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domingo, 20 de septiembre de 2015

La incertidumbre de China: bienvenidos al capitalismo



La transición en las últimas décadas de la economía china desde el intervencionismo absoluto del modelo maoísta hasta una economía abierta de mercado ha sido espectacular. En paralelo, el Producto Interior Bruto del país se ha multiplicado por 20 desde 1978 y hoy representa un 15% del valor de la producción mundial.

Este proceso ha llevado a China a ocupar una posición hegemónica entre los actores que presiden la vida económica del planeta. Para el mundo desarrollado como un competidor imbatible en precios en los mercados internacionales de productos industriales; para las naciones emergentes como un importador masivo de materias primas y un socio inversor. De esta forma, el nuevo siglo amanecía con una nueva partida en la que una pieza ponía en jaque al tradicional papel de occidente como productor de manufacturas e inyectaba savia en los procesos de desarrollo de las naciones emergentes, no sólo de sus compañeras del acróstico BRIC -Brasil, Rusia e India-, sino de muchos otros países de América Latina y África.  

Pero esas tasas de crecimiento anual de dos dígitos que han acompañado la muda a la piel capitalista del dragón se han ralentizado. Las alarmas han saltado al considerar la posibilidad de que el gigante asiático puede entrar en estancamiento o recesión, que estás caídas de los mercados de valores y las devaluaciones de moneda recientemente sufridas, no sean turbulencias pasajeras sino el síntoma de que el modelo de crecimiento está agotado.

Los estornudos de la economía china tienen en vilo a medio mundo. Rusia confiaba en su vecina para paliar las necesidades financieras derivadas de  la caída de los precios del petróleo y de las sanciones comerciales impuestas por las naciones occidentales. Otros como Venezuela, Nigeria y Ucrania contaban con las inversiones y préstamos chinos y Brasil ha visto seriamente reducidas sus exportaciones de minerales y soja en grano al frenarse la demanda del país asiático. Parece a todas luces una reacción en cadena.

¿Cuál es el problema que afecta a la economía china, un motor de crecimiento que hace unos años parecía imparable? En un acertado artículo, Ángel Ubide del Peterson Institute for International Economics (China en su laberinto) afirma que es precisamente ése: lo anormal de haber gozado de un desarrollo tan colosal en las últimas décadas. Y podríamos añadir, y tan sostenido, sin los vaivenes que experimentan normalmente las economías de mercado.

En los apenas cuatro decenios que han pasado desde la muerte de Mao, China ha evolucionado de ser un país básicamente rural a uno mucho más urbanizado, ha introducido el mercado en una economía estatalmente intervenida y se ha abierto de par en par al comercio exterior. Un tiempo récord para tanto esfuerzo.

La especialización en la producción de manufacturas destinadas a la exportación ha basado su competitividad internacional en los bajos salarios del obrero industrial, gracias al excedente de mano de obra rural. Pero ese excedente, dado el vertiginoso nivel de urbanización, se acaba, y los salarios presionan al alza destruyendo la ventaja competitiva china en el exterior.

Por otro lado, desde la tribuna de Harvard Business Review, David Simchi-Levi (You Can´t Understand China´s Slowdown Without Understanding Supply Chains) añade como problema el cambio de tendencia que aparentemente se aprecia en el mundo, en el que las cadenas de producción industrial, que hace veinticinco años se trasladaron de los países industrializados a los países en desarrollo, están volviendo a los primeros. El primer mundo se está reindustrializando, dentro del fenómeno que se  ha denominado “near-shoring” o lo que es lo mismo, la práctica de producir cerca del consumidor. ¿Se acabarán los tiempos de los productos con el rótulo “Made in China” o "Made in taiwan”?

En palabras del articulista “el mundo está en plena transformación, con empresas que se mueven de una estrategia industrial global, cuyo foco está en los países de bajos costes, hacia una estrategia más regional, en la que China es para China, los Estados Unidos (o México y Latinoamérica) son para las Américas, y Europa del este es para los mercados europeos” [“the world is in the middle of a transformation, with companies moving from a global manufacturing strategy, whose focus is on low-cost countries, to a more regional strategy, where China is for China, the United States (or Mexico and Latin America) is for the Americas, and Eastern Europe is for European markets.”].

Varias son las razones que justifican este cambio de estrategia industrial que implica repatriar las unidades de producción:

Los precios del petróleo. La deslocalización de la producción de los años 90 tuvo lugar en un periodo de precios bajos del combustible, pero éstos se han triplicado en la última década encareciendo los costes logísticos. Ahora vuelven a estar bajos, pero la producción de gas barato en EE.UU mediante fracking puede hacer más rentable el producir en ese país que hacerlo en China y traerlo de allá.

Costes laborales. En los últimos años los costes laborales en China se han incrementado en un 20%, frente al 3% de EE.UU. y el 5% de México.

Automatización. La revolución tecnológica conlleva la automatización de las plantas productivas incidiendo muy positivamente en la productividad. La industria de este siglo ya no necesita grandes cantidades de mano de obra barata sin cualificar, sino una cantidad reducida de trabajadores técnicamente  muy cualificados.

Riesgo. Una cadena de producción desperdigada por el mundo y presente en países social o políticamente inseguros, o sin legislación en torno a la seguridad o la protección medioambiental,  expone demasiado a la empresa y supone un factor de vulnerabilidad. El reciente desastre ocurrido en el almacén de Tianjin es un buen ejemplo de ello.

Retornando al primer artículo citado, Ángel Ubide plantea como retos para el buen funcionamiento de la economía china una serie de transformaciones de fondo del país:

  • Transición de la industria a una economía de servicios
  • De una política de inversión a una de estímulo del consumo
  • De la dependencia de la demanda exterior a fortalecer la demanda doméstica
  • De un tejido empresarial mayormente estatal a uno basado en capital privado
  • Reducir el elevado endeudamiento
  • Gestionar el exceso de capacidad del mercado inmobiliario
  • Reorganizar el caos fiscal en las regiones

Se trata de medidas quizá algo obvias para el economista occidental, pero que parten de un análisis que no tiene tan claro el Gobierno chino por su falta de experiencia en la economía de mercado. La gloriosa transición se acabó: bienvenidos al capitalismo con sus problemas.

lunes, 8 de septiembre de 2014

La economía en el limbo: calma sin viento en las velas

A nadie se le escapa a estas alturas que esta crisis en la que nos vemos inmersos desde 2007 no es un fenómeno coyuntural y que está transformando los cimientos del mundo que heredamos del -en la distancia ordenado comparado con estos tiempos-, siglo XX.

En las crisis cíclicas a las que estábamos acostumbrados ya hace un puñado de años que hubiésemos empezado a ver los brotes verdes en la forma de crecimiento de los agregados de la producción y del empleo. Pero siete años después, las economías afectadas, pues recordemos que la crisis solamente ha afectado a una parte del orbe, combinan signos positivos titubeantes con señales que nos llevan desde el desconcierto al miedo.

En la región europea, y tras grandes avisos por parte de los expertos, la autoridad monetaria ha comprendido por fin que el peligro no está en un repunte de la inflación –bendito sea, si fuese fruto de una vigorosa reactivación de las macromagnitudes-, sino en el estancamiento prolongado y la deflación, ese fantasma que hasta hace bien poco parecía estar relegado al universo de la leyenda urbana. Como decía Paul Krugman en un reciente artículo:
“Europa, que está en peor situación económica que durante la década de 1930, se encuentra sin lugar a dudas atrapada en un torbellino deflacionario, y es bueno saber que el BCE es consciente de ello. Pero puede que la revelación haya llegado demasiado tarde. No está nada claro que las medidas que hay ahora sobre el tapete sean lo bastante contundentes para invertir el sentido de esa espiral deflacionaria.”
Antaño, el escenario económico que manejábamos solamente tenía dos posiciones: o la recesión destructora de empleo y de actividad comercial, o el crecimiento firme. Ahora nos encontramos con una tercera situación, un limbo en donde la crisis como tal parece superada pero en el que el motor económico no acaba de arrancar. No se destruye empleo, pero tampoco se crea en grandes volúmenes. El PIB evoluciona positivamente, pero creciendo tímidamente, como con apatía.

Desde la orilla europea miramos con envidia al vecino atlántico de enfrente, viendo cómo allí parecen solucionar nuestra mayor preocupación, que es el desempleo desbordado. Pero lo cierto es que los analistas norteamericanos también están preocupados y desconcertados por una situación a todas luces anómala.

El número de julio de The Economist expresa esta inquietud en el artículo Jobs are not enough, argumentando que, aunque la evolución positiva del mercado laboral en EE.UU. está acercando a la economía nacional al pleno empleo (en junio la tasa de paro bajo hasta el 6,1%, la más baja de los últimos seis años), el Producto Interior Bruto cayó un 2,9% en su tasa anual en el primer trimestre. Parece una contradicción que una recuperación de la tasa de ocupación tan relevante no vaya asociada a un potente crecimiento de la economía.

El artículo reconoce que la actividad económica a corto plazo depende en gran medida de los vaivenes de la demanda y que ésta ha sufrido una severa contracción en los últimos años, tanto por la parte de las familias como por la del Estado. Pero también afirma que a medio y largo plazo la capacidad nacional para crecer se basa en la cantidad y la calidad de la mano de obra, siendo esta última medida en términos de la productividad del trabajo.

Pues bien, teniendo en cuenta que la producción nacional (numerador) ha disminuido y que la masa de trabajadores ocupados ha aumentado (denominador), llegamos a la conclusión de que la productividad laboral ha caído significativamente. En teoría este factor hipoteca el crecimiento futuro del país.

La recuperación de las cifras positivas del mercado de trabajo en EE.UU. se achaca en el artículo a factores estructurales, en principio no asociados a la mejora de la producción (que no se ha producido), como la jubilación de los primeros baby boomers o a que los jóvenes amplíen su periodo formativo retrasando su entrada al mundo laboral. Además se ha restringido la entrada de mano de obra inmigrante al país. Son elementos que reducen la oferta de mano de obra.

Las expectativas del crecimiento anual de la mano de obra entre 2010 y 2030 son del 0,3%, menos de un tercio de las tasa de las dos décadas anteriores.

Claramente, todos estos indicios de situaciones anómalas, según los cánones que manejábamos, presentan un cambio estructural en marcha, la aparición de un nuevo orden mundial que todavía no acertamos a vislumbrar, pero cuyos rasgos desconcertantes ya estamos sufriendo.

domingo, 27 de abril de 2014

¿Es la innovación en TIC económicamente neutra?


¿Aporta la innovación a la producción y el nivel de bienestar económico de un país? La respuesta automática que sale de nuestra boca es “por supuesto”, pero el tema no está tan claro como parece a simple vista.

El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz reflexionaba sobre este tema hace algún tiempo en un artículo de periódico. A su modo de ver, no existe ningún indicio de que el frenético ritmo de innovación que experimenta Silicon Valley tenga un efecto real sobre el PIB estadounidense.

Una posible explicación estaría relacionada con el efecto retardo estudiado por otro Nobel, Robert Solow, de la inversión en TIC sobre la productividad económica en EE.UU. El país comienza a invertir de forma intensiva en TIC a partir de la década de los ochenta; sin embargo, los efectos sobre la productividad y sobre el Producto Interior Bruto no comienzan a hacerse sentir hasta mediados de los noventa. En 1987 Solow afirmó: “se percibe la era de los ordenadores en todas partes excepto en la productividad”. La explicación a este lapso es que las inversiones realizadas necesitaron un largo periodo de maduración para que se produjese el cambio cultural hasta alcanzar el funcionamiento interno de las empresas e impregnase al conjunto de la economía y de la sociedad.

Pero Stiglitz considera otras explicaciones alternativas al posible efecto retrasado. A lo mejor, afirma, el PIB no captura todo el efecto de la innovación sobre los estándares de vida y también puede ser que la revolución de las TIC no sea tan trascendental, desde el punto de vista económico, como sus protagonistas afirman.

Al igual que el PIB no refleja, por ejemplo, los costes sociales que se derivan de la innovación, como la inseguridad laboral y pérdida de empleos entre los trabajadores de un sector determinado, puede que tampoco refleje la mejora del bienestar que trae consigo.

Joseph Stiglitz llega a plantear que si todos los esfuerzos innovadores que se han dedicado a la mejora del marketing y las ventas en la red se hubiesen empleado en investigación básica, probablemente los efectos a largo plazo sobre el bienestar económico del país hubiesen sido mucho mayores.

Guillaume Poli, CEO de Edmond de Rothschild, también comparte la preocupación de Stiglitz, aunque a su juicio el problema reside en saber medir el efecto de la innovación en la economía, y por qué no, la misma innovación en sí.

Para Poli es un error medir la innovación científica y tecnológica en función del gasto realizado pues a su juicio no existe una relación directa entre el dinero invertido e innovación, dado que ésta depende más de factores relacionados con cómo se organiza la investigación. Otro indicador que desestima es el de las patentes registradas porque considera que muchas de las mismas hacen referencia a procesos o productos de escasa relevancia.

Guillaume Poli reconoce la enorme dificultad para medir el efecto de la innovación sobre el crecimiento, más aún cuando un proceso disruptivo tiene como consecuencias colaterales negativas, como la pérdida de empleos o el cierre de empresas que no saben o no pueden adaptarse a los nuevos escenarios que emergen.

Concluye que la innovación es impredecible y que nunca sabremos por dónde aparecerá, tan solo podemos obtener “pistas”, de las que pone varios ejemplos en distintas ramas, como la electrónica de circuitos, las comunicaciones, los materiales o la biología.

domingo, 6 de abril de 2014

Alumnos innovadores: los sistemas educativos que sí funcionan


Dentro del espectro de experiencias innovadoras en el campo de la educación, el articulista de la revista TIME Rana Foroohar ha identificado una en un centro de secundaria de la ciudad de Chicago que merece la pena analizar con detenimiento. Se trata del instituto Sarah E. Goode, cuyos alumnos son denominados innovadores y  reciben una formación intensiva en habilidades STEM, las siglas en inglés de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (Science, Technology, Engineering and Mathematics).

Todos los informes realizados en torno a los niveles educativos de EE.UU. y Europa parecen detectar carencias en el alumnado en este tipo de competencias, que por otro lado, se supone que son o serán las más demandadas por la economía del siglo XXI.

Los alumnos del Sarah E. Goode (que es el nombre de la primera mujer afroamericana en registrar una patente en 1885) cursan dos años más de estudios que los de los otros centros del país para obtener el graduado de secundaria. Pero los seis años en total les cualifican para recibir una diplomatura que supera el mero título de  estudios secundarios.

Pero hay algo más, el promotor de esta iniciativa no es otro que IBM, que aparte de establecer el currículum académico en materias STEM, ofrece oportunidades de trabajo remuneradas en la propia empresa. De alguna forma, el gigante de la informática ha creado un vivero de futuros empleados en este instituto de Chicago y en los otros siete que tiene entre esta ciudad y Nueva York.

El programa en cuestión se denomina Pathways in Technology, o P-Tech, y su primera promoción se graduará en 2018. Se considera muy positiva la colaboración del mundo de la empresa en el diseño y ejecución de los planes de estudio, a pesar de que tradicionalmente la educación asociada a sectores de actividad económica era considerada de baja calidad.

A pesar de lo atractivo del modelo, no deja de ser inquietante que sea una empresa la que determine qué deben estudiar los alumnos. Indudablemente, el desempleo juvenil es un problema de primera magnitud pero estas experiencias educativas orientadas al mercado de trabajo no dejan de sugerir que en vez de ciudadanos estamos formando mano de obra.

Curiosamente, el modelo P-Tech puede presentar otra derivada. Una determinada área geográfica en la que ha sido aplicado puede resultar más atractiva para el capital productivo al disponer allí de fuerza de trabajo altamente cualificada. Este modelo se convierte entonces en un atractor de la inversión empresarial o factor de desarrollo local.

Aparte del énfasis en las materias STEM, el currículo de este modelo educativo también incide en  las denominadas “soft skills” (habilidades blandas), como la capacidad para trabajar en equipo, la expresión oral y la presentación, el saber venderse o el liderazgo, entre muchas otras.

En resumen, los defensores del modelo resumen en tres sus factores de éxito: 1. Los alumnos permanecen dos años más en el centro formándose, 2. Los empleadores intervienen en la elaboración del currículo, y 3. Existe la recompensa de un empleo tras la graduación.

viernes, 3 de enero de 2014

Desengañaos, ni Google Glass ni la impresión en 3D cambiarán el mundo


Atentos los heraldos que anunciáis las bondades de la nueva economía, véase la economía digital, porque hay en la actualidad una corriente de pensamiento pesimista y aguafiestas que puede bajaros los humos. Vosotros defendéis que vivimos inmersos en un proceso superacelerado de innovación tecnológica que a medio plazo no puede traer más que crecimiento económico y bienestar. Pero hay quien piensa que el carácter poco trascendente de la innovación actual impedirá el despegue de un nuevo modelo productivo, como los que conocieron épocas pasadas.

El profesor Robert J. Gordon de la Northwestern University es uno de los defensores de esta visión desesperanzadora. Ha expuesto sus teorías en artículos, como Why Innovation Won´t Save Us (The Wall Street Journal), en documentos públicos de trabajo, Is U.S. Economic Growth Over? del National Bureau of Economic Research, y hasta en un libro, The American Standard of Living Since the Civil War (Princeton University Press).

Su tesis es tan simple como contundente: a pesar de la aparentemente elevada tasa de innovación que estamos experimentando en la actualidad, ésta no va a producir un nuevo modelo de crecimiento económico que dure décadas y décadas. A su juicio, los actuales productos de la innovación no implican ya grandes transformaciones económicas y productivas. Los efectos de la revolución digital ya han tenido lugar y los hemos dejado atrás.

Gordon razona que el modelo económico de crecimiento que conoció el siglo XX se gestó en torno a inventos y descubrimientos que tienen lugar entre 1875 y 1900. Se trata de aportaciones como la bómbilla eléctrica (1879) y el generador eléctrico (1882) de Edison o el primer motor de combustión interna de Karl Benz (1879), por citar unos pocos.

La revolución que trajeron consigo estos ingenios es espectacular y marca una diferencia abismal entre la vida en el siglo XIX y en el XX: luz eléctrica en las calles y en las casas, agua corriente en los hogares, nuevos tipos de transporte (automóvil, avión), mejora cualitativa de los sistemas de transporte existentes, automatización en las fábricas...

Tras la Segunda Guerra Mundial se produce otro salto importante en las sociedades avanzadas cuando muchos de los desarrollos tecnológicos realizados con fines bélicos se trasladan al sector civil: el motor a reacción, la energía nuclear o los materiales sintéticos, entre otros. Es un modelo que dura de 1945 hasta principios de la década de los setenta, cuando empieza a mostrar síntomas de agotamiento.

A juicio de Robert Gordon la revolución digital comienza en los años setenta, cuando los ordenadores comienzan a sustituir a la fuerza de trabajo humana y permiten que la economía (el hace referencia a EE.UU.) mantenga la tasa media de crecimiento del 2% como en todo el resto anterior del siglo.

Ya en los 60 la informática comienza a entrar en el sistema financiero y en los 70 las máquinas de escribir electrónicas con memoria permiten reducir el número de oficinistas; en los 80 llega el ordenador personal con el procesador de textos y la hoja de cálculo simplificando sobremanera el trabajo administrativo. Finalmente, en los 90 llega la era de Internet y aparecen empresas/productos/conceptos como Amazon (1994), Google (1998) y Wikipedia (2001).

Pero en opinión del profesor Gordon, desde 2002 toda la innovación no se ha orientado hacia las transformaciones sociales o económicas, sino hacia la miniaturización de los dispositivos, y pone el ejemplo del iPhone, que combina funciones de teléfono móvil y de ordenador portátil anteriores a 2002 en un cacharro enano.

Independientemente de que el autor exponga argumentos que pueden ser discutibles, hay que reconocer que su teoría es interesante. A veces cuando nos cuentan las excelencias de fenómenos como el wearable computing, las gafas de Google o la impresión en 3D, tenemos la impresión de que nos están describiendo juguetes para techies pijos, pero no tecnologías con capacidad de tirar de un sistema productivo. Pero claro, a ver quién es el valiente que se atreve a decir el primero que el emperador va en pelotas...

Robert Gordon prevé objeciones a su teoría, como que sí que se produce innovación de calado en el sector del cuidado de la salud. Por ejemplo, descubrimientos relacionados con el genoma humano. Pero afirma que a menudo esas técnicas no llegan a nada y fracasan antes de convertirse en un producto o tratamiento.

En el caso de la industria farmacéutica, cada vez es menor el retorno de la inversión de desarrollar nuevos medicamentos: el coste es muy elevado y el número de beneficiarios reducido. Si hablamos del cáncer, por ejemplo, por el amplio espectro de enfermedades distintas bajo el mismo paraguas con necesidades de tratamientos completamente diferentes.

También se argumentan los éxitos recientes con nuevas técnicas de prospección y extracción de petróleo y gas. En este caso Gordon no ve una fuente de crecimiento económico futuro sino la “suavización” del declive del modelo anterior. Durante décadas las economías desarrolladas han cargado con importantes sobrecostes en el consumo de combustibles fósiles y estas técnicas solamente vienen a abaratar algo sumamente gravoso, que en cualquier caso deberá ser sustituido como fuente principal de energía a medio plazo.

Las cifras que expone parecen confirmar sus ideas. Analizando las tasas de crecimiento de la productividad del trabajo de EE.UU. en distintos intervalos de tiempo seleccionados, comprobamos que el periodo 1891-1972 presenta una media del 2,33%, el de 1972 a 1996 1,38%, el de la época del despegue de Internet 1996-2004 un 2,46%, pero el de los años recientes 2004-2012 apenas 1,33%.

Resumiendo, el profesor Gordon nos sitúa en una época de allanamiento tecnológico, en el que se produce innovación, pero no de suficiente calidad como para poner en marcha un nuevo modelo de crecimiento productivo.


jueves, 14 de noviembre de 2013

El culto al crecimiento: capitalismo para el pobre y socialismo para el rico

El discurso político y económico actual parece el dogma de una de esas cutres sectas de culto alienígena: no os preocupéis de todas las tribulaciones por la que estáis pasando porque los extraterrestres bajarán a
rescataros… a pesar de que por ahora no haya ni rastro de ellos.

Es una comparación brillante que establece Umair Haque en el blog de Harvard Business Review, preguntándose si realmente está fallando el capitalismo, a juzgar por cómo está cayendo en picado el nivel de vida de las personas (él habla de la situación en Estados Unidos, pero gran parte de Europa no está mucho mejor), o si “alguien” nos está tomando el pelo y nos está vendiendo explicaciones igual de inconsistentes que las basadas en conspiraciones alienígenas.

El artículo enumera las nefastas consecuencias que emergen de la política económica actual, que aunque referidas a los EE.UU.,  son igual o peores en nuestro continente:

  • Una clase media que desaparece después de una década perdida.
  • Una generación igualmente perdida en la juventud.
  • Las rentas medias llevan dos décadas estancadas.
  • Después de una crisis brutal, la economía parece recuperarse, pero el 1% más rico de la sociedad se hace con el 95% de las ganancias.
  • Miles de personas se enfrentan al desempleo y la pobreza.
  • La movilidad social está bajo mínimos y descendiendo.
  • Incluso la esperanza de vida al nacer está bajando.

Según Haque, esto no es absoluto un régimen capitalista, sino una mezcla tóxica de un capitalismo brutal y darwinista (en términos de selección natural) y de socialismo para los ricos, que no hacen más que recibir rescates, exenciones fiscales, subsidios y privilegios. ¿Nos suena verdad? Aquí también hemos sacrificado los sistemas de redistribución de la renta, que garantizan la protección de los más desfavorecidos, para salvar a un sistema financiero corrupto e ineficiente. Y todo para que encima se rían en nuestra cara…

El sistema actual lo define Umair Haque como “Crecimientismo” (Growthism), un dogma de fe que postula que el crecimiento se debe defender a toda costa, por encima de cualquier otro principio, por el bien de las sociedades. Perseguir el  crecimiento justifica cualquier cosa: la supresión de derechos sociales que se suponían inalienables, espionaje masivo, atacar objetivos indiscriminadamente con drones (aviones no tripulados), ejércitos y fuerzas de seguridad privadas… Todo lo que antes hubiéramos considerado fascista y antidemocrático.

Ha supuesto, en Estados Unidos y Europa, renunciar a los principios de progreso y bienestar social que nos han guiado desde 1945, y que con todos los fallos, supusieron una palanca que impulsó la igualdad de oportunidades y también la bonanza económica, al generar un consumo de masas que estimulaba la demanda de productos de cada vez mayor valor añadido.

El Crecimientismo es opuesto a los derechos humanos y políticos porque le suponen obstáculos para lograr sus fines; es por tanto antidemocrático. Pero como es un credo indiscutible merece que las libertades y los principios de la Revolución Francesa sean sacrificados en la hoguera. Sin embargo, el crecimiento no es un fin en sí mismo sino un medio para alcanzar la prosperidad que no es otra cosa que unos estándares de vida lo más elevados posible para la mayor parte de la población. En palabras del autor:

“A good education; transport; energy; healthcare; community; food; all these and more are the foundations of real prosperity. Real prosperity isn’t a supergadget in every pocket...while educational attainment, income, wealth, community, opportunity, and life expectancy are dropping, while insecurity, loneliness, poverty, and inequality are skyrocketing”.

“Una Buena educación; transporte; energía; un sistema sanitario; comunidad; alimentación; todo esto y más es el fundamento de la verdadera prosperidad. La verdadera prosperidad no es un superdispositivo en cada bolsillo… cuando los logros educativos, la renta, la riqueza, el espíritu comunitario, las oportunidades y la esperanza de vida están cayendo, mientras la inseguridad, la soledad, la pobreza y la desigualdad se disparan”.

El culto al crecimiento es igual de falso que la alquimia: el oro que creemos obtener sigue siendo plomo. Como en los cultos alienígenas, los extraterrestres nunca llegan para salvarnos, siempre hay alguna excusa para ello, y el engaño persiste porque se basa en la fe indiscutible.

¿Lograremos salir de esta caverna?

jueves, 17 de octubre de 2013

La desigualdad destruye el capitalismo

No son pocos los indicios que parecen indicar que esta recesión conlleva un aumento brutal de la desigualdad en nuestras sociedades. Todo se ha hecho tan bien, tan elegantemente, que no nos damos cuenta que en la práctica lo que se ha hecho es salvar a un sistema financiero víctima de su propia irresponsabilidad y de sus prácticas fraudulentas, a costa de los derechos adquiridos por los ciudadanos con siglos de lucha social.

En resumen, no vas a tener una asistencia sanitaria decente, ni una pensión aceptable cuando te jubiles, aunque lleves décadas pagando impuestos y las cotizaciones a la Seguridad Social, porque tu dinero se ha destinado a salvar los intereses de los accionistas de los bancos.

En un artículo publicado en septiembre, Paul Krugman reflexionaba sobre los plutócratas de EE.UU., magnates cuyas empresas han sido salvadas a costa del esfuerzo de todos, que encima se ofenden cuando se les pide que contribuyan, a través de la fiscalidad, a equilibrar, si quiera un poco, la desprotección de las clases más desfavorecidas.

Los ejemplos que ofrece Krugman son estremecedores del grado de egoísmo,  superioridad social y desprecio por los valores colectivos que manifiestan estos directivos, verdaderas hienas a todas luces.

American International Group (AIG) es una gestora de seguros que aprovechó vacíos legales para colocar deuda antes de la crisis ante la que no podía responder. Dado su tamaño, el Gobierno estadounidense tuvo que rescatarla para evitar un cataclismo del sistema financiero. Pues bien, intervenida como está por la Administración, AIG sigue pagando primas astronómicas a sus ejecutivos y, ante la indignación social que esto ha causado, Robert Benmosche, su consejero delegado, ha comparado la crítica de los ciudadanos y medios con los linchamientos en el sur de los EE.UU.

Otro ejemplo: el presidente de Blackstone Group, Stephen Schwarzman, considera una declaración de guerra (lo compara con la invasión nazi a Polonia en 1939) el que el Gobierno elimine la laguna legal que permite que los ejecutivos de la empresa solamente paguen el 15% de impuestos por gran parte de sus elevados ingresos.

El problema no es sólo que se acentúe la desigualdad en EE.UU. y Europa, lo realmente preocupante es que se justifique como algo lógico e inevitable. Las políticas económicas que se aplicaron en el mundo desarrollado desde 1945 contribuyeron a redistribuir la renta en los países (a través de los sistemas de protección social y del fortalecimiento de conceptos como la educación universal) y a empoderar, desde el punto de vista económico y político, a una creciente clase media.

El proceso actual tiende a destruir a esa clase media, como subraya Antón Costas en su artículo Que no nos digas que fue un sueño. A su juicio el aumento de la desigualdad es el problema más serio y peligroso al que nos enfrentamos en la actualidad.

Aparte de las connotaciones morales, la desigualdad es perniciosa para los sistemas económicos e incluso para el funcionamiento del propio capitalismo:

  1. La desigualdad convierte en volátiles e inestables las economías de mercado al reducir la capacidad de consumo de amplias clases sociales.
  2. Polariza la sociedad por clases sociales y por distintas expectativas de futuro dando lugar al malestar y a los conflictos sociales.
  3. Es una amenaza para la democracia al ser caldo de cultivo de movimientos populistas y totalitarios, que siempre movilizan con más fuerza cuanta más indignación hay. ¿No hemos aprendido la lección de la Alemania de los años 30?
  4. Finalmente, y esto entronca con el artículo de Krugman, afirma Costas que la desigualdad destruye la moral colectiva y los sentimientos éticos que garantizan el buen funcionamiento de una economía de mercado. Los ricos se sienten superiores al resto y adoptan la estrategia del todo vale, que evidentemente se filtra al resto de la sociedad.
¿Realmente queremos volver al capitalismo salvaje de la primera Revolución Industrial?

miércoles, 9 de enero de 2013

La desigualdad está aquí para quedarse

Es ampliamente reconocido por todo tipo de organismos y estudios que la crisis actual, el cambio de paradigma socioeconómico más bien, está ampliando la desigualdad en la distribución de la renta entre los colectivos más acomodados y los más desposeídos. El argumento de la inexorabilidad de los recortes de la presencia del Estado en la economía (a través de los recortes en las partidas presupuestarias) para salir adelante, aunque es inconsistente y falso tanto dentro de la lógica económica como de la lógica sin más, ha cuajado como la única solución posible al desastre que vivimos. Enhorabuena al pensamiento extremo liberal por haber conseguido intoxicar la opinión colectiva con tanto éxito en tan poco tiempo.

Desde el blog de Harvard Business Review, el economista del Banco Mundial Branko Milanovic reflexionaba a principios de este mes sobre las posibilidades que presenta de revertirse el proceso actual de incremento de la desigualdad en las sociedades, especialmente en las de Europa y EE.UU. Sus conclusiones no eran muy optimistas, la verdad, básicamente porque en el momento actual cualquier política tendente a equilibrar la renta entre los distintos colectivos a su juicio recibirá (por lo menos en Estados Unidos) muy poco apoyo de la población, a pesar de que ésta se vea lacerada por el desempleo y la falta de ingresos.

Su artículo Why Income Inequality Is here To Stay parte de las teorías de dos pensadores que se han ocupado en su obra de la desigualdad: el filósofo John Rawls y el economista John Roemer.

Rawls considera que aunque formalmente no existe ninguna barrera que discrimine a determinadas personas o colectivos, el nacimiento de una persona, es decir su entorno, condiciona en gran medida sus posibilidades de progresar en la vida. En otras palabras, no todo el mundo arranca de la misma posición de partida y aquellos que dispongan de una riqueza heredada o de una educación privilegiada llegarán más lejos que los que no.

Por su parte Roemer en su libro Equality of Opportunity (1998) defiende que la renta percibida tendría que estar asociada al esfuerzo de la persona y a ningún otro factor que distorsione la distribución a favor o en contra de cada individuo. De esta forma, la renta no estaría asociada a la productividad de cada uno sino a su esfuerzo, pues Roemer considera que la productividad de cada persona está condicionada por su entorno (riqueza familiar, educación de calidad…).

Ahora bien, el problema es en qué se traducen las teorías de Rawls y de Roemer al convertirlas en política económica.

La búsqueda de la igualdad social en Rawls implica:

  • Aumento de la progresividad impositiva.
  • Aumento de la imposición sobre las herencias (sucesiones y donaciones).
  • Asegurar la igualdad en el acceso a la educación de la mejor calidad (impulsar la inversión en la enseñanza pública).

Y las medidas de Roemer supondrían:

  • Igualar las rentas entre distintos grupos sociales, aunque permitiendo la variación dentro de cada grupo.
  • Limitar los salarios más altos.
  • Tipos impositivos marginales muy altos.
  • Inversión elevada en el sistema público de educación (Milanovic sugiere incluso la nacionalización de centros educativos de élite – ahí se ha pasado).

El autor del artículo afirma que para el caso de Estados Unidos estas medidas no tendrían el apoyo de la población, aunque por desgracia no desarrolla demasiado esta última parte.

Pero, ¿qué pasa con España? ¿No resultan atractivas la mayor parte de estas medidas, teniendo en cuenta que algunas ya se están tomando pero para favorecer a la banca? Estamos sufriendo todo tipo de subidas de impuestos cuya única finalidad es ayudar a un sector mal gestionado y corrupto. ¿Por qué no exigir a los que más tienen que sean solidarios y que contribuyan en la medida de su renta y patrimonio, gravando más las rentas altas, las sucesiones y el patrimonio (en vez del consumo) y no poner un límite a los salarios más altos?

Le estamos quitando recursos a una educación y una sanidad, que por mucho que digan han sido sostenibles durante décadas, para “salvar” a unos bancos que encima van a dejar a miles de personas sin trabajo. ¿A qué estamos jugando?

sábado, 8 de septiembre de 2012

LOCALNOMICS: el patio de mi casa es particular

La globalización parecía un camino sin retorno. Desde hace décadas se nos ha intentado convencer de que la eliminación de las fronteras y la deslocalización de las cadenas de valor de las empresas eran tendencias irreversibles e imparables. Parecía lógico pensar que cualquier gran compañía de EE.UU. o Europa enviaría sus unidades de producción a países como China e India aprovechando la ventaja de unos costes laborales irrisorios comparados con los de casa. El terreno de la competición era el mundo en su totalidad y los contrincantes se multiplicaban en la medida en que las naciones emergentes se convertían en plataformas de exportación de bienes y servicios muy competitivos en costes.

Todo parece indicar que ese determinismo globalizador que orientaba nuestra evolución quizá era ilusorio y que el mundo vuelve reposar en gran media sobre lo local, el patio de casa, del que a lo mejor no llegamos a salir nunca del todo. Es lo que se conoce por localnomics. Por lo menos esto postulaba este verano Rana Foroohar en un artículo de la revista TIME, que llevaba el curioso título “Go Glocal”. Aunque el análisis se realiza desde la perspectiva de la economía los Estados Unidos entiendo que puede aportar reflexiones aplicables a nosotros, los pobres europeos.

Las crisis mundiales tradicionalmente has supuesto un retorno al proteccionismo y a la desconfianza mutua entre naciones, en algunos casos con desenlaces trágicos como las guerras mundiales (eso sí lo consiguió la globalización en el siglo XX, el que las guerras tuviesen lugar a escala planetaria). La que nos azota no es una excepción, pues a la vista está el grado de deterioro y fragmentación de las relaciones entre países, con especial incidencia en la Unión Europea, antaño un feliz grupo de compañeros de viaje. Foroohar pone varios ejemplos de la vuelta al proteccionismo, como la renacionalización de YPF en Argentina, la aplicación de controles a la circulación de capital en diversos países, la subida de aranceles en economías como la china, la turca, la japonesa o la estadounidense... En sus palabras:

“Esto supone centrarse más en los ecosistemas económicos regionales y en impulsar la creación de empleo en casa en lugar de depender de los mercados globales para salir adelante”.

El artículo identifica cinco grandes reglas que regirán la localnomics (juego de palabras que conjuga los términos economía y local) por oposición a la globalización descontrolada.

1. Los banqueros locales lo saben mejor. Después de estallar la gran crisis, el sector financiero mundial no va a quedar igual que antes. La experiencia obliga a autoridades de ambos lados del Atlántico a controlar más de cerca los movimientos y operaciones financieras que antaño fluían con entera libertad, y que han desembocado en el desastre económico en el que nos vemos sumergidos. Al contrario de los que ocurre en Europa en donde se tiende a la fusión bancaria en macroentidades transnacionales, Rana Foroohar piensa que en EE.UU. la reforma del sector puede derivarse en la fragmentación de los grandes bancos en otros más pequeños. Al estar más cerca del terreno y más alejados de las finanzas globales, estas entidades conocerán mejor a sus clientes locales, mitigarán por tanto el riesgo, y se dedicarán a inyectar financiación a la pequeña y mediana empresa regional.

2. Las manufacturas importan. A medida que la economía financiera entra en declive, cobra más relevancia como pilar del crecimiento la producción de bienes, es decir, la industria. De hecho, se está empezando a hablar de una nueva revolución industrial dado que el sector productivo se convierte progresivamente en la locomotora de la economía.

3. Trabajadores altamente tecnológicos en las cadenas de producción. Con cierta sorna, el autor afirma que  la forma de competir en coste con los productos procedentes de China es introducir mano de obra todavía más barata: robots. Sobre este particular expone el ejemplo de la fábrica de Illinois de la empresa Caterpillar, que vende vehículos para la construcción, en donde los trabajos poco cualificados y rutinarios de la cadena de producción son realizados por autómatas que son manejados por trabajadores humanos con cualificación tecnológica. La plantilla no se ha reducido por culpa de las máquinas, pero ha aumentado sustancialmente su grado de cualificación. Boston Consulting Group estima que en cinco años volverán a EE.UU. del orden de tres millones de empleos industriales, que en su día partieron hacia naciones emergentes. Sin embargo, esta demanda será de trabajadores muy cualificados especialmente en aspectos relacionados con las TIC.

4. Lo cercano es más rápido y lo rápido es bueno. Aparte de la repatriación a Estados Unidos de eslabones de la cadena de valor de las empresas, éstas están descubriendo el valor de situarse cerca de sus mercados locales en el país. La proximidad a sus clientes establece la posibilidad de conocerles mejor y atender mejor sus necesidades, además de poder garantizar el suministro just-in-time. La tendencia de llevar las líneas de producción allá donde resulte más barato ya no es generalizada. Han surgido muchos inconvenientes a la práctica de producir fuera: la subida de los costes de la energía y por ende del transporte, la inseguridad política en algunas naciones, las catástrofes naturales... En fin, que no todo son ventajas.

5. Los líderes locales deben defender sus intereses. Cuando China, el gran paradigma de la nueva economía, demuestra ser un mercado muy cerrado al producto exterior y en el que el gobierno favorece abiertamente a la empresa local frente a la extranjera, nos damos cuenta de la gran estafa que es esto de la globalización. Si a eso le sumamos que su competitividad en costes reposa sobre mano de obra semiesclava, entonces es mejor que hablemos de otra cosa. El autor del artículo invita a las ciudades de EE.UU. a que se conviertan en las defensoras e impulsoras de su propio desarrollo, estableciendo el clima y los incentivos adecuados para atraer la inversión productiva y el empleo.

En la filosofía localnomics la batalla económica y comercial se libra desde el término municipal, ya no desde los estados.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Para salir de la crisis hay que abrazar la complejidad


Parece que Rubalcaba, aunque tarde, ha comprendido la ecuación de la renta y la demanda, véase, que si el consumo y la inversión privada están estancados la única variable que queda para estimular la economía es el gasto público, que agrupa el gasto corriente y la inversión de las Administraciones Públicas (del sector exterior mejor ni hablamos). El problema es que Mariano Rajoy no lo tiene tan claro aún y ha presentado un programa económico en la línea ideológica y operativa que el aplicado por Ronald Reagan en la década de los 80 en EE.UU., posteriormente reconocido como un error por los propios miembros del Partido Republicano. La doctrina Reagan básicamente postula que el Estado es el origen de todos los males de la economía y que las medidas adecuadas para estimular el crecimiento son el bajar los impuestos y el reducir programas gubernamentales,  como los seguros sociales en el caso de EE.UU. (en nuestro caso podríamos hablar de la educación, la sanidad o el transporte público), amen de liberalizar más los mercados y privatizar todos los servicios públicos posibles.

En un artículo de la revista TIME, “Why America Must Revive Its Middle Class” Jeffrey Sachs, reflexiona sobre cómo esa política aplicada en los dorados ochenta es parte del origen de los problemas que sufre actualmente la economía productiva estadounidense. Partiendo del hecho del deterioro de la clase media americana, que está llevando a una polarización de la sociedad entre los muy ricos y los muy pobres, Sachs defiende que la ceguera de las autoridades durante las décadas pasadas ha impedido identificar las variables que rigen el nuevo mundo emergente: la globalización y la emergencia de nuevas potencias como China, India o Brasil. La feroz competencia internacional de productos manufacturados ha machacado literalmente al trabajador industrial de baja cualificación, la base de la antaño boyante clase media, que ahora contempla como las empresas de su país siguen ganando buenos beneficios, pero produciendo en el exterior, en países en donde la actividad productiva conlleva importante ahorros de costes. Este fenómeno se ha producido sobre todo en sectores como el textil y el del  automóvil, y en principio no afecta tanto a ramas intensivas en mano de obra altamente cualificada.

Jeffrey Sachs culpa a los gobiernos republicanos de la década de los ochenta de no haber entendido que el crecimiento y bienestar de las décadas previas tenía su origen en las políticas públicas de inversión y gasto, que parten de la New Deal de Roosevelt en los años treinta,  la generación de una robusta economía mixta – pública y privada-, que contribuyó sobremanera a cerrar la brecha de ingresos entre ricos y pobres, y que fortaleció a la clase media norteamericana. La retirada paulatina del apoyo estatal a la población durante los veinte años siguientes, sumado a la burbuja inmobiliaria y del crédito personal que han tenido lugar en el país recientemente, más la falta de competitividad internacional de los sectores manufactureros tradicionales (intensivos en mano de obra y por consiguiente causantes de importantes cifras de desempleo al perder fuerza), han dejado una clase media empobrecida y endeudada.

El error de los republicanos es creer que las empresas americanas invierten en el exterior por gozar allí de una imposición más baja, cuando la verdadera razón es la descompensación entre los altos salarios pagados en EE.UU.  y la cualificación del trabajador, algo que no ocurre en Suecia o Alemania, por poner dos ejemplos. En palabras de Sachs “somos, por decirlo llanamente, sencillamente poco competitivos en numerosos sectores industriales”. La solución para el articulista pasa por realizar inversiones públicas a largo plazo en educación, infraestructuras y capital humano; no basta con programas de estímulo puntuales. En vez de defender la bajada de impuestos para los más ricos, el país debe iniciar un debate sobre cómo cimentar la competitividad futura: “los americanos podrán mantener sus altos niveles de vida solamente si abrazan y gestionan las complejidades de una economía globalizada y tecnológicamente avanzada.”

Parece que el presidente Obama comprendió recientemente este particular, cuando ha empezado a abogar por aumentar la inversión pública,  y ha dejado de pensar en que ésta era otra crisis pasajera coyuntural y no un cambio radical del paradigma geoeconómico mundial. Muchos de los males de EE.UU. son comunes a España, pero ¿lograremos que nuestros políticos abandonen la visión pueblerina y cortoplacista? Miedo me da.
 
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