sábado, 10 de septiembre de 2011

Los nuevos dioses


Parece ser que por fin Obama ha entendido la ecuación de la renta y la demanda que explica el primer capítulo de cualquier manual de macroeconomía. A pesar de la oposición del siniestro Tea Party, ha razonado que la única forma de combatir el desempleo es ejecutando inversiones y gasto públicos, y calcula que puede de esta manera situar la tasa de paro de EE.UU. varios puntos por debajo del actual nueve y pico por ciento (¡jopé, lo que daríamos nosotros por tener esa tasa de parados!). Aquí por desgracia las infusiones patrias de graznido de gaviota junto con el colectivo del capullo en la mano parecen haber considerado el confiar la reactivación económica al Espíritu Santo, a la Virgen del Pilar o a la de Lourdes (para el caso es lo mismo en una Europa unida), que como todo el mundo sabe son entes mucho más eficaces que la política fiscal y de rentas. Nuestros esfuerzos se dedican a aplacar la ira de los mercados.

Los mercados financieros han venido a sustituir a los viejos dioses que regían los destinos de las personas en el mundo previo al paso del mito al logos. Aquellos dioses, que en según qué culturas podían llegar tener muy mala leche, eran los responsables de las malas cosechas, de que un volcán borrase tu ciudad del mapa e incluso de que tu mujer te la pegase con ese esclavo nubio de majestuosa estampa. La única forma de aplacar la ira de los dioses era realizando ofrendas y sacrificios, y aun así la inestabilidad emocional de la que hacían gala impedía con frecuencia predecir un resultado satisfactorio a la operación. Actualmente son los mercados los que nos castigan, los que nos obligan a realizar sacrificios y a empobrecernos para acallar su furor, los que deciden que países con estructuras económicas sólidas no son dignos de confianza, y en suma, los que nos exigen pedir perdón de rodillas por pecados que no hemos cometido. Y las agencias de calificación son los sumos sacerdotes de este nuevo culto, y aunque con frecuencia se equivocan provocando daño a millones de personas, seguimos conservando la fe en ellas y siguiendo sus discutibles dictámenes a pies juntillas.

Ya en 1936 Keynes explicaba el funcionamiento de los mercados financieros en un mundo mucho menos globalizado e interconectado que el actual:

"Cuando faltan los mercados de valores no tiene objeto revaluar con frecuencia una inversión en la cual nos hemos comprometido. Pero la bolsa evalúa muchas inversiones todos los días y estas revaluaciones dan frecuentes oportunidades a los individuos (aunque no a la comunidad en su conjunto) para revisar sus compromisos. Es como si un agricultor, habiendo observado su barómetro después del desayuno, decidiera retirar su capital del negocio agrícola entre diez y once de la mañana y reconsiderar si debía volver a él posteriormente durante la semana. Pero las revaluaciones diarias de la bolsa de valores, aunque se hacen con el objeto principal de facilitar traspasos entre individuos de inversiones pasadas, ejercen inevitablemente influencia decisiva sobre la tasa de las inversiones corrientes; porque no tiene sentido crear una nueva empresa incurriendo en un gasto mayor que aquel a que se puede comprar otra igual ya existente, mientras que hay un incentivo para gastar en un nuevo proyecto lo que podría parecer una suma extravagante, si puede venderse en la bolsa de valores con una ganancia inmediata. Por eso ciertas clases de inversiones se rigen por el promedio de las expectativas de quienes trafican en la bolsa de valores, tal y como se manifiesta en el precio de las acciones, más bien que por las expectativas genuinas del empresario profesional."
John Manyard Keynes “Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero” 12.III

Básicamente, lo que viene a decir es que las decisiones de inversión y desinversión en los mercados de valores dependen del propio funcionamiento de los mismos y son cada vez más ajenas a la evolución de las empresas a las que los valores hacen referencia. Este fenómeno se ha multiplicado en las décadas que han seguido a la publicación de este texto, habiéndose mundializado el mercado de valores y habiéndose afinado su operativa, por  gracias de la tecnología, de forma que la información fluye en tiempo real por todo el orbe. Esta separación entre expectativas financieras y economía real se aplica igualmente al caso de las naciones. Países con una estructura productiva dinámica y competitiva, y con cifras importantes de crecimiento antes de 2008, son ahora tratados como repúblicas bananeras al borde de la quiebra. Sin embargo, y aunque la crisis haya propulsado el cierre de empresas y la caída de la producción, los factores intangibles que hacen poderosa una economía siguen ahí: el know-how, el grado de capacitación de la mano de obra, la especialización en sectores productivos de alto valor añadido, la capacidad de innovación, la visión y habilidad del empresariado… Pienso que esos son los factores sobre los que se debe juzgar la credibilidad de una nación y no en los oráculos de los nuevos dioses.

2 comentarios:

  1. Acabo de descubrir tu blog, y no podría estar más de acuerdo con esta entrada, sobre todo la última frase: Yo también pienso que esos son los factores por los que se debe juzgar la credibilidad de una nación, sobre todo cuando los oráculos hacen trampas...

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  2. Gracias Ana. A pesar de lo que dice Rubalcaba de que no se puede ignorar a los mercados porque ellos son los que prestan el dinero, considero que alguien debería regularles más estrechamente.

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