lunes, 24 de enero de 2011

El mito del eterno retorno

Leyendo sobre la valoración en bolsa de las empresas estrella de las redes sociales me viene a la mente la idea de que el tiempo se repite, del eterno retorno que postuló Nietszche en “Así hablaba Zaratustra”, cuando, después de cargarse a Dios y la perspectiva de la vida eterna, le entró el canguelo existencial y tuvo que inventarse lo del tiempo circular, que no nos engañemos, está cogido con pinzas, a pesar de que es una creencia muy extendida entre las antiguas culturas,  como bien nos cuenta el historiador rumano Mircea Eliade en su obra “El mito del eterno retorno” ( 1949). El caso es que esto ya ha ocurrido antes, a principios de la década pasada, cuando las denominadas punto.com, las empresas de servicios de Internet, conocieron un crecimiento exponencial de su valoración bursátil sin presentar un modelo de negocios e ingresos claro.

Partiendo de que no tengo grandes conocimientos de los mercados financieros,   no pretendo sentar cátedra sobre este tema; más bien quiero plantear las dudas que me generan (más bien me dejan aturdido y confuso), los datos recientes de valoración de las siguientes compañías: Facebook (50.000 millones de dólares – se estima que ingresó 2.000 millones en 2010), Twitter (4.100 millones – 50 millones de ingresos en el último año), LinkedIn (2.200 millones), Zynga (5.500 millones) o Groupon (4.750 millones de dólares). Se percibe una inmensa desproporción entre el volumen de ingresos esperado o esperable  y lo que se está dispuesto a pagar por estas empresas.

El problema es que estas empresas no parecen presentar un modelo claro de negocio, es decir, una fuente razonada de generación de ingresos que justifique esas cifras desorbitadas. El paradigma de esto Facebook, la joya de la corona, que encima no nació como idea de negocio sino como pasatiempo social de estudiantes.  

Los mercados financieros a finales de la década de los 90 también creyeron que habían descubierto oro en las empresas punto.com y apostaron salvajemente por marcas con perspectivas de rentabilidad inexistentes o cuando menos difusas. Todo el mundo se contagio de la fiebre del oro digital  (como dice un amigo mío, en aquella época la gente pasó de comprar el Marca a comprar el Expansión). En nuestro país Terra fue el principal fuelle de la burbuja especulativa; no era más que un portal de servicios gratuitos de Internet. Como es lógico, todo se vino abajo, arruinando a no pocos pequeños inversores.

Y es que hay que tratar con cautela el comportamiento de los mercados financieros, pues las inversiones a menudo no tienen un componente a largo plazo ni una motivación relacionada con la solidez de unos estados financieros, lo que produce esas brechas entre la valoración real y la financiera de la empresa, como ya apuntaba Keynes en 1936, al hablar sobre las expectativas a largo plazo:

“Pero hay un rasgo distintivo que merece nuestra atención. Podría haberse supuesto que la competencia entre los profesionales expertos, que poseen más juicio y conocimiento que el inversionista privado medio, corregiría las extravagancias del individuo ignorante abandonado a sí mismo. Sucede, sin embargo, que las energías y habilidad del inversionista profesional y del especulador están ocupadas principalmente en otra parte. Porque la mayoría de estas personas no está, de hecho, dedicada en primer término, a realizar previsiones superiores a largo plazo respecto al rendimiento probable de una inversión por todo el tiempo que dure, sino a prever cambios en las bases convencionales de valuación con un poco más de anticipación que el público en general. No se ocupan de lo que realmente significa un valor de inversión para el hombre que lo compra “para siempre”, sino de en cuánto lo estimará el mercado dentro de tres meses o un año, bajo la influencia de la psicología de masas.”
Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (12,V)

Le veo yo varios problemas a la generosa valoración que se realiza en la actualidad de las empresas 2.0, partiendo, repito, de que no soy ningún experto en el tema.

El primer aspecto está relacionado con el concepto de “destrucción creativa” que introdujo Joseph Schumpeter (“Los ciclos económicos”, 1939), otro economista del siglo pasado. Según esta teoría, una empresa obtiene una ventaja competitiva sobre la competencia en los mercados al llevar a cabo algún tipo de innovación, lo que le reporta un alto volumen de ingresos durante el corto periodo de tiempo que pasa hasta que los competidores imitan y adoptan dicha innovación, momento en que la oferta vuelve a ser homogénea en el mercado y el producto o servicio de la empresa ya no destaca. Este fenómeno es todavía más acelerado en el mercado TIC, cuyo ritmo de innovación tecnológica es vertiginoso. Sin embargo, ¿cómo puede aprovechar una empresa 2.0 ese breve lapso de generación de ingresos sin un modelo de generación de los mismos? En otras palabras, se genera innovación pero no se sabe cómo rentabilizarla, con lo cual se desaprovecha la ventaja competitiva derivada en el mercado .

Otro tema preocupante es el del cobro por servicios en Internet, en cualquier modalidad, ya sea Premium o Freemium. Aunque medios sociales como Facebook o Twitter presentan cifras de usuarios impresionantes (600 millones y 160 millones en todo el mundo, respectivamente), creo que la elasticidad de la demanda puede ser muy elevada en estos casos, de forma que al empezar a cobrar por todos o parte de sus prestaciones, la caída de usuarios/clientes podría ser brutal. No nos engañemos, tampoco es tan elevado el volumen de gente verdaderamente activa en las redes que haya generado una dependencia efectiva de estos medios y que esté dispuesta a pagar por su utilización. Según datos aportados por Josh Bernoff en la conferencia que dio en Fundación Telefónica este mismo mes, solamente el 14 por ciento de los internautas españoles son realmente “creadores” en la red, es decir, que escriben en blogs, tienen webs, o cuelgan vídeos propios; por el contrario, cerca del 50 por cierto son “pasivos”, se limitan a recibir información pero no participan. ¿Éstos estarían dispuestos a pagar por algo?

Unido a lo anterior, el sector TIC en su rama medios sociales tiene unas bajas barreras de entrada, lo que da lugar a que a pesar del tamaño de los grandes en número de usuarios exista un elevado volumen de competencia, como prueba el que convivan tantas y tan variadas redes sociales de todo tipo. El que una de ellas empiece a cobrar puede originar una desbandada de sus usuarios hacia otras que den prestaciones similares gratis. Sería interesante ver que tal le ha ido a la red NING que empezó a cobrar el año pasado.

Finalmente, siempre vuelve el debate de los ingresos por publicidad, la gran panacea, según algunos, para la supervivencia de las plataformas on-line. Este tema daría para un post monográfico. Es verdad que una parte importante de la inversión en publicidad se está trasladando a la red. Pero también es verdad que la lucha por obtener ingresos publicitarios es feroz y que las grandes marcas, especialmente Google, se quedan con la mayor parte del pastel. ¿Puede sobrevivir el resto del sector con las migajas restantes? No lo creo.

De esta forma, no me extrañaría que en unos años el tiempo se repita y que tras un hinchazón artificial, los valores tecnológicos revienten en los mercados financieros como ocurrió en los primeros 2000.

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