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lunes, 13 de abril de 2020

El confinamiento y las brechas digitales en la educación


No deja de resultar irónico que, después de veinte años que llevamos escuchando la necesidad de innovar el sistema educativo y adaptarlo a las necesidades formativas de una sociedad digital, el cambio a una enseñanza completamente online se ha impuesto de la noche a la mañana por culpa de la pandemia. De acuerdo con la información ofrecida por la UNESCO, el 91% de los alumnos matriculados del mundo están afectados por los cierres de los centros educativos a nivel nacional –en un total de 192 países-, lo que en valores absolutos arroja una cifra de más de 1.500 millones de estudiantes sin clases presenciales.

Por supuesto, y a pesar de que el uso de tecnología ya es algo bastante extendido en la educación de nuestro país, la situación que se ha creado ha sido cercana al caos, con unos alumnos enclaustrados comunicándose con el profesorado exclusivamente por medios informáticos, y unos docentes intentando adaptar a mata caballo los contenidos curriculares al nuevo escenario, en un intento desesperado por no perder el curso, sin los medios ni las directrices concretas adecuadas. Sin embargo, este brusco cambio de agujas no afecta a todos los estudiantes por igual, puesto que salen bastante más perjudicados de la digitalización de la enseñanza aquellos que no disponen en sus hogares de los dispositivos necesarios para seguir el aprendizaje online. Estamos hablando de una brecha digital ya presente, pero que se hace aún más evidente en esta situación de confinamiento.

La Plataforma de Infancia España cifra en 500.000 los niños y niñas que no pueden acceder a un ordenador en casa, y en torno a los 100.000 hogares que carecen de conexión a internet. En la gran parte de los casos se trata de familias con niveles de ingresos muy bajos, inferiores a los 900 euros al mes. Hablamos de una brecha digital derivada de la vulnerabilidad socioeconómica, que impide que estos alumnos puedan ejercer su derecho a la educación en las mismas condiciones que los demás. 

Ya existen iniciativas, tanto desde el sector público como desde la iniciativa privada, para paliar esta desventaja, dotando al alumnado sin recursos de los medios técnicos necesarios para garantizar su conectividad y capacidad para llevar a cabo el trabajo de clase en red.

Pero la brecha digital tiene ramificaciones más profundas y mucho más difíciles de eliminar. La falta de capacitación digital de los progenitores o tutores de los estudiantes supone una barrera más que frena su aprovechamiento de los medios tecnológicos, y una desventaja añadida frente a aquellos niños y niñas que viven en entornos en los que los adultos les pueden apoyar en el uso de la tecnología. España presenta un bajo nivel de capacitación digital de la población comparada con el resto de Europa, a juzgar por los resultados del estudio comparativo DESI (Digital Economy and Society Index), y esto puede llegar a convertirse en un factor de exclusión social, tanto o más que propia formación académica.

Finalmente, podemos hablar de una brecha digital adicional que afecta a un volumen mayor de población: la relacionada con la diferencia entre el conocimiento experto y el denominado conocimiento social, es decir, entre las aportaciones que existen en la red de especialistas y toda la información de escaso valor que circula por internet, impulsada en gran medida por las redes sociales y las aplicaciones de mensajería instantánea, como WhatsApp. Se abre una brecha entre los que saben acudir a la información de calidad y los que picotean de fuentes de diversa índole, y que no saben discernir contenidos valiosos de las fake news, y no son capaces de identificar la inexactitud y la mentira abierta.

La capacitación digital, más allá de la emergencia impuesta por el COVID-19, es una asignatura pendiente en la formación del ciudadano, desde su educación más básica, y en este sentido, una condición indispensable para la superación de las brechas digitales.

martes, 31 de marzo de 2020

La pandemia que nos hizo digitales


Una de las pocas buenas noticias que ha traído consigo esta horrible crisis que está sufriendo el mundo es que nuestro país cuenta con una dotación de infraestructuras de telecomunicaciones ultrarrápidas de banda ancha suficientes para dar soporte a la vida digital de los españoles. El “test de estrés” de las redes se impuso de un día para otro  -sin previo aviso- cuando ante la gravedad de la situación el Gobierno decretó el estado de alarma y la necesidad de confinar a la población para frenar la expansión del nuevo coronavirus.

A partir del comienzo del confinamiento, el 15 de marzo, el tráfico por internet ha aumentado un 80% y las llamadas de voz se han duplicado. El ocio en online también se ha disparado: entre el 13 y el 15 de marzo el tráfico relacionado con los videojuegos aumentó un 271 por ciento con respecto a la semana anterior. El encierro domiciliario también ha implicado que miles de españoles continúan su actividad laboral en modo teletrabajo, de forma que las herramientas de trabajo colaborativo como Webex, Skype o Teams –que requieren un ancho de banda muy amplio al incorporar videoconferencia- han multiplicado su tráfico por cuatro.

El caso es que los tres grandes operadores –Telefónica, Orange y Vodafone- llevan desplegando redes de fibra óptica desde 2005, cuando tienen lugar las primeras pruebas piloto de Telefónica, de forma que hoy 3 de cada 4 hogares españoles tienen cobertura ultrarrápida gracias a esta tecnología. Esta penetración sitúa a España en el primer lugar en cuanto a cobertura y clientes de fibra óptica en Europa. Nuestro país dispone de más fibra óptica que Alemania, Inglaterra, Italia, Francia y Portugal juntos.  Además, estamos hablando de que en su mayoría son accesos de fibra hasta el hogar (FTTH: Fiber To The Home), la de mayor calidad puesto que evita perdidas de rendimiento, al unir directamente centralitas y hogares.

Nuestra vida ya es digital y el acceso a internet de los españoles es ya generalizado: 9 de cada 10 ya son usuarios. La pandemia ha demostrado que muchas de las actividades que realizamos diariamente podemos seguir haciéndolas en las redes sin salir de casa, y, a pesar del parón de la actividad económica, las comunicaciones nos permiten estar en contacto con nuestros seres queridos, estar debidamente informados sobre la evolución de la situación, gozar de recursos para el ocio y el trabajo, e incluso, en la medida de lo posible, mantener la actividad de enseñanza y aprendizaje por vía telemática en institutos y universidades.

Cuando pase esta crisis nos daremos cuenta de que la vida real y la digital no son dos espacios separados, sino dos facetas de una misma cosa. Estamos inmersos en un proceso de transformación guiado por la tecnología que algunos equiparan con las revoluciones industriales del pasado. Es nuestra responsabilidad que el ser humano este el centro de dicho proceso, que sea inclusivo, y que no se quede nadie por el camino.

lunes, 16 de marzo de 2020

La pandemia y las nuevas formas de trabajar

Probablemente, la cuarentena a la que nos hemos visto sometidos a causa de la pandemia del coronavirus COVID-19 constituya la prueba de fuego para evaluar la efectividad de las nuevas formas de organización del trabajo que han emergido en este siglo XXI. Esta situación inédita en la historia reciente, que ha obligado a millones de personas en todo el mundo a confinarse en sus hogares durante un número de semanas en principio indeterminado, va a poner a prueba la capacidad de los equipos de las empresas e instituciones para mantener, en la medida de lo posible, la actividad normal dentro de la anormalidad de la situación que enfrentamos.  

A través de esta experiencia comprobaremos cuán resilientes son las organizaciones hoy en día, es decir, cuál es su capacidad para seguir funcionando ante cualquier adversidad, y cuál su grado de flexibilidad para adaptarse a los escenarios variables de un mundo en constante cambio, un mundo líquido, utilizando la terminología acuñada por Zygmut Bauman. 

Sin duda, uno de los factores clave del trabajo de esta era es, en términos generales, su fuerte dependencia de la tecnología, y en concreto, de las tecnologías digitales. La capacidad que estas nos otorgan para, por una parte, acceder a cualquier fuente de información, a recopilar y procesar grandes volúmenes de datos, y por otra, para poder establecer una comunicación permanente remota con cualquier persona, independientemente de dónde se halle, rompe sonoramente con la rigidez de las formas laborales heredadas de la era industrial. Atrás quedaron esas oficinas de largas filas de mesas ocupadas por administrativos cuasi mecánicos, como en la que trabaja Jack Lemmon en el film de Billy Wilder El apartamento.  

España es ya prácticamente una sociedad digital; nuestra vida cada vez reposa más en las redes: desde cómo nos divertimos o nos relacionamos, hasta cómo compramos o como interactuamos con nuestra entidad financiera. La esfera laboral no es una excepción. La penetración de las tecnologías de las comunicaciones en nuestro día a día del trabajo ha ido dotando de ubicuidad a muchas ocupaciones, de forma que ahora están deslocalizadas y pueden desempeñarse fuera de las oficinas. 

Y España cuenta con una ventaja muy importante en este sentido, puesto que tiene la mejor red de internet de alta velocidad de toda Europa. En porcentaje, el 94% de la población cuenta con cobertura de banda ancha, y entre los tres grandes operadores (Telefónica, Orange y Vodafone) suman 48 millones de hogares pasados con fibra óptica, la infraestructura ultrarrápida de nueva generación. De hecho, contamos con más fibra óptica deplegada que Alemania, Inglaterra, Italia, Francia y Portugal. 

Sin embargo, estas nuevas formas de trabajar no consisten solamente en poder trabajar desde casa con el ordenador. El teletrabajo es solamente una parte de todo el planteamiento, si bien dinamita una de las lacras de la oficina clásica, como es el presencialismo, la obligación de hacer horas para que se nos vea desde la dirección. 

Un trabajo por objetivos, que persiga el cumplimiento de una serie de metas e hitos establecidos por encima del “tener que estar en el puesto un tiempo definido” tradicional, es una filosofía que ya aplican numerosas empresas, demostrando un enfoque muy maduro al confiar en la responsabilidad y el compromiso del empleado. 

Igualmente, la paulatina desaparición de las jerarquías recargadas de las organizaciones, y el “achatamiento” de las estructuras de cuadros de mandos, es otro rasgo de la empresa de este siglo. Frente a los complejos entramados de cargos de antes, ahora los equipos de trabajo más eficaces funcionan como redes, donde cada nodo o trabajador tiene sus tareas asignadas, su autonomía para llevarlas a cabo, y una cierta capacidad de toma de decisiones, sin tener que consultar a su superior cada pequeño paso que se da.  

La catástrofe sanitaria que estamos sufriendo estas semanas nos va a demostrar en qué medida estamos preparados para trabajar de otra forma. Para trabajar en la sociedad digital en red de nuestra era. 
 
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