martes, 22 de noviembre de 2011

Los niños sin infancia de Corea


Siempre hemos criticado, por lo menos los de mi generación, lo despiadadamente competitivo que era el modelo educativo norteamericano,  donde el objetivo parecía tanto formar al alumno como persona y como ciudadano, dotándole de unos conocimientos y de una cultura, sino más bien conseguir que fuese el mejor en todo y que la superación personal, algo en sí positivo, fuese el equivalente de la superación a los demás. Los principios de este sistema dejaban fuera de antemano todo lo que tenga que ver con el trabajo en equipo y la colaboración, dado que el que se sienta a tu lado en el aula es un competidor. Pues parece ser que el modelo de EE.UU. queda chico con lo que está ocurriendo en Corea (la del Sur, por supuesto, la otra no es más que un sangriento país de opereta), donde los estudiantes llevan tan en la sangre la competitividad que acuden por las noches a clases clandestinas en academias, sí he dicho bien, para seguir estudiando. El tema ha adquirido tal envergadura que el gobierno coreano ha tenido que tomar cartas en el asunto persiguiendo la actividad formativa nocturna como si fuera el juego o la prostitución.

Parece ser que todo este proceso pernicioso tiene su origen en la importancia que se da a las altas calificaciones académicas para poder entrar en las universidades; los alumnos con mejores notas pueden entrar en las universidades más prestigiosas y, en consecuencia, acceder a los trabajos mejor remunerados del mercado. Esto conlleva que los niños y niñas coreanos tienen que hacer un sobreesfuerzo académico fuera de las horas lectivas para poder optar a este “paraíso de los más brillantes”, y para ello han proliferado por el país las academias nocturnas de refuerzo, lo que se conoce como “educación en la sombra”. Se calcula que en 2010 el 74% de los alumnos estaba asistiendo a algún tipo de escuela o academia privada después del colegio, lo que equivale a un coste medio para las familias de 2.600 dólares al año por escolar. La paradoja es que hay alumnos que se duermen en las clases ordinarias del colegio para poder rendir en las clases nocturnas privadas.

El gobierno ha empezado a ver esta adicción al estudio como un problema social, hasta el punto de que ha establecido un toque de queda para las academias after-hours, que se denominan hagwons, de forma que sufren redadas de la policía como si se tratase de garitos ilegales. Esto desde el punto de vista represivo (las hagwons estuvieron prohibidas durante la dictadura de los años 80). Desde el punto de vista constructivo, las autoridades intentan relajar, con mediano éxito, el culto a la calificación elevada que impera en el entorno académico e intentar introducir otros valores “más humanos” para evaluar al alumnado, como puede ser la capacidad creativa. A pesar que el propio Barack Obama ha elogiado con aires de sana envidia los resultados académicos de los jóvenes coreanos, que están a la cabeza en cualquier ranking internacional, desde Corea del Sur se aprecia el fenómeno con justificada preocupación; en palabras de Lee Ju-Ho, Ministro de Educación: “ustedes los americanos ven el lado brillante del sistema coreano, pero los coreanos no se sienten contentos con él”.  

Y ahora mi preocupación es la siguiente: dado que en este Brave New World que se nos viene encima Asia cada vez se erige más como zona hegemónica e influyente, ¿llegaremos a importar en la decadente Europa esos sistemas formativos salvajes y deshumanizados?

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