domingo, 25 de noviembre de 2012

La igualdad social y la educación pública como factores de crecimiento económico

Las posibles relaciones entre la desigualdad social y el crecimiento económico siempre han estado en el eje del debate económico. Para unos, la desigualdad en la distribución de la renta entre la población, o lo que es lo mismo, la concentración de la riqueza en pocas manos, es un factor positivo para el crecimiento de un país; otros al contrario lo ven como un lastre para el buen comportamiento macroeconómico a largo plazo de una nación.

Figuras destacadas del pensamiento económico apoyaron el primer planteamiento. El propio Keynes defendía en 1919 que era precisamente la desigualdad la que permitía la acumulación de formación fija de capital para garantizar una edad de oro en términos de riqueza. Más recientemente, Milton Friedman afirmaba que una mayor desigualdad espoleaba a las personas a trabajar más duro y con ello elevar la productividad de un país. Finalmente, Gary Becker postula que la desigualdad empuja a la gente a invertir más en su educación.

Aparte de los prejuicios morales o políticos que nos puede generar la desigualdad social, hay que tener en  cuenta que:

  • Especialmente en países con grades desigualdades, éstas son con frecuencia consecuencia de rigideces de la economía que lastran su eficiencia, como las leyes laborales en la India o los monopolios estatales en China.
  • El aumento de la desigualdad no tiene que ir necesariamente acompañado de una reducción del tamaño del sector público, que a juicio de los economistas neoliberales es un factor de distorsión en  la economía. A menudo lo único que hace es cambiar la composición del gasto público, por ejemplo, más inversión en sanidad para los mayores de las clases medias y altas y menos para generar oportunidades para la juventud de zonas desfavorecidas.
  • En la teoría del desarrollo se defiende desde determinadas posturas ideológicas que la concentración de la riqueza es necesaria para que una nación invierta en capacidad productiva que propicie el desarrollo y el bienestar de la población en general. Sin embargo, la experiencia observada en naciones en vías de desarrollo, especialmente de Latinoamérica, demuestra que los ricos con frecuencia gastan su patrimonio en bienes de lujo de importación en vez de estimular la economía nacional con inversión productiva.
  • Por último, la desigualdad elevada y creciente traslada entre generaciones la desigualdad de oportunidades, reduciendo la movilidad social y perpetuando la pobreza de los estratos de población más desfavorecidos. Es evidente que no va a gozar de las mismas oportunidades profesionales una persona que estudia en un centro público de un país que no invierte en enseñanza pública, que otra cuya renta le permite gozar de una formación privada complementada con accesorios como la  enseñanza de idiomas o la los estudios de posgrado.

Este último punto introduce dos términos interesantes: desigualdad de oportunidades y movilidad social. Podríamos justificar la desigualdad social siempre y cuando todos los participantes partiesen de la misma situación; la vida y el desempeño profesional de cada cual hace que surjan diferencias de renta entre ellos. Pero bien sabemos que no es así: unos parten en mejor posición que el resto porque sus familias están mejor situadas que las otras y la desigualdad se reproduce generación tras generación.

El tema de la movilidad social ha sido tratado por numerosos estudios recientes, e incluso se ha desarrollado el término “elasticidad de la renta intergeneracional” para medirla. El economista canadiense Miles Corak realizó un estudio comparando en varios países la elasticidad de la renta intergeneracional con el Índice de Gini, que mide la distribución de la renta. Las conclusiones fueron que los países con más desigualdad en la distribución de la renta (mayor Índice de Gini) presentan una movilidad social menor, y viceversa.

La movilidad social es importante, primero, porque parece justo que toda la sociedad pueda aspirar a mejorar su posición social frente a las generaciones precedentes, y segundo, porque el saber que “si te esfuerzas lo suficiente lo puedes conseguir” es un aliciente para que los ciudadanos inviertan más en su formación y se esfuercen por ser lo más productivos posible en su trabajo. La desigualdad de oportunidades solamente lleva al desánimo y a la desmotivación: para qué esforzarse si sabes que nunca vas a mejorar.

Y uno de los factores determinantes para aumentar la igualdad y la movilidad social es la inversión en una educación pública de alta calidad que garantice la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos.

Una mayor igualdad de oportunidades es un beneficio para la sociedad en su conjunto pues implica que el país contará con un mayor volumen de profesionales bien formados y altamente productivos, los efectos positivos macroeconómicos son evidentes. Deberían tenerlo en cuenta todos aquellos que se afanan en la actualidad por desmantelar los sistemas públicos de educación.

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