martes, 6 de enero de 2015

Año nuevo, nuevas crisis: América Latina y la deflación estructural

Una de las grandes incógnitas económicas que enfrentamos en este 2015 que comienza es qué pasará con el incipiente desarrollo de Latinoamérica y cómo afectará esto al mundo global. Tras una serie de años de crecimiento continuado a buen ritmo, las tasas comenzaron desde 2010 a desacelerarse y pueden revertir los efectos positivos de cambio estructural que habían comenzado a producirse en parte de estas naciones.

Quizá lo más notable ha sido la aparición y consolidación de una clase media en países de rentas más altas como Uruguay y Chile. Sin embargo, otros candidatos a cerrar la brecha de renta con los países de Europa y Asia, como Perú, Brasil, México o Colombia, que también habían empezado a generar una clase media basada en la mejora de las condiciones de vida de los estratos más pobres de la sociedad, pueden caer en la denominada trampa de la renta intermedia, en la que la economía ve cómo el ritmo de crecimiento del PIB se ralentiza y el proceso de desarrollo socioeconómico se hace más lento o directamente interrumpe.

El proceso de desarrollo implica entre otras cosas la evolución de un sistema económico basado en la explotación y exportación de recursos naturales a otro en el que los sectores industrial y de servicios adquieren un mayor peso dentro de la generación de valor añadido en el país en cuestión. De acuerdo con los datos que ofrece la OCDE, el porcentaje de población trabajando en los sectores secundario y terciario en Latinoamérica creció del 36% al 56% entre 1980 y 2010, lo que da una idea de evolución positiva a largo plazo.

Se puede hablar del inicio de un proceso de diversificación del sistema productivo de estas naciones, orientado a la especialización en productos y servicios de mayor complejidad y valor añadido, y tendente a reducir la dependencia de la volatilidad de los mercados internacionales de materias primas. Esta tendencia en sí misma positiva podría interrumpirse bruscamente de frenarse el ritmo de crecimiento.

Y las perspectivas son preocupantes si nos atenemos a las previsiones de la OCDE. En su reciente informe Latin American Economic Outlook 2015, afirma que la región continuará creciendo pero a un ritmo menor que en los últimos cinco años, es decir, entre el 2 y el 2,5% anual de media. Las razones de esta desaceleración hay que buscarlas en la caída de los precios internacionales de las materias primas (especialmente metales y minerales), en el menor crecimiento de China (un socio de peso de América Latina), en el encarecimiento del coste de la financiación internacional y en la bajada de la afluencia de capital internacional.

El escenario descrito establece grandes diferencias entre los distintos países, que ya se han manifestado en 2014. Bolivia, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Panamá, Perú y la República Dominicana han mostrado tasas de crecimiento de entre el 4 y el 7%. Más rezagadas, en torno al 2,5% van las grandes economías de la región, Chile y México, y Brasil, que registra tan solo el 1%. En el pelotón de cola encontramos países como Venezuela o Argentina, que registraron valores negativos de crecimiento.

El informe pone en duda que los “booms de productos y capital” que han experimentado los países de América Latina, en ocasiones, desde 1960 sean capaces de aportar estímulos positivos a las tendencias de crecimiento. Estos booms son periodos en los que se han producido o un incremento drástico de las exportaciones de productos primario (combustibles, minerales, alimentos), o aumentos en los flujos de entrada de capital a corto plazo o de la inversión extranjera.

Las épocas de bonanza, de unos tres años de duración, han llegado a aportar hasta 6 puntos porcentuales de crecimiento del PIB. Sin embargo, la OCDE afirma que lo que hacen es añadirle volatilidad a las tendencias de crecimiento a largo plazo.

En una economía global todo lo que ocurre en alguna parte del mundo afecta al resto. Las economías de los países están entretejidas en una malla basada en el comercio y los movimientos de capital internacionales, cuando no están directamente integradas en un espacio económico común, como la Unión Europea. De esta forma, aunque a distinta velocidad, la crisis actual que se origina en EE.UU. y Europa parece estar llegando a otras regiones como Asia y Latinoamérica. En algunos casos solamente se trata de una revisión a la baja de las expectativas de crecimiento, pero no deja de ser un indicador de que si a una parte del mundo le va mal, tarde o temprano lo notará la otra parte.

La última derivada que nos dejó 2014 fue la caída de los precios de determinadas materias primas, especialmente de los carburantes, en parte por la caída de la demanda internacional y en parte por la sustitución de la oferta en el caso del petróleo, al aplicar los países técnicas de fracking para explotar nuevos yacimientos de combustibles fósiles.

¿Hasta qué punto esta bajada de los precios de los productos primarios, cuya exportación es la base del crecimiento económico de no pocas naciones emergentes, podría generar un efecto en cadena que afecte a las naciones desarrolladas? Recordemos que la recuperación que ahora, a principios de 2105, se anuncia a bombo y plantillo, presenta un cimentación extremadamente débil. Europa no acaba de enganchar la tendencia de crecimiento y se habla de un estancamiento secular.

Hace poco yo releía un viejo libro del profesor de la Universidad Complutense de Madrid Juan Hernández Andreu en el que establecía un paralelismo entre las grandes crisis económicas del siglo XX (Las crisis económicas del siglo XX, 1988). La tesis expuesta parte del concepto de “deflación estructural” del economista Charles Kindleberger que explicaba el origen de la crisis de 1929 en base a la caída de los precios de los productos primarios en los mercados internacionales, cuyo efecto posteriormente alcanzó a otros sectores de la economía mundial a través del comercio internacional.

A grandes rasgos, una serie de factores crearon durante los años 20 un exceso de oferta de bienes primarios que conllevó la acumulación de stocks y la caída de los precios de los mismos. El deterioró de la relación real de intercambio entre bienes primarios y bienes manufactureros produjo una pérdida de ingresos, por la caída de exportaciones, en los países especializados en la producción de los primeros, que redujo su volumen de importación de productos industriales. De esta forma, la crisis se trasladó a los países industrializados, exportadores de manufacturas, alcanzando cotas globales.

Andreu defendía en su libro que la otra gran crisis del siglo XX, la que se inicia oficialmente en 1973, tenía un origen similar a la de los años 30: “Los efectos catastróficos de 1929 y de 1973 no fueron resultado de sólo causas monetarias. En ambas crisis, los orígenes deben encontrarse en los movimientos de los precios relativos [entre bienes primarios e industriales] y en la carencia de innovaciones técnicas.”

Una entrada en recesión de las grandes economías de América Latina podría afectar seriamente a las economías de los denominados “países industrializados” que apenas salen del caos económico generado en 2008.¿Estamos ahora, en 2015, entrando en un proceso de deflación estructural, usando la terminología de Kindleberger, que arroje de nuevo al abismo los tímidos brotes verdes que asoman en Europa y EE.UU? ¿Conseguirá el gigante chino mantener el nivel de importaciones de materias primas e inversión que garantice un crecimiento para Latinoamérica? Ya lo iremos viendo a lo largo de este año que nace.

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