lunes, 17 de enero de 2011

Krugman y Stiglitz: visiones de la crisis


Mi amiga María, a la que ya he mencionado en mi otro blog “Los amores de Will”, me escribía ayer un SMS para avisarme de un interesante artículo de Paul Krugman en “El País” sobre Europa, ¿Tiene salvación Europa?”, lo que me sirvió para repasar con más detenimiento las páginas salmón y encontrar también una aportación de otro Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, igualmente acertada, “Contra toda esperanza, la esperanza de 2011”. Ambos autores analizan las consecuencias de la crisis en Europa, haciendo hincapié en los problemas específicos de los países periféricos como Irlanda, Grecia y España.

En su extenso texto de tres páginas, Krugman plantea como el euro más que una solución se ha convertido en parte del problema de cara a conseguir que los países europeos más machacados enfilen la senda del crecimiento. A juicio, las economías periféricas de nuestro continente tomaron prestado mucho más dinero del que realmente podían devolver a países con tipos de interés “tradicionalmente bajos”. La unión monetaria, concebida para aportar seguridad y confianza a Europa, se ha convertido en una trampa. Lo realmente preocupante de su argumento sobre el fracaso de la zona euro es que, a diferencia de EE.UU., los distintos Estados miembros no tienen una cultura y un idioma comunes, ni un estado supremo que los ampare. Los habitantes de un estado americano con una tasa elevada de desempleo, él pone de ejemplo Nevada, pueden ir a buscar trabajo a otros estados de economía más boyante; en Europa en cambio, a pesar que legalmente está garantizada la libre circulación de personas entre los Estados miembro, existen en la práctica barreras culturales e idiomáticas difíciles de superar que impiden en gran medida el flujo de mano de obra.

Yo siempre he creído en el proyecto de una Europa unida, aunque solamente sea para que Alemania y Francia hayan dejado de cascarse cada veinte o treinta años como hacían desde tiempo inmemorial, y no había previsto que el proceso de integración pudiese tener implicaciones negativas.

Por otro lado, Stiglitz vuelve a la carga con la tesis que lleva defendiendo en los últimos tiempos: que las políticas que se están llevando a cabo para salir de la crisis están equivocadas. Si el derroche y la falta de control del sector privado han sido los factores que nos han traído a esta situación, parece irracional pedirle austeridad al sector público, limitando su capacidad para desarrollar una política anticíclica que estimule la demanda privada a través de la inversión pública y de las transferencias directas a los ciudadanos. El problema es que desde el minuto uno de la recesión los superavits presupuestarios desaparecieron, obligando a los gobiernos a endeudarse de forma salvaje para financiar las políticas públicas. El dilema es inquietante: si el Estado no transfiere poder adquisitivo al ciudadano, la reactivación de la demanda se retrasará quién sabe hasta cuándo; pero si aumenta el gasto público los países entran (entramos) en un espiral peligroso de crecimiento del endeudamiento que puede limitar el nivel de bienestar de las generaciones futuras y la capacidad de crecimiento de la economía.

La verdad es que nos encontramos en un verdadero callejón sin salida y a ver cómo salimos de ésta. 

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