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lunes, 18 de enero de 2021

Hacia el blockchain de las cosas

La fusión entre el internet de las cosas (IoT) y blockchain da lugar a una nueva tendencia denominada blockchain de las cosas, que puede suponer una verdadera revolución a lo largo de la próxima década, cuando comience a difundirse a través de todos los sectores de actividad. Aparentemente, hablamos de dos cosas sin relación, por una parte, la capacidad de los dispositivos de transmitir información de forma autónoma a través del ciberespacio; por otra, un sistema de almacenamiento de información basado en técnicas criptográficas de elevada seguridad. Sin embargo, ambas tecnologías comparten varias características que cimientan su complementariedad: son sistemas distribuidos, autónomos y mayormente descentralizados. El internet de las cosas puede hacer uso de la poderosa herramienta criptográfica de blockchain para reforzar los aspectos relativos a su seguridad. Por su parte, las cadenas de bloques pueden beneficiarse de la arquitectura propia del IoT para dar soporte a su modelo de consenso P2P (peer to peer) entre los distintos nodos que conforman la red. La combinación de las dos tecnologías puede traer consigo una transformación radical en el campo de las redes de comunicaciones, al garantizar que los dispositivos conectados puedan registrar y procesar datos con eficacia, de forma segura y verificable, sin la necesidad de que intervenga el ser humano.

Una de las ventajas de incorporar blockchain al internet de las cosas es que incide positivamente sobre la privacidad y la fiabilidad. Puede hacer posible el seguimiento de miles de millones de dispositivos conectados, permitiendo gestionar las transacciones y la coordinación entre ellos, con el consiguiente ahorro de costes. Las cadenas de bloques pueden mantener un registro inmutable de la historia de los distintos dispositivos inteligentes presentes en una red IoT, haciendo que funcionen sin la necesidad de que sean controlados por una autoridad central. Blockchain puede conseguir que la comunicación entre los distintos objetos y dispositivos sea segura y confiable, al igual que hace al registrar las transacciones que se producen en el marco de una criptodivisa.

Actualmente, los dispositivos conectados al internet de las cosas son altamente vulnerables ante los ciberataques. En 2019, un malware llamado Silex se propago por las redes rápidamente borrando el firmware de cámaras de vigilancia, cerraduras, bombillas, termostatos, routers, webcams y en general todos los productos conectados en el hogar o la oficina. En unas pocas horas Silex fue capaz de neutralizar más de 4 000 elementos del internet de las cosas. Cuantos más objetos tenemos conectados en nuestras vidas, más vulnerables nos hacen. En general, estos no disponen de los estándares autentificación necesarios para proteger los datos de los usuarios. La tecnología blockchain puede reforzar los aspectos relativos a la seguridad del IoT. En primer lugar, es capaz de tener identificados y autentificados los dispositivos conectados. En el caso de los sensores, puede llevar un seguimiento de los datos e las mediciones realizadas y protegerlos frente a la manipulación. Además, puede garantizar de forma automática la transmisión de datos entre dispositivos, sin necesidad de que intervengan terceras personas para hacerlo.

Un aspecto importante es el de la resiliencia que las cadenas de bloques pueden otorgar a una red. En una blockchain, cada nodo guarda una copia completa de todas las transacciones que han tenido lugar en la red. De esta manera, ante un ataque que destruya parte de la red, toda la información sigue estando segura en los nodos supervivientes, algo que aplicado al internet de las cosas garantiza la fortaleza del sistema.

 

 

martes, 10 de septiembre de 2019

Edge Computing: los dispositivos cobran inteligencia


El internet de las cosas establece una conexión entre dispositivos, plataformas, acciones y personas. Cuando pensamos en esta tecnología, la primera asociación que nos viene a la cabeza es la de la industria: fábricas y plantas de montaje completamente automatizadas, en las que todas las fases de la cadena de producción cuentan con dispositivos que recogen información para monitorizar todo el proceso.

Sin embargo, los sensores en red tienen muchas más aplicaciones, muchas de ellas que pueden afectar a nuestra vida cotidiana. Por poner unos pocos ejemplos, en el campo de la salud, existe un casco conectado para hacer el seguimiento de enfermos de Alzheimer y recibir un aviso en el caso de que se produzca algún percance. En la misma línea, unas suelas de zapato inteligentes sirven para la localización de personas mayores. Finalmente, en el ámbito de los animales de compañía, la aplicación Dogsens aprovecha la conectividad IoT para controlar el estado y la actividad de las mascotas, transmitiendo la información al teléfono móvil del dueño en tiempo real.

El IoT tradicional parte de la base de que los sensores y dispositivos de los extremos de la red son elementos pasivos, es decir, que su función se limita a recoger información y mandarla a la nube, a centros de datos donde es procesada, analizada y utilizada para tomar decisiones. Sería el caso, por ejemplo, de los sensores para medir la calidad del aire desplegados por una ciudad, que envían sus registros a un centro de control donde se activan las alertas cuando los niveles de contaminación superan los límites establecidos.

Frente a esa arquitectura centralista, ahora aparece el Edge Computing, cuya filosofía se basa en dotar de inteligencia a los sensores y dispositivos de recogida de información, para que esos datos sean procesados más cerca de donde se crearon, en lugar de enviarlos a través de largos recorridos hasta los centros de datos y nubes de computación.

El Cloud Computing ha supuesto liberar progresivamente a los terminales de la necesidad de tener una capacidad de procesado cada vez mayor, pues este se realiza en la nube. Los años 80 y 90 conocieron el boom de los ordenadores personales, en los que todo el hardware necesario para ejecutar programas y aplicaciones estaba en poder del usuario. A medida que el software se hacía más complejo, necesitábamos máquinas cada vez más potentes. No hay más que recordar -los que vivieron aquella época- la larga procesión de microprocesadores de Intel que se iban sucediendo, a cuál más poderoso: 286, 386, 486, Pentium…

Hoy en día, en cambio nuestros terminales –ya sean ordenadores, tabletas, móviles o consolas- hacen uso en gran medida de servicios que están centralizados en la red. Pensemos, por ejemplo, en el correo electrónico, como Gmail de Google, en plataformas para almacenar información, como Dropbox, o en Office 365, la versión online de la popular suite ofimática de Microsoft. Por supuesto, servicios todavía más avanzados, como los asistentes personales o la TV por internet, reciben sus contenidos y la inteligencia artificial que los hace funcionar desde la nube.

Sin embargo, se trata de un modelo que presenta limitaciones. Por una parte, la información tiene que recorrer enormes distancias de cientos y de miles de kilómetros desde los dispositivos hasta el centro de datos. Por otra, cuanta más distancia, mayor es el número de redes que deben recorrer los datos y mayor es la probabilidad de que sufran retrasos por el tráfico. En telecomunicaciones estos retardos que producen las redes se denominan latencia.

En la comunicación entre objetos, la latencia se convierte en un factor crítico. Sin una latencia ultrabaja será imposible mover los volúmenes de datos que produzcan los miles de millones de objetos que constituyen el internet de las cosas. Para hacernos una idea de la importancia de esto con un ejemplo, en un coche autónomo un retraso en la transmisión de información puede implicar frenar demasiado tarde y que tenga lugar un accidente con consecuencias fatales.

El Edge Computing supone llevar las capacidades de computación desde el centro de la red –los centros de datos- a los bordes –los dispositivos que recogen la información-, con el fin de mejorar el funcionamiento del sistema, de bajar los costes y de asegurar una mayor fiabilidad de las aplicaciones y los servicios que soporta.

El cómputo en el borde contribuye a reducir la distancia entre los recursos de red y los dispositivos, mitigando de esta manera las limitaciones que se presentan en la actualidad relacionadas con la latencia y el ancho de banda. Parte del trabajo inteligente que antes realizaban los centros de computación recae ahora sobre los sensores y objetos en los extremos de la red, cuya tarea ya no se limitará solamente a recoger y enviar datos.

Los dispositivos en el borde pueden ser cualquier objeto del internet de las cosas, desde un coche autónomo, a un sensor medioambiental, una cámara de seguridad o un semáforo. Algunos de ellos estarán en exclusiva dedicados a recoger y enviar flujos de datos a la red, pero otros se convertirán en pasarelas especializadas para agregar y analizar datos e incluso para realizar alguna función de control de los mismos. Finalmente, existirán dispositivos que podrán convertirse en nodos programables de la red, capaces de ejecutar aplicaciones más complejas. La cercanía de estos dispositivos al usuario final los convierte en idóneos para realizar tareas que requieren una latencia cercana a cero, pero no una capacidad de procesar compleja. Acciones como el frenado en coches autónomos, por ejemplo.

martes, 29 de enero de 2019

La empresa española frente al internet de las cosas

En los últimos años el internet de las cosas (IoT) ha conseguido arrancar un gran número de titulares en todo el mundo, para poner de manifiesto la capacidad transformadora de esta tecnología digital. Según la Consultora Gardner, el IoT llegará a superar los veinte mil millones de dispositivos conectados en 2020 y ya es un elemento presente en la estrategia de numerosas empresas.

El estudio IoT Enterprise Insight Survey: Europe de Ovum analiza las opiniones y posiciones de empresas europeas que están desplegando soluciones tecnológicas basadas en el internet de las cosas (IoT). Se trata de una parte de un trabajo más amplio que incluye hasta catorce países de varios continentes. El capítulo europeo ha recabado las opiniones de 399 compañías de Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y España.

En concreto, se ha preguntado sobre las estrategias para abordar el IoT y los principales desafíos que se presentan, sobre la inversión necesaria y las métricas utilizadas, las aplicaciones instaladas, la conectividad y la selección de proveedores.

La razón principal de las empresas españolas (57 fueron consultadas) para instalar soluciones basadas en IoT es mejorar la experiencia del cliente, seguida de la reducción de costes y del aumento de la competitividad. Estos dos últimos factores son los que tienen más peso para las firmas francesas, italianas y británicas, mientras que las alemanas valoran más el mejorar los procesos de negocio.

Cuando se les pregunta sobre los mayores retos que supone el IoT, las empresas españolas, igual que las alemanas, señalan los temas relacionados con la seguridad de los datos y de las redes. Le siguen en importancia la preocupación por los costes esperados del despliegue a lo largo del tiempo y la duda sobre si se dispone de la habilidad necesaria para transformar los datos recogidos en valor comercial para la compañía. Por el contrario, en Francia e Italia se ve como el mayor obstáculo la complejidad que supone integrar las aplicaciones del Internet de las cosas con la infraestructura de informática y telecomunicaciones de la empresa.

De todos los indicadores clave de rendimiento (KPI), la empresa española utiliza especialmente aquellos que miden la productividad de los datos (en esto coincide con las alemanas, británicas y francesas) y en la misma proporción los que evalúan el nivel de satisfacción del cliente. Las italianas en cambio se centran en indicadores que reflejan las mejoras en el volumen de ventas.

Las principales aplicaciones de IoT que valoran las empresas en España son aquellas relacionadas con la automatización o la optimización de operaciones. Igual ocurre en Francia e Italia. En segundo lugar, se encuentran las que tienen por objetivo la gestión del cliente y de la experiencia de este y las destinadas a la gestión u optimización de la fuerza de trabajo. En Alemania, por el contrario, se concede más importancia a aplicaciones para llevar a cabo mantenimiento predictivo.

Al preguntar por las formas de conexión elegidas para llevar a cabo los proyectos de Internet de las cosas, todos los países muestran su preferencia por las tecnologías de conectividad de corto alcance, como bluetooth o wifi, seguidas de los accesos a través de redes fijas, excepto en Reino Unido donde el acceso celular M2M (2G, 3G o 4G) ocupa un segundo lugar en importancia.

De cara a buscar un proveedor de soluciones IoT, las empresas españolas valoran especialmente el grado de conectividad y el alcance de su red, el que exista una integración previa con el proveedor que tenga la compañía de servicios cloud y, finalmente, la compatibilidad del sistema con múltiples soluciones tecnológicas de IoT.

Finalmente, se pregunta a las empresas por las tareas que consideran que requieren mayor apoyo del Internet de las cosas. En España se destaca la logística y la implementación de proyectos, seguida en importancia por la ingeniería de proyectos o soluciones. Los resultados en este caso son muy parecidos en todos los países considerados.


 
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