jueves, 21 de julio de 2011

Divertimentos filosóficos estivales

Comentando con Zeque en la oficina el artículo de Muñoz Molina en la edición de “El País” del domingo pasado, que versaba sobre Nietzsche y Thomas Mann, le he empezado a recitar todos los libros del filósofo teutón que he leído, a saber: “Más allá del bien y del mal”, “Así habló Zaratustra”, “Aurora”, “El Anticristo”, “El nacimiento de la tragedia” (mi favorito) y  “Ecce Homo”, aparte de la biografía que de su vida y pensamiento escribió su adorada Lou Andreas Salome (¡qué gran mujer!). A grandes rasgos, Muñoz Molina defiende que Nietzsche hubiese sido un gran tuitero y bloguero en la actualidad por lo que llama “su capacidad para escribir al instante”. Estoy de acuerdo y creo que lo que me ha atraído siempre hacia su prosa es la inmediatez de su mensaje, a pesar de estar revestida de metáfora, su afición por el aforismo, y su capacidad para soltar sentencias lapidarias, algo muy ejercitado por los pedantes aprendices de gurú o chamán que pueblan Twitter, cuyas fuentes de información se limitan a Wikiquotes o a la revista “Muy interesante”, dado que dudo que hayan leído a todos los autores que citan.

Y lo cierto es que la filosofía puede ser divertida. Como decía Borges (no recuerdo dónde ni me apetece ponerme a buscarlo), a las creencias religiosas y a  las ideas filosóficas hay que juzgarlas no tanto por su valor dogmático sino por lo que tienen de mágico y maravilloso, y yo añadiría, y de estético. Existen sistemas de pensamiento que son más atractivos que otros, más sugerentes y bonitos, independientemente que nos los creamos o no.

Dentro de la filosofía griega presocrática, siempre me ha gustado más la idea del devenir de todas las cosas del jonio Heráclito (“no te meterás dos veces en el mismo río”), que la inmutabilidad del cosmos que pregonó Parménides y amplificó la Escuela de Elea, sobre todo el cansino de Zenón, que organizaba carreras absurdas entre semidioses y tortugas. Bien es verdad que a Heráclito sus vecinos de Efeso le apodaban “El Oscuro” porque nadie se enteraba de lo que quería decir con tanta imagen sobre ríos, caminos, guerra y fuego, y que acabó sus días enterrado en mierda para curarse una enfermedad. Una mala tarde la tiene cualquiera.

Siempre he sido fan de Platón, a pesar de mi convicción empirista, y en cambio me ha caído gordo Aristóteles. Los diálogos de Platón son entretenidos (y algunos acaban en orgía, como “El banquete”) y existen cosas en su entramado intelectual que me atraen, como por ejemplo la teoría del alma que expone en el “Fedro”. Representa el alma humana como un carro con dos caballos, uno negro y otro blanco. El áuriga es la parte racional e inmortal que domina y guía al caballo negro, la parte concupiscible o relativa a las pasiones o apetitos terrenales, y al blanco, que representa a los sentimientos, tanto buenos como malos. Yo a menudo siento como se me desbocan los caballos… De Aristóteles he leído la “Metafísica”, la “Poética” y la “Ética a Nicómaco”, pero no me llega. No me extraña que a su discípulo Alejandro le diese por conquistar Asia de puro aburrimiento.

Me leí “Los sucesivos” de Guillermo de Occam buscando el principio de la navaja, según el cual, de dos teorías con las mismas consecuencias tiende a ser válida la más simple. Es un principio aplicable a la vida cotidiana. Pero no viene en ese libro, y lo que es peor, algunos dicen que se le atribuye pero que no es suya. Me podían haber avisado antes de empezarlo, leñe. A Santo Tomás, que no me interesa, le debo el haber aprobado la selectividad (aunque luego me bajo la nota un determinante cabrón que no supe resolver satisfactoriamente, pero esa es otra historia), y le respeto por la iniciativa que tuvo de intentar racionalizar la fe (algo contradictorio en sí mismo). Por la misma razón me inicié en la Cábala judía, no en la que habla de fabricar un golem o de conjurar a demonios de los círculos exteriores, sino en la que surge en el siglo XIII como respuesta a la escolástica cristiana con el fin de crear una filosofía religiosa, aunque los hebreos se empeñen en que surgió en la época del Antiguo Testamento (no se lo creen ni ellos). Mi amigo Paco el @gasolinero de Tomelloso también es cabalista.

De Descartes me gusta su metodología de dudar de todo hasta que llegues a algo de lo que no puedes dudar (difícil en la actualidad, me temo), para volver a reconstruir el sistema de creencias. Y de Leibniz me leí hace poco su “Monadología”, pero no me enteré muy bien qué es una mónada y si puede encontrar un hueco confortable en la física actual, entre el Principio de Incertidumbre de Heisenberg y el minino de Schördinger, ése que se moría y no se moría al mismo tiempo (habrá post sobre esto, lo juro).

Debo reconocer que los empiristas británicos me fascinan, les veo como protopunks filosóficos, que niegan todo y ponen en cuestión hasta lo más evidente. George Berkeley afirmaba que solamente existen las cosas mientras las percibimos, una idea maravillosa porque sitúa al perceptor como eje y justificación del universo. ¿Qué sentido tendría una hermosa laguna en el planeta Marte si nunca la va a ver nadie? ¿Existe si no existe para nadie? David Hume fue más lejos y negó al perceptor: solamente somos una sucesión continua de percepciones que generan una ilusión de yo. También negó el principio de causa y efecto: es tan ridículo creer en él como un gallo que pensase que el sol sale por las mañanas porque él canta.

La dialéctica de Hegel, de la que luego se apropió su alumno aventajado Karl Marx para postular el materialismo histórico, la suelo aplicar a la vida corriente. Por ejemplo, yo de joven era heavy (ya sabéis, camisetas negras estampadas con monstruos y diablos), esa es la tesis; luego me empezó a gustar el punk y la New Wave y pasé a renegar de mis antecedentes metalúrgicos, fase de antítesis; y finalmente, ahora puedo escuchar “The Number of the Beast” de Iron Maiden y seguidamente el disco en inglés de Carla Bruni (no quiero oír risitas, que es francamente bueno), lo que nos daría la etapa de síntesis.

Finalmente, y sin intención de extenderme (más), quiero destacar también a los existencialistas franceses, sobre todo a Sartre y Camus, tan distintos y tan distantes de la histeria de sus predecesores de inclinación cristiana como Kierkegaard. El caso de Sartre es el de un sistema filosófico profundamente humanista, que invita a pensar en y a cuidar de los demás. El propio Sartre es el mejor divulgador de su pensamiento por lo bien que expone su complejidad (cuando quiere) para que la entienda todo el mundo, como en la conferencia “El existencialismo es un humanismo” o en “Existencialismo y emociones humanas” de 1957. De Camus me fascinó la idea que expone en “El mito de Sísifo” de que, al disponer de conciencia, somos extraños en nuestro propio mundo, es decir, que la inteligencia y el raciocinio nos erradica de él, a diferencia de plantas y animales que son parte de un todo. De Heidegger intenté leer “El ser y el tiempo” y a la altura de la página 60 me di cuenta de que no me había enterado de absolutamente nada y lo dejé. Todo coco tiene su límite, supongo, y el mío ya echaba humo.

En fin, siento esta ida de olla estival pero es que las tardes de verano son muy largas.

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