiento del 25%,  hasta los 250 millones) y las necesidades de financiación de los centros educativos para poder ofrecer una formación de calidad crecen exponencialmente.

Formación continua – Un concepto que se maneja desde hace tiempo, pero que cobra una relevancia especial en un mundo en rápido cambio como el actual. La necesidad de aprender durante toda la vida y no sólo en el periodo de educación de la persona se hace cada vez más patente.

Formación flexible – Unido a lo anterior, el proceso de aprendizaje debe poder ser compatible con otras actividades, como por ejemplo las laborables, por lo que debería ser modulable y escalable para adaptarse a la disponibilidad temporal del alumno.

Los MOOC suponen una optimización de los recursos disponibles puesto que un mismo equipo docente puede atender a miles de alumnos, utilizando los mismos contenidos educativos. Además, es un sistema flexible dado que se adapta a las necesidades del alumno y es idóneo para ofrecer una oferta de formación continua, renovando cursos y contenidos en función de las necesidades sociales y económicas de cada momento.

El cambio de paradigma educativo ha venido de la mano de la tecnología. No obstante, urge que la formación online encuentre su propio espacio metodológico ajeno a la enseñanza presencial y que no dependa de la adaptación y adopción de las formas de ésta.

En este sentido, los MOOC participan y se nutren de las principales corrientes actuales en materia de tecnologías de la información y las comunicaciones. Hablamos en concreto de:

Utilización del social media -  Tanto las redes sociales más generalistas, como Facebook o Twitter, como otras más específicas, como LinkedIn, así como los servicios de mensajería del tipo de WhatsApp o Line, son poderosas herramientas de comunicación para establecer comunidades virtuales en torno a las iniciativas de formación.

Existen también redes sociales privadas de los propios centros, pero el enfoque es el mismo: impulsar y facilitar la comunicación entre la institución, los estudiantes y el equipo docente.

El poder de los macrodatos – A diario todos nosotros dejamos centenares de datos en la red; cada cosa que hacemos en redes sociales o en webs es información que debidamente procesada y analizada dice mucho de nosotros. El Big Data, -en español “macrodatos”-, puede ayudar a los gestores de un determinado proceso formativo a comprender al alumno, a conocerle mejor, y de esta manera poder optimizar su proceso de aprendizaje. Junto al Big data, cobra importancia el concepto de Learning Analytics, basado en aplicar las técnicas de analítica web al campo de la enseñanza online, y que es definido por el experto Erik Duval como: “recoger huellas que los estudiantes van dejando y utilizar esas huellas para mejorar el aprendizaje”.

Plataformas de aprendizaje adaptativo – Básicamente se trata de una conjunción de distintas tecnologías para obtener entornos de trabajo, no sólo personalizados, sino que además se adaptan a las necesidades de cada estudiante.

Open content – En este caso, más que una corriente tecnológica es una demanda social: la que exige herramientas y contenidos digitales de uso libre y gratuito, desprovistos de las ataduras de la propiedad intelectual. El terreno de la educación incluye diversas vertientes de este concepto, open content (contenido que se puede usar libre de la propiedad intelectual), open courseware (recursos abiertos educacionales que son presentados en formato de curso), open educational resources (contenidos de carácter abierto desarrollados por educadores y que están disponibles para el uso, reproducción y modificación) y open education (desarrollo de comunidades y redes educativas basadas en contenidos abiertos).

Tecnologías inmersivas – Se trata de aquellas que permiten replicar situaciones reales de interés para la formación de los estudiantes. Estamos hablando de gafas de realidad aumentada y realidad virtual, de sistemas de reconocimiento de gestos o de imágenes holográficas en la comunicación entre usuarios, entre otras muchas técnicas innovadoras.

domingo, 11 de enero de 2015

La economía digital y los ciudadanos de valor económico cero


Cada vez se alzan más voces avisando del daño irreversible que la economía digital está infligiendo en el empleo. Ya nos hemos hecho eco en este medio sobre esta amenaza, que se resume llanamente en que el modelo económico intensivo en tecnología que emerge no necesita tanta mano de obra como el precedente. Hablando en plata: sobra un porcentaje importante del volumen actual de trabajadores.

El pasado 6 de enero el diario El País nos traía como regalo de Reyes un acertado artículo firmado por el catedrático de la Universidad de Valencia Gregorio Martín en el que se nos anuncia que las máquinas inteligentes están haciendo desaparecer modelos de negocio completos y numerosos perfiles profesionales (Digitalización y desempleo: el nuevo orden).

El texto subraya que la pérdida de empleos provocada por la revolución tecnológica no encuentra su contrapeso en la creación de otros nuevos. Las tan cacareadas start up funcionan con un nivel de recursos humanos mínimo, incluso las que han desarrollado productos o servicios de éxito global, como Instagram o WhatsApp, así que tampoco pueden ser la solución a este problema. De hecho, la mayor parte tienen menos de cinco empleados.

Por desgracia, se nos engaña hablándonos de las ventajas de ser emprendedor, de lanzar tu propio negocio, pero no deja de ser un remiendo para una situación sin solución. ¿Cuántos empresarios innovadores realmente llegan a generar un modelo de negocio mínimamente rentable? ¿Es lógico y deseable que cada desempleado se convierta en empresario? Personalmente no creo que el mercado tenga cabida para tantas “grandes ideas” de lucro.

Pero aparte de los políticos, que no ven más allá del horizonte de su legislatura, y de los iluminados, que rezan todas las noches antes de acostarse un mantra sacado de la biografía de Steve Jobs, cualquiera puede ver que el vertiginoso desarrollo de la inteligencia artificial está cambiando las necesidades de recursos del sistema económico. Lo escalofriante es que, a diferencia de cataclismos anteriores, la salida de la crisis puede no traer consigo la creación masiva de empleo.

Estaríamos hablando de una situación de crecimiento productivo y bonanza en las finanzas que deja de lado a un porcentaje de la fuerza de trabajo, que además ha visto recortado drásticamente su nivel de protección social por la fe profunda en el presupuesto equilibrado de las políticas liberales aplicadas durante la crisis.

No más optimistas que el profesor Martín resultan William H. Davidow y Michael S. Malone, que desde la tribuna de Harvard Business Review nos hablan de que dentro de poco habrá “hordas de ciudadanos de cero valor económico”.

El razonamiento que exponen en su artículo (What Happens to Society When Robots Replace Workers?) es muy similar: el capital productivo está sustituyendo personas por máquinas a pasos agigantados, y se pone de ejemplo el caso de la empresa gigante manufacturera china Foxconn que en 2011 daba empleo a un millón de trabajadores, pero que está incorporando a razón de 30.000 robots al año. Una sencilla operación aritmética nos permitiría saber cuándo quedarán en paro la mayor parte de ese millón de empleados.

Davidow y Malone utilizan el término de “Segunda Economía” para referirse a la parte de la economía en la que las máquinas solamente se relacionan comercialmente con otras máquinas.  El término fue acuñado por el economista Brian Arthur, que vaticina que si esta segunda economía sigue creciendo al ritmo actual, para 2025 tendrá el volumen de la economía “original” en 1995 y habrá desplazado a 100 millones de trabajadores. Solamente en los EE.UU. predice que quedarán alrededor de 40 millones de trabajadores “sin valor económico”.

Los expertos coinciden en que las alternativas de los poderes públicos para enfrentar este problema son limitadas. Se aboga por mejorar la educación y la formación, algo que de por sí siempre será positivo, pero es una respuesta insuficiente y que llega demasiado tarde. Como indica Gregorio Martín, “la solución educativa ocupa al menos el tiempo de una generación para dar resultados: no resuelve el nuevo orden entre digitalización y empleo”.

Cualquier solución que se ponga en marcha tendrá que partir de las premisas y características del nuevo orden que surge y no intentar aplicar principios del antiguo mundo industrial heredado del siglo XX.

Ya en 1989 el conocido Informe Delors (Libro Blanco “Crecimiento, Competitividad y Empleo. Retos y pistas en el siglo XXI) reconocía "Si hemos cambiado, el mundo ha cambiado todavía más deprisa que nosotros". Entonces no sabían hasta qué punto.

martes, 6 de enero de 2015

Año nuevo, nuevas crisis: América Latina y la deflación estructural

Una de las grandes incógnitas económicas que enfrentamos en este 2015 que comienza es qué pasará con el incipiente desarrollo de Latinoamérica y cómo afectará esto al mundo global. Tras una serie de años de crecimiento continuado a buen ritmo, las tasas comenzaron desde 2010 a desacelerarse y pueden revertir los efectos positivos de cambio estructural que habían comenzado a producirse en parte de estas naciones.

Quizá lo más notable ha sido la aparición y consolidación de una clase media en países de rentas más altas como Uruguay y Chile. Sin embargo, otros candidatos a cerrar la brecha de renta con los países de Europa y Asia, como Perú, Brasil, México o Colombia, que también habían empezado a generar una clase media basada en la mejora de las condiciones de vida de los estratos más pobres de la sociedad, pueden caer en la denominada trampa de la renta intermedia, en la que la economía ve cómo el ritmo de crecimiento del PIB se ralentiza y el proceso de desarrollo socioeconómico se hace más lento o directamente interrumpe.

El proceso de desarrollo implica entre otras cosas la evolución de un sistema económico basado en la explotación y exportación de recursos naturales a otro en el que los sectores industrial y de servicios adquieren un mayor peso dentro de la generación de valor añadido en el país en cuestión. De acuerdo con los datos que ofrece la OCDE, el porcentaje de población trabajando en los sectores secundario y terciario en Latinoamérica creció del 36% al 56% entre 1980 y 2010, lo que da una idea de evolución positiva a largo plazo.

Se puede hablar del inicio de un proceso de diversificación del sistema productivo de estas naciones, orientado a la especialización en productos y servicios de mayor complejidad y valor añadido, y tendente a reducir la dependencia de la volatilidad de los mercados internacionales de materias primas. Esta tendencia en sí misma positiva podría interrumpirse bruscamente de frenarse el ritmo de crecimiento.

Y las perspectivas son preocupantes si nos atenemos a las previsiones de la OCDE. En su reciente informe Latin American Economic Outlook 2015, afirma que la región continuará creciendo pero a un ritmo menor que en los últimos cinco años, es decir, entre el 2 y el 2,5% anual de media. Las razones de esta desaceleración hay que buscarlas en la caída de los precios internacionales de las materias primas (especialmente metales y minerales), en el menor crecimiento de China (un socio de peso de América Latina), en el encarecimiento del coste de la financiación internacional y en la bajada de la afluencia de capital internacional.

El escenario descrito establece grandes diferencias entre los distintos países, que ya se han manifestado en 2014. Bolivia, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Panamá, Perú y la República Dominicana han mostrado tasas de crecimiento de entre el 4 y el 7%. Más rezagadas, en torno al 2,5% van las grandes economías de la región, Chile y México, y Brasil, que registra tan solo el 1%. En el pelotón de cola encontramos países como Venezuela o Argentina, que registraron valores negativos de crecimiento.

El informe pone en duda que los “booms de productos y capital” que han experimentado los países de América Latina, en ocasiones, desde 1960 sean capaces de aportar estímulos positivos a las tendencias de crecimiento. Estos booms son periodos en los que se han producido o un incremento drástico de las exportaciones de productos primario (combustibles, minerales, alimentos), o aumentos en los flujos de entrada de capital a corto plazo o de la inversión extranjera.

Las épocas de bonanza, de unos tres años de duración, han llegado a aportar hasta 6 puntos porcentuales de crecimiento del PIB. Sin embargo, la OCDE afirma que lo que hacen es añadirle volatilidad a las tendencias de crecimiento a largo plazo.

En una economía global todo lo que ocurre en alguna parte del mundo afecta al resto. Las economías de los países están entretejidas en una malla basada en el comercio y los movimientos de capital internacionales, cuando no están directamente integradas en un espacio económico común, como la Unión Europea. De esta forma, aunque a distinta velocidad, la crisis actual que se origina en EE.UU. y Europa parece estar llegando a otras regiones como Asia y Latinoamérica. En algunos casos solamente se trata de una revisión a la baja de las expectativas de crecimiento, pero no deja de ser un indicador de que si a una parte del mundo le va mal, tarde o temprano lo notará la otra parte.

La última derivada que nos dejó 2014 fue la caída de los precios de determinadas materias primas, especialmente de los carburantes, en parte por la caída de la demanda internacional y en parte por la sustitución de la oferta en el caso del petróleo, al aplicar los países técnicas de fracking para explotar nuevos yacimientos de combustibles fósiles.

¿Hasta qué punto esta bajada de los precios de los productos primarios, cuya exportación es la base del crecimiento económico de no pocas naciones emergentes, podría generar un efecto en cadena que afecte a las naciones desarrolladas? Recordemos que la recuperación que ahora, a principios de 2105, se anuncia a bombo y plantillo, presenta un cimentación extremadamente débil. Europa no acaba de enganchar la tendencia de crecimiento y se habla de un estancamiento secular.

Hace poco yo releía un viejo libro del profesor de la Universidad Complutense de Madrid Juan Hernández Andreu en el que establecía un paralelismo entre las grandes crisis económicas del siglo XX (Las crisis económicas del siglo XX, 1988). La tesis expuesta parte del concepto de “deflación estructural” del economista Charles Kindleberger que explicaba el origen de la crisis de 1929 en base a la caída de los precios de los productos primarios en los mercados internacionales, cuyo efecto posteriormente alcanzó a otros sectores de la economía mundial a través del comercio internacional.

A grandes rasgos, una serie de factores crearon durante los años 20 un exceso de oferta de bienes primarios que conllevó la acumulación de stocks y la caída de los precios de los mismos. El deterioró de la relación real de intercambio entre bienes primarios y bienes manufactureros produjo una pérdida de ingresos, por la caída de exportaciones, en los países especializados en la producción de los primeros, que redujo su volumen de importación de productos industriales. De esta forma, la crisis se trasladó a los países industrializados, exportadores de manufacturas, alcanzando cotas globales.

Andreu defendía en su libro que la otra gran crisis del siglo XX, la que se inicia oficialmente en 1973, tenía un origen similar a la de los años 30: “Los efectos catastróficos de 1929 y de 1973 no fueron resultado de sólo causas monetarias. En ambas crisis, los orígenes deben encontrarse en los movimientos de los precios relativos [entre bienes primarios e industriales] y en la carencia de innovaciones técnicas.”

Una entrada en recesión de las grandes economías de América Latina podría afectar seriamente a las economías de los denominados “países industrializados” que apenas salen del caos económico generado en 2008.¿Estamos ahora, en 2015, entrando en un proceso de deflación estructural, usando la terminología de Kindleberger, que arroje de nuevo al abismo los tímidos brotes verdes que asoman en Europa y EE.UU? ¿Conseguirá el gigante chino mantener el nivel de importaciones de materias primas e inversión que garantice un crecimiento para Latinoamérica? Ya lo iremos viendo a lo largo de este año que nace.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Los factores psicológicos y sociales en las políticas de desarrollo

Resulta francamente interesante la aproximación al proceso de desarrollo económico ofrecido por el Banco Mundial en un reciente informe que toma en consideración factores psicológicos y sociales para complementar el fresco del progreso de una sociedad. Básicamente, se trata de reconocer que los seres humanos, las unidades últimas de la métrica económica, no son números sino personas sujetas a emociones. Los autores del trabajo lo expresan con gran claridad:
“Los individuos no son autómatas calculadores. Por el contrario, son actores maleables y emocionales, cuyas decisiones se ven afectadas por elementos contextuales, normas sociales y redes sociales locales, y modelos mentales compartidos”.
La publicación lleva por título Informe sobre el desarrollo mundial 2015. Mente sociedad y conducta. La idea central que presenta es que si nos fijamos en cómo piensan las personas y en cómo el entorno social influye y configura dicho pensamiento, podemos obtener una información muy valiosa de cara a diseñar e implementar políticas de desarrollo exitosas.

El informe se basa en tres principios sobre el comportamiento humano que emergen de recientes teorías de la psicología:
  1. Los individuos adoptan la mayoría de sus opiniones y de sus decisiones de manera automática, no deliberativa: llamamos a esto “pensamiento automático”.
  2. El modo en que las personas actúan y piensan suele depender de lo que hacen y piensan quienes los rodean; llamamos a esto “pensamiento social”.
  3. Los individuos de una sociedad determinada comparten una perspectiva común sobre el mundo que los rodea y sobre sí mismos; llamamos a esto “pensamiento basado en modelos mentales”.
El estudio del lugar qué ocupa el factor humano en la toma de decisiones nos ayuda a comprende mejor temas como la persistencia de la pobreza, el desarrollo en la primera infancia, las finanzas domésticas, la productividad, la salud o el cambio climático.

La simplificación que caracteriza a los modelos económicos parte de la base de que el individuo utiliza todo tipo de información y señales del entorno para proyectarlas hacia el futuro y poder tomar una decisión en el presente. Pero esto que suena tan académico y tan bien no suele ser la norma.

Las personas se enfrentan a una inmensa cantidad de información que no tienen capacidad de procesar y por tanto han reducido los procesos de toma de decisiones a dos: los rápidos y automáticos y los lentos y deliberativos. El primero toma en cuenta lo que viene de manera automática, no exige esfuerzo, se basa en asociaciones y es intuitivo; el segundo, por contra, toma en cuenta un amplio conjunto de factores pertinentes, exige esfuerzo, se basa en deliberaciones y es reflexivo.

Ni que decir tiene que en la mayoría de los casos aplicamos el pensamiento automático, incluso cuando pensamos que estamos aplicando el deliberativo. Tendemos a simplificar los problemas que enfrentamos y a sustituir la información que necesitamos por nuestra visión del mundo y creencias.  Esto nos puede llevar a interpretar erróneamente una determinada situación.

Por otra parte, el llamado “pensamiento social” hace que, como miembros de un colectivo, modelemos nuestra conducta influidos por los demás, por lo que hacen los otros o por lo que piensan de nosotros.

Por último, los seres humanos piensan a través de modelos mentales, es decir, “conceptos, categorías, identidades, prototipos, estereotipos, argumentos causales y cosmovisiones extraídas de sus comunidades”.

Estos modelos son productos de la interacción social y son heredados como cultura, e  influyen en el comportamiento individual. Un ejemplo de modelo mental son los estereotipos, que no son otra cosa que la visión comúnmente aceptada que un determinado grupo social tienen sobre algo.

El informe del Banco Mundial defiende el considerar los factores psicológicos y sociales en el estudio del desarrollo económico, aunque reconoce que también los investigadores pueden caer en las trampas de las ideas preconcebidas y heredadas:

“Los propios profesionales del desarrollo son víctimas de los sesgos y los errores que pueden surgir del pensamiento automático, el pensamiento social y el uso de modelos mentales. Por lo tanto, deben estar más conscientes de estos sesgos, y las organizaciones deberían implementar procedimientos para mitigar su efecto.”




domingo, 30 de noviembre de 2014

Los caídos de la economía digital: trabajadores pobres de un mundo rico

Toda revolución tecnológica tiene un fuerte carácter disruptivo. Recordemos que la Revolución Industrial, en sus fases sucesivas, nos legó avances como el ferrocarril o la iluminación eléctrica de las calles, entre otras muchas aportaciones a la calidad de vida, pero no olvidemos que también supuso la explotación de la mano de obra en las fábricas y talleres, su hacinamiento en condiciones de vida insalubres, y en suma, el traslado de la división social estamental rural tradicional del Antiguo Régimen al medio urbano, bajo la égida del incipiente capitalismo. El maquinismo supuso entonces el desplazamiento del trabajador manual y su condena al desempleo o al subempleo.

Tras generaciones y generaciones de trabajadores industriales viviendo en situación de pobreza extrema, a mediados del siglo XX las naciones europeas y EE.UU. comienzan a poner en práctica políticas basadas en la distribución de la renta, principalmente garantizando el acceso de toda la población a la educación y la sanidad y estableciendo una cobertura ante el desempleo, que realmente implican una mejora sustancial en las condiciones de vida de los estratos más vulnerables de la sociedad.

Es cierto que entonces se produjo un paso adelante sin precedentes en la historia de la humanidad, pero también hay que reconocer que el sacrificio humano y el dolor que generó no puede obviarse. En la actualidad parece ocurrir algo parecido: una revolución digital que nos ha dejado la interconexión del mundo a través de redes, que nos ha metido en el bolsillo los teléfonos móviles, pero cuyo nuevo paradigma socioeconómico está implicando abandonar en la cuneta a una proporción importante de la mano de obra, generando altas tasas de desempleados.

Muy gráficamente, la revista The Economist (que ha dedicado uno de sus números de octubre al análisis de este tema) define el fenómeno como “riqueza sin trabajadores, trabajadores sin riqueza” (“wealth without workers, workers without wealth”). No se trata de un mero juego de palabras; estamos ante un modelo económico emergente intensivamente tecnológico que requiere de muchísima menos mano de obra para generar valor añadido.

Este esquema beneficia a aquellos muy formados que tienen trabajos muy especializados en profesiones relacionadas con la alta tecnología y deja de lado a todos aquellos trabajadores de baja formación y trabajos poco especializados, cuyos perfiles laborales pueden ser sustituidos –total o parcialmente- por máquinas. Como consecuencia, excepto en profesiones especializadas de los sectores tecnológicos, los salarios medios reales están estancados desde 2000 en la mitad de los países de la OCDE, y precisamente en aquellos países en los que se registra un crecimiento del empleo, como Reino Unido y Alemania, es donde más se han ajustado.

De acuerdo con The Economist, en los próximos años este proceso disruptivo se extenderá más si cabe, principalmente por tres razones:

  • Los progresos en el campo de la inteligencia artificial amenazarán los puestos de trabajo de cada vez más trabajadores. Los efectos subirán como la ola de un tsunami hacia arriba en la escala de la especialización, afectando a trabajadores cada vez más formados, cuyas competencias podrán ser desempeñadas por ordenadores.
  • Además, la creación de riqueza en la era digital requiere de poca fuerza de trabajo. Ejemplo de ello son los gigantes de la economía mundial Facebook y Google, que cuentan con menos de 50.000 trabajadores cada uno. Cualquiera puede ahora lanzar un negocio provechoso con pocos recursos.
  • Y para colmo estas tendencias están trasladándose a los países emergentes que antaño cimentaban su posicionamiento global sobre el uso intensivo de mano de obra, pero que a medida que están experimentando el encarecimiento de los costes laborales tienden a sustituir trabajadores humanos por máquinas. La manufacturera china Foxconn es buen ejemplo de ello.
El nuevo mundo en el que nos adentramos trae consigo un aumento de la desigualdad y  divisiones sociales importantes: entre las rentas del capital y las del trabajo, cuya distribución se inclina desproporcionadamente hacia el primero, y entre los trabajadores altamente cualificados y los que no lo están.

Ciertamente, la promesa de que la tecnología mejorará nuestras condiciones de vida no se está cumpliendo por ahora, aunque eso sí, nos da la oportunidad de tuitear las mayores sandeces que se nos ocurran a todo el orbe.
  
  
 
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