lunes, 2 de junio de 2014

¿Realmente la tecnología está mejorando la educación?


Hace unos días el Premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz reflexionaba en un artículo  sobre la dificultad para detectar el efecto del ritmo de innovación de Silicon Valley sobre el PIB de los Estados Unidos de América. Y recordaba a otro Premio Nobel, Robert Solow, cuando en la década de los 80 afirmaba no percibir el impacto positivo de la informática y los ordenadores sobre la productividad.

En el mundo educativo nos enfrentamos actualmente a un dilema semejante: ya va existiendo una penetración significativa de la tecnología en el sector y sin embargo no se aprecian mejoras en el nivel cognitivo del alumnado, según los expertos.

Este tema es objeto de análisis en la reciente publicación  Las TIC en la educación digital del Tercer Milenio, que coordinada por Crisóstomo Pizarro Contador, presenta las conclusiones del III Foro Internacional de Valparaíso.

En el trabajo, el profesor Martin Carnoy de la Universidad de Stanford se pregunta si son significativos los efectos de Internet sobre el aprendizaje, y reconoce que muchos de los estudios realizados sobre el tema no encuentran una correlación positiva entre ambos.

La introducción de TIC en el aula no implica, por sí sola, una mejora de los resultados académicos. El “evangelismo tecnológico”, término utilizado por el experto de la OCDE Francesc Pedró, parece apuntar que una inmersión total de la educación en los principios y postulados de la denominada Web 2.0 sin duda traerá consigo un cambio cualitativo en las capacidades y habilidades del alumnado. Sin embargo, la investigación empírica no siempre apoya esta afirmación, o en cualquier caso, establece matices.

En el caso de Estados Unidos, uno de los países punteros en la implantación de tecnología en la enseñanza, otro estudio, esta vez de 2011, Un mundo conectado: las TIC transforman sociedades, culturas y economías de The Conference Board, afirma que los alumnos de este país obtienen una puntuación por encima de la media en comprensión lectora, aunque ligeramente inferior a Holanda (otro de los países tratado en el estudio), pero obtienen unas puntuaciones mediocres en ciencia y matemáticas, cuando se esperaba lo contrario dadas las dotaciones tecnológicas nacionales en educación. Esto lleva a la conclusión de que no existe, en el momento actual, una correlación directa entre TIC y buenos resultados académicos, y que en ocasiones se podría interpretar que hasta puede llegar a darse una correlación negativa.

El informe del III Foro Internacional de Valparaíso afirma a este respecto:
“Así pues, al revés de ciertas nociones idealistas de cambios en el pensamiento de los estudiantes —especialmente la potenciación de las habilidades para resolver problemas— gracias a las TIC en las escuelas, hay muy poca, o ninguna, evidencia de que esto ocurra.”
Una explicación sobre el bajo impacto actual de la tecnología sobre el rendimiento escolar puede estar relacionada con la posibilidad de que exista un periodo de incubación necesario de las TIC en las aulas que retrase la visibilidad de su efecto positivo.

Este factor tendría que ver con el fenómeno estudiado por el Premio Nobel de Economía Robert Solow, citado al principio, sobre el efecto retardado de la inversión en TIC sobre la productividad económica en EE.UU. Este país comienza a invertir de forma intensiva en TIC a partir de la década de los ochenta; sin embargo, los efectos sobre la productividad y sobre el Producto Interior Bruto no comienzan a hacerse sentir hasta mediados de los noventa.

En 1987 Solow afirmó: “se percibe la era de los ordenadores en todas partes excepto en la productividad”. La explicación a este lapso es que las inversiones realizadas necesitaron un largo periodo de maduración para que se produjese el cambio cultural hasta alcanzar el funcionamiento interno de las empresas e impregnase al conjunto de la economía y de la sociedad.

Desde esta perspectiva, aquellos países que han realizado desde mediados de la década pasada fuertes inversiones en terminales y conectividad en los centros escolares, como es el caso de Holanda, EE.UU. o Corea, según el modelo de Solow deberían ver mejoras sustanciales en el rendimiento de sus alumnos en la segunda mitad de la presente década, una vez que la cultura tecnológica haya arraigado en los sistemas educativos.

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