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lunes, 7 de mayo de 2018

Los ecos de 2001 (y V): nuestros hermanos mayores del cosmos

Para celebrar los 50 años de la película de Stanley Kubrick 2001: una odisea del espacio me gustaría analizar a través de una serie de artículos algunos conceptos y elementos del film y su vigencia o relación con este mundo de la primera mitad del siglo XXI. En concreto, temas como las visiones de entonces del futuro tecnológico, el desarrollo de la inteligencia artificial y su relación con el ser humano, el transhumanismo o la búsqueda de vida extraterrestre.

A pesar de sus aires filosóficos, 2001 es una película de extraterrestres. El eje central de la acción describe la intervención en la evolución humana de inteligencias superiores, desde la prehistoria hasta el salto evolutivo que protagoniza el astronauta Bowman en la última secuencia del film.

No obstante, se trata de una película de extraterrestres atípica, pues es una película de extraterrestres sin extraterrestres. En efecto, no aparece ningún ser de otro mundo en todo el metraje y solamente hacen patente su presencia las inteligencias superiores a través del monolito negro, que es el verdadero protagonista del guion.

El director Stanley Kubrick le explicó al escritor Joseph Gelmis en una entrevista realizada en 1969 el porqué de esta ausencia de iconografía alienígena. El equipo de rodaje debatió largo y tendido sobre cómo presentar a los extraterrestres de una forma absolutamente rompedora y alucinante, pero al final se llegó a la conclusión de que «no se puede imaginar lo inimaginable». Deciden por tanto representar la inteligencia de otros mundos desde un punto de vista simbólico y artístico, un monolito negro, que en palabras de Kubrick «tiene en sí mismo algo de arquetipo jungiano y a la vez es un ejemplo muy fiel de ‘arte minimalista’».

De alguna forma, los entes superiores extraterrestres son un equivalente a dioses. El mismo Kubrick dijo en 1968: «Diría que el concepto de Dios está en el corazón de 2001, pero no cualquier imagen tradicional antropomórfica de Dios». No es extraño que una civilización tecnológica “actualice” el culto religioso tradicional tiñéndolo de tecnología. No son pocas las personas que sustituyen la fe en los dogmas de las religiones por la creencia en seres galácticos que nos visitan con asiduidad y que interfieren en nuestras vidas.

Pero dejando de lado las seudoreligiones basadas en extraterrestres, lo cierto es que la ciencia lleva desde el siglo pasado realizando esfuerzos serios por encontrar y comunicarse con seres de otros mundos. El proyecto SETI (Search for ExtraTerrestrial Intelligence) comenzó en la década de los setenta analizando señales de radio procedentes del cosmos buscando inteligencia y enviando a su vez mensajes que puedan ser descifrados e interpretados por civilizaciones avanzadas (que por lo menos hayan llegado a dominar la radioastronomía).

Por otro lado, tanto las sondas Pioneer 10 y 11 como las Voyager 1 y 2 albergan mensajes sobre la Tierra por si algún día son encontradas por seres extraterrestres inteligentes. Las dos primeras llevan una placa con grabados sobre el aspecto del hombre y de la mujer y la posición del planeta Tierra en el Sistema Solar, mientras que las Voyager contienen un disco con música y sonidos de nuestro planeta.

Uno de los campos más activos en la actualidad en la búsqueda de vida fuera de la Tierra es identificar y analizar exoplanetas, es decir, planetas que giran en torno a otras estrellas. En concreto, se trata de estudiar grandes cantidades de estrellas para desentrañar si cerca de ellas orbitan planetas con características parecidas a las de la Tierra. En este sentido, recientemente se ha puesto en órbita el satélite TESS (Transiting Exoplanet Survey Satellite) cuya misión consiste en analizar más de 500.000 estrellas durante los próximos dos años con el objeto de identificar posibles cambios de la luz procedente de estos astros, que puedan implicar que un planeta ha cruzado entre la estrella y la Tierra.

¿Llegaremos algún día a conocer a nuestros hermanos mayores del cosmos?

lunes, 23 de abril de 2018

Los ecos de 2001 (III): el muñeco de madera que creía ser un niño o los límites de la inteligencia artificial

Para celebrar los 50 años de la película de Stanley Kubrick 2001: una odisea del espacio me gustaría analizar a través de una serie de artículos algunos conceptos y elementos del film y su vigencia o relación con este mundo de la primera mitad del siglo XXI. En concreto, temas como las visiones de entonces del futuro tecnológico, el desarrollo de la inteligencia artificial y su relación con el ser humano, el transhumanismo o la búsqueda de vida extraterrestre.

En 1968 Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke imaginaron cómo podría llegar a ser la inteligencia artificial en el siglo XXI. Su vaticinio adquiere la forma del ordenador HAL 9000 en la película 2001, una máquina que dirige la misión Discovery en su viaje hacia Júpiter y que muestra rasgos excesivamente humanos, como comentábamos en la entrega anterior de esta serie de artículos.

La novela que resultó del guion ya muestra el entonces revolucionario concepto de máquinas que aprenden, lo que hoy conocemos como aprendizaje automático o machine learning. También se intuye otro elemento de rabiosa actualidad tecnológica en nuestra época, como son las redes neuronales artificiales, pues la inteligencia de HAL está dispuesta en distintas capas superpuestas de circuitos.

La humanización de HAL 9000 en el guion le hace desarrollar una especie de sentimiento de orgullo y soberbia, sabiéndose superior en inteligencia a los humanos que le acompañan en el viaje (“es un hecho inalterable que soy incapaz de equivocarme”, afirma en una escena). El no poder aceptar que su diagnóstico de una avería en la nave Discovery es erróneo le llevará en última instancia a asesinar a los humanos de la tripulación, hasta que el astronauta Bowman consigue apagarle, lo que simbólicamente es equivalente a matarle.

El guion de Stanley Kubrick parte de la idea de que la inteligencia artificial muy avanzada acabará por desarrollar emociones, como le contaba el realizador a Joseph Gelmis en una entrevista realizada en 1969 y publicada en el libro The Film Director as Superstar (1970):

«La idea de ordenadores neuróticos no es rara – la mayoría de los más avanzados teóricos informáticos piensa que una vez que tienes un ordenador que es más inteligente que el ser humano y capaz de aprender de la experiencia, es inevitable que desarrolle el equivalente a un espectro de reacciones emocionales – miedo, amor, odio, envidia, etc. Una máquina así podría acabar por ser tan incomprensible como un ser humano y podía, por supuesto, sufrir una crisis nerviosa — como le pasa a HAL en el film».

No obstante, esta personificación de HAL que hace Kubrick sigue quedando, incluso hoy en día, en el campo de la ciencia ficción. Lo más que podemos llegar a hacer con un sistema de inteligencia artificial es enseñarle a simular características humanas, como la empatía, pero de ahí a que realmente “sienta” hay un abismo insalvable. La novela de Arthur C. Clarke da una explicación mucho más realista sobre el comportamiento de HAL 9000: solamente respondía a una programación que los astronautas desconocían y, cuando la conducta de éstos choca con las directrices que le han introducido, les asesina para no incumplir las órdenes recibidas.

Existe un intenso debate actualmente sobre los límites de la inteligencia artificial. Frente a la visión de la ciencia ficción clásica sobre máquinas que llegarán a dominar el mundo, son numerosos los expertos que plantean que un ordenador siempre necesitará el apoyo humano para ofrecer resultados óptimos.

El profesor de psicología cognitiva de la Universidad de Nueva York Gary Marcus afirma que el aprendizaje profundo de los ordenadores llegará a enfrentarse a un muro que resultará insalvable, detrás del cual habrá problemas que el reconocimiento de patrones no podrá resolver. Marcus define con rasgos negativos la forma de aprender de la inteligencia artificial: para él resulta avariciosa, frágil, opaca y superficial. Avariciosa, porque demanda ingentes cantidades de datos para aprender; frágil, porque cuando se prueba en escenarios distintos de los ejemplos utilizados en su entrenamiento, generalmente se colapsa; opaca, porque acaba convirtiéndose en una caja negra que no sabemos cómo elabora sus diagnósticos; y finalmente, superficial, porque no posee sentido común sobre el mundo o la psicología humana.

Por su parte, el profesor Michael Scriven de la Universidad de Berkeley ya negó hace mucho que un robot pudiese equipararse al ser humano. Para él, no son más que máquinas que hacen lo que les decimos. A primera vista, realizan las tareas igual que los humanos y pueden simular nuestro comportamiento, pero una mirada de cerca nos revela que los humanos tenemos consciencia, mientras que los ordenadores no son más que objetos inanimados. Aunque un algoritmo de inteligencia artificial pueda hacer exactamente lo que hace una persona, nunca se le puede tachar de consciente. Jamás hará nada creativo o imprevisible, solamente arrojará el producto de su programación, una vez que haya sido alimentado con datos.

Por lo tanto, nunca llegaremos a ver máquinas susceptibles y orgullosas como HAL 9000, que, como Pinocho, no son más que muñecos de madera que se creen que son un niño.

martes, 17 de abril de 2018

Los ecos de 2001 (II): humanos automáticos y máquinas demasiado humanas

Para celebrar los 50 años de la película de Stanley Kubrick 2001: una odisea del espacio me gustaría analizar a través de una serie de artículos algunos conceptos y elementos del film y su vigencia o relación con este mundo de la primera mitad del siglo XXI. En concreto, temas como las visiones de entonces del futuro tecnológico, el desarrollo de la inteligencia artificial y su relación con el ser humano, el transhumanismo o la búsqueda de vida extraterrestre.

Uno de los personajes 2001 con mayor número de frases en el guion – aunque hay solamente cuarenta minutos de diálogos de un total de dos horas y diecinueve minutos de metraje- no es humano. Se trata del superordenador HAL 9000, que se encarga de llevar la nave espacial Discovery hasta más allá de Júpiter con una tripulación de varios astronautas en estado de animación suspendida y dos despiertos de guardia, Dave Bowman y Frank Poole. La misión va en busca de un misterioso monolito supuestamente creado por una civilización de origen extraterrestre.

HAL, cuyo nombre es el resultado de la contraer las palabras heurístico y algorítmico, los dos principales sistemas de enseñanza (y no las letras que preceden en el abecedario a las siglas IBM, como dijo algún crítico de la época), es la visión que tuvieron el director Stanley Kubrick y el coautor del guion Arthur C. Clarke de lo que podría llegar a ser la inteligencia artificial en el entonces futuro, el comienzo del siglo XXI. La película anticipó elementos como el aprendizaje automático o las redes neuronales, algo en lo que se basa la inteligencia artificial más avanzada que estamos desarrollando hoy en día.

Uno de los rasgos más notables de HAL es su personificación, es decir, cómo ha sido diseñado para emular el modo de relacionarse de una persona con otros interlocutores humanos, simulando incluso empatía por los demás. Por ejemplo, en una escena de la película le llega a decir al astronauta Bowman: “puedo deducir por el tono de tu voz que estás disgustado, Dave.  ¿Por qué no te tomas una píldora relajante y descansas un poco?” Exactamente como una persona se preocupa por otra.

Su voz igualmente intenta reproducir el tono cálido del habla humana. En uno de los borradores primitivos del guion HAL tenía una voz femenina y en vez de HAL se llamaba Athena, pero finalmente Kubrick y Clarke desestimaron la idea porque de esa manera la relación de la máquina con los astronautas podría adquirir matices eróticos no deseados.

Un fenómeno curioso en la relación entre hombre y máquina es lo que el crítico de cine Alexander Walker denominó inversión de los roles, que hace alusión a que los astronautas Poole y Bowman se comportan de manera mecánica en el film —siguen los protocolos establecidos y aplican el entrenamiento recibido de forma fría y desapasionada—, mientras que HAL se muestra demasiado humano, al desarrollar algo parecido a emociones y una especie de soberbia, que le lleva en última instancia a acabar con casi toda la tripulación de la nave.

De alguna forma supone una metáfora de cómo nos enfrentamos a la tecnología hoy en día. Por un lado, desarrollamos algoritmos de inteligencia artificial intentando en muchos casos que se parezcan lo más posible a un ser humano en sus diálogos y reacciones. Un buen ejemplo de ello son los modernos robots conversacionales, que poco a poco se introducen entre las relaciones de las empresas con sus clientes, o los asistentes personales, como Siri de Apple, Google Assistant, Cortana de Microsoft o Alexa y Echo de Amazon. El objeto de estos programas es que aprendan cómo somos de sus relaciones con nosotros e intenten parecerse cada vez más a un ser humano.

Y en el extremo opuesto, en muchos aspectos el uso de la tecnología deshumaniza a las personas. A pesar de que las redes sociales tienden a amplificar la vida social, algo que destaca la reciente publicación Sociedad Digital en España 2017, también consiguen aislarnos detrás de las pantallas y sustituir en gran medida las relaciones físicas personales por otras digitales.

Este fenómeno también lleva a que se produzcan linchamientos públicos en redes sociales como Twitter, en donde las masas de cibernautas iracundos sin rastro de empatía atacan con fiereza a personajes públicos -y a otros que no lo son tanto-, sin intentar comprender sus motivaciones o informarse adecuadamente de la naturaleza de los hechos por los que se les juzga. ¿Y qué decir de la costumbre de grabar con el teléfono móvil en situaciones de accidentes, atentados o catástrofes naturales? ¿Acaso no se muestran poco humanos aquellos que registran el dolor y el sufrimiento ajenos, en vez de intentar ayudar o sencillamente paralizarse de horror? Ha ocurrido en numerosos atentados de los sufridos en los últimos tiempos, aunque el caso más reciente es un accidente, el del telesilla desbocado de una estación de esquí Georgia, en el que algunos testigos se dedicaban a grabar en vídeo cómo la estructura lanzaba con violencia a los esquiadores, en vez de intentar socorrerlos.

¿Estaremos transmitiendo nuestra naturaleza humana a las máquinas que construimos?

lunes, 9 de abril de 2018

Los ecos de 2001 (I): el futuro que no pudo ser

Para celebrar los 50 años de la película de Stanley Kubrick 2001: una odisea del espacio me gustaría analizar a través de una serie de artículos algunos conceptos y elementos del film y su vigencia o relación con este mundo de la primera mitad del siglo XXI. En concreto, temas como las visiones de entonces del futuro tecnológico, el desarrollo de la inteligencia artificial y su relación con el ser humano, el transhumanismo o la búsqueda de vida extraterrestre.

El 4 de abril de 1968 tuvo lugar el estreno de 2001: una odisea del espacio, una epopeya ideada por el escritor británico Arthur C. Clarke y el realizador Stanley Kubrick, que recrea una historia alternativa de la humanidad, desde el origen de nuestra especie hasta que esta lleva a cabo un salto evolutivo propiciado por inteligencias extraterrestres superiores, derivando en una suerte de “niño del cosmos”

La cinta constituye uno de los títulos clásicos del cine de ciencia ficción de todos los tiempos y sus imágenes y banda sonora original pasaron a formar parte de la iconografía popular del siglo XX.

Dividida en tres bloques, el primero cuenta cómo un artefacto de origen extraterrestre, un estilizado monolito, instruye a los primeros homínidos en el manejo de las herramientas, en concreto un hueso, mientras que el segundo y el tercero nos trasladan al año 2001 y relatan, respectivamente, el descubrimiento de otro objeto similar en la Luna y un viaje espacial a Júpiter a la búsqueda de establecer contacto con otras civilizaciones del cosmos.

Aparte de la calidad formal de 2001, en su época supuso una verdadera revolución en el campo de los efectos especiales, especialmente en la recreación de los primates semihumanos de la primera parte y también en cómo se retratan los vuelos espaciales, considerando detalles como la ingravidez o la ausencia de referencias “terrestres”, como “arriba” y “abajo”. Y es que el optimismo tecnológico de Clarke y Kubrick les llevó a vaticinar un principio de siglo XXI en el que los humanos viajábamos en vuelos regulares a nuestro satélite, o a inmensas estaciones espaciales, y en el que podíamos enviar misiones tripuladas a los planetas exteriores del sistema solar.

Ciertamente, aquel mundo de la década de los sesenta veía inevitable el que tuviera lugar un gran salto adelante en la tecnología aeroespacial que en treinta años trajese todas esas maravillas que cuenta la película. A fin de cuentas, al año siguiente del estreno de la película, Armstrong y Aldrin pisaban la Luna fruto del reto político lanzado por el presidente Kennedy en 1962, que tenía el objetivo de adelantar a los soviéticos en la carrera espacial. Y, sin embargo, todo ese impulso conquistador se desinfló como un globo a mediados de la década siguiente.

La Unión Soviética perdió el interés por nuestro satélite una vez que Estados Unidos plantó allí su bandera, por lo que la carrera espacial, por lo menos en ese apartado, se desaceleró. La crisis económica de los setenta, los recortes presupuestarios de los ochenta y el cambio de orientación de la NASA, apostando por misiones no tripuladas e intentando abaratar costes (Viking, Voyager..), cambiaron por completo la perspectiva de la conquista del espacio que se tenía en los sesenta.

Hoy, en 2018, en vez de la majestuosa estación espacial con forma de rueda que muestra Kubrick en el film, tenemos la ISS, un conjunto de estrechos e incómodos módulos solamente aptos para ser habitados por astronautas profesionales; en la Luna no solamente no tenemos bases estables, sino que no hemos vuelto a pisarla desde 1972; y en lo tocante a misiones tripuladas a otros planetas del sistema solar, todavía no tenemos claro en qué año podríamos llegar a Marte, el más cercano a nosotros.

Es bien cierto que otros vaticinios que realiza 2001, como la videoconferencia o la inteligencia artificial -los ordenadores capaces de aprender por su cuenta-, sí que sean cumplido en nuestra época, pero en general, cuando vemos de nuevo la película, nos asalta una sensación de decepción por un futuro que no se cumplió. La empresa de capital riesgo Founders Fund lo expresó muy gráficamente en un manifiesto, con la frase “queríamos coches voladores y en vez de eso nos dieron 140 caracteres”, en referencia al límite de texto que admite la red Twitter en sus posts.

A pesar de que actualmente vivimos una revolución de la tecnología digital, hay quien piensa que el ritmo de innovación de los últimos tiempos se ha ralentizado. Hace unos años un artículo The Economist, Innovation pessimism: Has the ideas machine broken down?, planteaba el siguiente razonamiento: si entramos en una cocina de principios del siglo XX y luego en otra de, pongamos, 1965, nos encontramos ante dos realidades radicalmente distintas. Pero si comparamos la de 1965 con una actual, nos damos cuenta que, quitando algún aparato más que otro y los displays digitales, básicamente tienen la misma forma y funcionan de la misma manera. Los autores defendían que de alguna forma la innovación en el mundo actual se ha estancado. Sea o no verdad, aquellos niños de los años setenta que fuimos seguirán soñando con los maravillosos cruceros espaciales y las bases en la Luna que nos describió Stanley Kubrick en ese mundo futuro que no fue. Ese futuro que no pudo ser.

martes, 13 de marzo de 2018

Frankenstein como reflexión para la ciencia y la tecnología actuales

El 1 de enero de 2018 se cumplió el bicentenario de la publicación de Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, una de las grandes novelas góticas del siglo XIX y un icono clásico del género de la ciencia ficción. El libro tiene su origen en una reunión que celebraron la autora y su marido, el poeta Percy Bysshe Shelley, con el amigo de ambos Lord Byron, en la Villa Diodati, su residencia en Suiza. Lo que empezó como un juego o un reto entre amigos -a ver quién compone la mejor novela de terror- desembocó en uno de los mejores relatos de la literatura fantástica de todos los tiempos.

Frankenstein, aparte de sus virtudes literarias, constituyen una seria reflexión sobre los límites de la ciencia y del desarrollo científico.  La trama es harto conocida: un científico, Victor Frankenstein, construye un ser humano con partes de cadáveres y consigue insuflarle vida. El ser creado tiene un aspecto monstruoso y es rechazado por las personas con las que coincide, por lo que desarrolla un odio hacia el ser humano en general y hacia su creador en particular. De esta forma, se dedica a perseguir a Victor Frankenstein y a asesinar a sus seres queridos.

Para conmemorar los 200 años de la obra y como una forma de reivindicar su vigencia actual, la Universidad Estatal de Arizona ha lanzado una edición de la novela anotada para científicos, ingenieros y creadores de todo tipo. El volumen reproduce el texto completo de Shelley con comentarios de científicos y personal académico de distintos centros de enseñanza superior, que puntualizan o reflexionan sobre distintos aspectos. Adicionalmente, los responsables de la edición han incluido una serie de ensayos en los que varios expertos realizan aproximaciones a la obra que arrojan conclusiones relevantes sobre la investigación y el desarrollo científico y tecnológico. Conviene detenerse un poco en estos textos.

La investigadora Josephine Johnston centra su aportación a la obra en la responsabilidad que debe asumir el científico y el tecnólogo, algo que a su juicio Victor Frankenstein desatiende. Se trata de una responsabilidad ante la sociedad, por los efectos que puede tener tu creación científica, y también una responsabilidad ante lo creado, en este caso, ante el monstruo. Ambos aspectos son extraordinariamente actuales, el segundo en concreto en relación con los avances de la biotecnología y de la inteligencia artificial como áreas “creadoras”

Por otra parte, la escritora de ciencia ficción Cory Doctorow en su ensayo titulado He creado un monstruo (y tú también puedes hacerlo) saca de la obra la conclusión de que, aunque los avances tecnológicos suelen ser el resultado de las decisiones individuales, el cómo se utilizan se convierte en una decisión colectiva. Pone de ejemplo Facebook, fruto de una decisión individual de su creador, pero cuya popularidad procede del uso masivo en todo el mundo, de la decisión colectiva de utilizar esa y no otras redes sociales precedentes que fracasaron.

Jane Maienschein y Kate Maccord se preguntan sobre si la criatura de Frankenstein es o no un ser humano, o lo que es lo mismo, por qué es considerado como un monstruo en la novela. Para ellas, lo monstruoso del ser no es su apariencia física, por desagradable que pueda ser, ni sus actos violentos, generados por el rechazo social, sino el hecho de que no ha experimentado un proceso de desarrollo para ser como es, que, a juicio de las autoras, es lo que define la naturaleza humana.

La cuestión sobre si Victor Frankenstein es un científico o un alquimista centra la reflexión del profesor de filosofía Alfred Nordmann. A modo de ver, el proceder del creador del monstruo está más próximo a la magia y la superstición que a la ciencia moderna. El científico estudia la naturaleza de forma objetiva y desapasionada, mientras que Victor acomete su trabajo investigador con “una ansiedad que casi se convierte en agonía”.

El texto de Elizabeth Bear Frankenstein Reframed or the Problem with Prometheus estudia los que ella identifica como fallos en la personalidad de Victor Frankenstein, que llevan al desencadenamiento de la tragedia en la historia: la falta de empatía y el narcisismo, esto último muy asociado al pensamiento científico de la Ilustración (lo humano por encima de cualquier otra cosa).

Anne K. Mellor de la Universidad de California se aproxima a la obra de Shelley desde el punto de vista del género. ¿Habría cambiado algo la relación con su creación si Frankenstein hubiese sido mujer en vez de hombre? ¿Crear un ser vivo sin madre no es alterar las leyes básicas de la naturaleza? ¿Qué implicaciones morales y éticas debería tener en consideración la genética moderna y la biotecnología?

Finalmente, Heather Douglas de la Universidad de Waterloo compara la novela Frankenstein con el desarrollo de la bomba atómica. Según su teoría, existe una dulzura técnica en la investigación científica cuando aparece la solución a un problema y todas las piezas encajan. Lo peligroso es que, como en el caso del proyecto Manhattan, la satisfacción que produce el haber salvado un obstáculo importante y haber alcanzado el objetivo último de la investigación, impide que los científicos tengan la perspectiva suficiente para darse cuenta de que probablemente acabar el proyecto no era deseable, ya sea dar vida al monstruo de Frankenstein o el desarrollo de un arma nuclear.

jueves, 8 de mayo de 2014

Por qué enseñar filosofía a los fontaneros


Todos en mayor medida hemos asumido y aceptado el discurso que rige en la actualidad sobre la necesidad de una formación para la empleabilidad, sobre lo imprescindible de enseñar a manejar tecnología a los más jóvenes, o sobre la importancia de impulsar las vocaciones denominadas STEM, es decir, las relativas a las ciencias, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas.

También damos por sentado que en este “sálvese quien pueda” de mundo que nos ha tocado vivir las humanidades son absolutamente prescindibles en la formación y la cultura de un habitante del siglo XXI. Pues bien, el profesor de filosofía Scott Samuelson rebate estos argumentos en un artículo de The Atlantic, que lleva el sugerente título de Why I Teach Plato to Plumbers o Por qué enseño Platón a los fontaneros.

Su tesis básica es que este discurso de la formación útil y de la educación para la empleabilidad en las empresas tiene un trasfondo marcadamente clasista. Las clases altas siempre han gozado, y lo hacen todavía, de una educación humanística que suele combinar, especialmente en las universidades de Estados Unidos, la especialización profesional con una amplia cultura intelectual, en literatura, historia, filosofía, etc.

Samuelson argumenta que este barniz intelectual que reciben las clases pudientes de la sociedad tiene su explicación en tres factores:
  1. Porque pega con el modelo de ocio de los privilegiados el disfrutar de aquellos bienes elevados de la raza humana: leer a Aristóteles, escuchar sinfonías de Beethoven, viajar por Italia visitando obras de arte…
  2. Porque son personas destinadas a liderar en la política y la economía por derecho de nacimiento y necesitan saber pensar por sí mismos (algo que proporciona una cultura elevada), mientras que a las clases inferiores se las educa a enfrentarse a diversas situaciones previstas.
  3. Por último, porque siempre está el impulso elitista de abrazar la cultura para diferenciarse de las clases inferiores incultas y previsibles.
Mientras que los ricos proporcionan a sus retoños una educación completa intelectualmente impartida en centros escolares y universidades de lujo, que incluyen sin excepción los distintos campos del saber, elaboran un discurso que defiende la educación para las masas para enfrentarse a un mundo global, es decir, la manida cháchara de la empleabilidad, que no busca formar a personas sino a fuerza de trabajo.

Recortan cuanto pueden los recursos de la educación pública porque a fin de cuentas las clases bajas solamente necesitan formación para convertirse en factor de producción.

Y nos recuerda Samuelson, a través de una cita de Henry David Thoreau, el concepto que tenían los romanos de la educación:
“Parece que hemos olvidado que la expresión `una educación liberal´ significaba originalmente para los romanos aquella que merecían los hombres libres; mientras que el aprender sobre negocios y profesiones, que únicamente sirve para ganarse la vida, era considerado como algo solamente destinado a los esclavos.”
¿Estamos creando esclavos para el gran capital con la excusa de la globalización y la crisis?

jueves, 7 de abril de 2011

Superávit cognitivo


El 25 de abril vuelve a Madrid el profesor Clay Shirky para hablar de su nuevo libro “Cognitive Surplus” (Superávit cognitivo), una obra que sigue la estela de las anteriores que ha publicado en el análisis de los efectos de las redes en las vidas de las personas y en la forma de operar de las organizaciones.

Shirky, que estuvo ya en Fundación Telefónica en diciembre de 2009 (su conferencia completa se puede ver aquí) para hablar de su publicación anterior “Here Comes Everybody”, es profesor adjunto en la Universidad de Nueva York en el programa de Telecomunicaciones Interactivas y colaborador habitual de   conocidos medios como Wired o The New York Times.

En este caso, Clay Shirky ha centrado su tesis sobre lo que el denomina “superávit cognitivo”, según la cual en la actualidad gran parte del tiempo que dedicaban los estadounidenses a formas de ocio pasivo, como ver la televisión, están siendo redirigidas hacia el desarrollo de actividades creativas en Internet, como participar en  Facebook y Twitter, escribir en blogs o editar y subir fotografías y vídeos a sitios como Flickr y YouTube. La paradoja del fenómeno es que este tipo de acciones no persiguen ningún fin lucrativo, que no deja de ser una motivación esencial del ser humano, sino que se llevan a cabo porque sí, por el puro placer de realizarlas.

El modelo de sociedad altamente tecnificado que emergió tras la Segunda Guerra Mundial en EE.UU. y que posteriormente fue extendiéndose al resto de países industrializados dotó al trabajador de una cantidad de tiempo libre muy superior a la de cualquier época anterior. El auge de la televisión en las décadas de los años cincuenta y sesenta estableció una forma de ocio pasiva que, a juicio de Shirky, llevó a malgastar ese superávit de tiempo que recibieron las personas. Sin embargo, algo está cambiando: cada vez en mayor medida la gente va dejando de lado la televisión para dedicarse a Internet, volcando el “superávit cognitivo” tanto en actividades más o menos frívolas, como en compartir y crear conocimiento o en participar en causas relacionadas con el activismo político y/o social. El autor expone el siguiente ejemplo cuantitativo: todos los artículos, comentarios y labores de edición que conlleva en la actualidad la Wikipedia han supuesto alrededor de 100 millones de horas de trabajo humano, que aunque parece mucho no lo es tanto si se compara con el número de horas que pasan anualmente los estadounidenses frente a la televisión, 200 billones de horas.

Y lo mejor de todo este fenómeno es que la gente hace cosas en la red porque son interesantes, sin buscar en general una contraprestación monetaria, por lo menos inmediata, y porque implican relacionarse con otras personas, muchísimas más de las que un ser humano normal puede gestionar de forma física pero que son fácilmente manejables en el entorno digital.

Los grados de participación en la red los expuso Josh Bernoff, autor del libro “Groundswell”, en la ponencia que este mismo año ofreció en Fundación Telefónica (que también se puede ver completa aquí), que el ordena en los siguientes perfiles:

- Joiners
  • Mantienen perfiles en redes sociales
  • Visitan páginas en redes sociales

- Collectors
  • Utilizan agregadores RSS
  • Añaden etiquetas (tags) a sitios web y fotos
  • Votan on line por webs

- Critics
  • Postean valoraciones de bienes y servicios
  • Comentan en los blogs ajenos
  • Participan en foros
  • Aportan o editan artículos en wikis

- Conversationalists
  • Postean regularmente en Twitter
  • Mantienen actualizadas sus páginas en redes sociales

- Creators
  • Tienen su propio blog
  • Publican en sus propias páginas web
  • Suben vídeos creados por ellos
  • Suben música/audio creado por ellos
  • Escriben artículos o historias y las postean


miércoles, 9 de marzo de 2011

Letras en el Sáhara: de la red al desierto

Además de herramienta para el ocio y de un medio para posicionar una marca corporativa, Internet también puede ser un instrumento de movilización y difusión de causas solidarias, como ha demostrado la acción on line Letras en el Sáhara, una iniciativa que como dicen sus creadores “nace el la red y desemboca en el desierto”, y que tiene como objetivo apoyar la labor del proyecto Bubisher, que persigue poner en funcionamiento un bibliobús para los campamentos de refugiados saharauis. Se trata en suma de llevar la cultura a un pueblo olvidado en el desierto por la política internacional.

#letrasenelsahara, que es el hashtag de esta acción en Twitter, ha sido impulsado por Javier Sanz (@jsanz) y Pablo Castañón (@psandez), que han movilizado y difundido Bubisher por distintas redes sociales y blogs, invitando a los internautas a sumarse a viralizar la acción. Fruto de ello son las noches de micropoesía que vienen celebrando en Twitter bajo el citado hashtag, que han desembocado en una publicación en papel con el mismo título, “Letras en el Sáhara”.

Este libro es el resultado de la aportación de poemas (ya de más de 140 caracteres) y de obra gráfica por parte de la gente tuitera y cuesta siete euros, seis para cubrir la edición del ejemplar y uno como donativo al proyecto solidario. Los promotores, Javier y Pablo, han aportado la idea, el trabajo, la financiación y, lo que es más importante, la ilusión para sacar adelante este trabajo. Además han tenido la amabilidad de regalar un ejemplar a cada uno de los autores que han participado en el volumen.

“Letras en el Sáhara” se puede adquirir vía Internet desde el post correspondiente en el blog Historias de la Historia.

lunes, 28 de diciembre de 2009

The Sound of Music

Hace diez años me hice un amigo en el trabajo que era un fanático de la música, como yo, y empezamos a intercambiar CDs, a tostarnos recíprocamente nuestras respectivas colecciones y, una vez que no quedaba nada más que tostar, a abducir colecciones ajenas de amigos y conocidos. El resultado: en mi caso, una pared del salón llena de CDs de arriba a abajo, y en el suyo, creo que llegó a colocar estanterías para discos por todo el pasillo. Yo personalmente ya no reescucho prácticamente ninguno; él no sé porque llevo años sin verle.

En aquellos años de finales de los 90 ya se veía el potencial de la red, y a mí me daba por pensar: ¿qué pasaría si existiese un inmenso juke-box on line, en Internet, con toda la música que puedas querer escuchar en cada momento, y que ya no hiciese falta nunca más el soporte físico, ni acumular trastos?

Pues parece que por ahí van los tiros. Después de todo no soy tan mal profeta y me pueden dar el carnet de gurú. Actualmente, existen ya servicios que te permiten disfrutar de la música on line, es decir, reproducirla en tu PC o en el iPhone, sin "poseerla" físicamente, a través de streaming (se va descargando a medida que la escuchas, como los vídeos de Youtube). Yo estoy utilizando Spotify, en su versión gratuita, y estoy encantado.

Es todo legal - Spotify ha cerrado acuerdos con las distintas discográficas-, y tiene es un modelo de negocio freemium  (sí, otro palabro 2.0), que quiere decir que combina opciones de consumo gratuitas con otras de pago, es decir, que además de lo que le da al usuario tacaño (me incluyo), ofrece más prestaciones. En el caso de Spotify, el pagar te exime de escuchar publicidad entre canción y canción, y además de permite escuchar piezas sin tener que estar conectado a Internet, entre otras prebendas.

Por lo que a mí respecta, voy a convertir mi arsenal de CDs en una colorista colección de posavasos.




viernes, 18 de diciembre de 2009

El dios abandona a Antonio

En su columna del diario Expansión de ayer jueves, Enrique Dans habla sobre ese tema tan de moda que es la pérdida de negocio de la industria discográfica. y la cruzada de los defensores de los derechos de autor contra el denominado pirateo a través de Internet. A su modo de ver, punto de vista con el que coincido plenamente, los cambios tecnológicos han puesto fin al modelo tradicional de negocio de la industria musical -basado en la venta de canciones en soporte físico (vinilo, CD)-, y urge encontrar distintas fuentes de ingresos acordes con los medios actuales, que rentabilicen el trabajo de los artistas.

Sin embargo, lejos de estudiar vías alternativas de adaptación al nuevo entorno, las productoras discográficas y el lobby que constituye la SGAE, presionan al Gobierno para que persiga a los internautas, algo que además de injusto, es técnicamente, dado el tamaño de Internet, bastante complejo, si no imposible.

Todo proceso de reconversión industrial es doloroso y traumático para los que lo viven en primera persona; no hay más que recordar ejemplos relativamente recientes de España como la minería y la siderurgía en determinadas regiones. A pesar de ello, en momentos en que una actividad no resulta rentable hay que cerrarla y apostar por otras con mejores perspectivas de mercado. La actitud de las discográficas recuerda a aquella de países que elevan tarifas arancelarias para gravar importaciones más competitivas de otras regiones del mundo, en lugar de fomentar aumentos de la productividad en la industria doméstica.

Para la gente como yo, que toda la vida hemos estados en lo que ahora se llama "larga cola" del mercado, es decir, que hemos seguido a artistas minoritarios ajenos a los canales mainstream, Internet, el P2P y otras variantes ha supuesto una verdadera bendición, tanto para poder conocer alternativas en las que el mercado discográfico ni se fija, como para acceder a cualquier tipo de música de cualquier lugar del mundo.

Por cierto, el título de la entrada es el de un poema de Kavafis en el que relata la última y dolorosa partida de Marco Antonio de Alejandría. Son versos que bien podría considerar la industria discográfica:

"Cuando de pronto se oiga, a medianoche
a un invisible tíaso pasar
con músicas fantásticas, con voces
tu suerte que declina, tus hazañas
que no fueron cumplidas, tus proyectos
que fueron todo errores, no los llores para nada.

 Como dispuesto de hace tiempo ya, valiente,
dile por fin adiós a Alejandría que se marcha,
y sobre todo no te engañes y no vayas
a decir que fue un sueño, que se confundió tu oído."



jueves, 3 de diciembre de 2009

En la cultura también hay que innovar

Excelente vídeo muy en consonancia con el Manifiesto "En defensa de los derechos fundamentales en Internet": cultura abierta, participativa y al alcance de todos.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Manifiesto "En defensa de los derechos fundamentales en Internet"

Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que…
 1.- Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.

2.- La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.

3.- La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.

4.- La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.

5.- Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.

6.- Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y
que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.

7.- Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.

8.- Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.

9.- Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.

10.- En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Bibliotecas infinitas (o casi)

"He peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos..."
Jorge Luis Borges. La Biblioteca de Babel.

Leyendo sobre la web semántica o Web 3.0, que parece ser que es la evolución natural y predecible de la actual web social o 2.0, me ha venido a la cabeza aquel relato de Borges, La Biblioteca de Babel, que describe una biblioteca infinita o en cualquier caso, lo suficientemente grande para que resulte imposible recorrerla entera y conocer todo su contenido. Según el narrador, "la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal" y se sugiere que dicha biblioteca es una metáfora del propio universo.

Algo se parece Internet, o la web a secas, a ese vasto laberinto de libros; la información crece exponencialmente minuto a minuto y los nuevos contenidos se generan por todo el mundo, dando la impresión de que el mundo virtual o digital, no tiene límites, o volviendo a la parábola de Borges, "la Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono (los anaqueles de los libros), cuya circunferencia es inaccesible".

La web actual está basada en el lenguaje HTML que define la sintaxis (código), es decir, la forma de mostrar los documentos. El HTML puede describir un documento de la web pero no su contenido, por ejemplo, al hacer una búsqueda con Google o cualquier otro buscador. Esto nos supone que las búsquedas de información requieren un tedioso examen de links y posterior filtrado cuando el término introducido no es lo suficientemente  explícito o directo. En el ejemplo de la Biblioteca de Babel, supondría poder contar con un bibliotecario que te supiese indicar qué libros por su título y descriptor podrían satisfacer tu demanda. pero te daría una lista bastante amplia de referencias y tú tendrías que repasar uno a uno los volúmenes para encontrar lo que buscas

Por el contrario, la web semántica (el significado) permite comunicarse a los ordenadores entre sí e interpretar el significado de los documentos y objetos distribuidos por la red. De esta forma los agentes inteligentes persiguen la información sin mediación humana y los resultados de una búsqueda son exactamente los que queremos. Volviendo a los pasillos de la Biblioteca, sería equivalente a que, entre la inmensidad de vólumenes, el bibliotecario nos supiese decir qué libro exacto tiene una foto del Palacio de la Magdalena de Santander, a las cinco de la tarde de un lunes de mayo tomada desde la fachada sur, y nos encontrase el ejemplar en segundos.

No entraré en los tecnicismos relacionados con los lenguajes de programación que soportarán la web semántica, OWL, RDF, XML, porque yo solamente entiendo de estos temas intuitivamente. Pero lo cierto es que supondrá otro gran paso adelante en el universo de las redes el que al realizar una búsqueda como por ejemplo "Barbie+50 euros", te devuelva catálogos con el juquete de Mattel por ese precio, sin estar  mezclados con páginas de meretrices que ofrecen sus servicios por tarifas equivalentes.
 
Google Analytics Alternative