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jueves, 10 de noviembre de 2022

La necesidad de innovación en la empresa española

 


La empresa española todavía tiene un margen importante para aumentar los beneficios derivados de la adopción de tecnologías digitales, y para emplearlas en la creación de nuevos modelos de negocio y nuevos productos de gran valor añadido. La digitalización permite además optimizar los procesos de la organización, conocer mejor los mercados y las preferencias del consumidor, y establecer una relación directa con el público objetivo -sin necesidad de intermediación-, personalizando la oferta del producto o servicio.

El Foro Económico Mundial habla de cultura digital para hacer referencia a la capacidad de las empresas para utilizar los datos y las herramientas digitales de cara a favorecer la innovación de negocio y la visión centrada en el cliente. De esta forma, la cultura digital estaría soportada sobre cuatro pilares: la colaboración, tanto dentro de la organización como con los agentes del ecosistema al que pertenece (clientes, proveedores, grupos de interés, Administración), el enfoque basado en los datos para guiar la toma de decisiones, la orientación al cliente, y, finalmente, la innovación continua de procesos y productos. Todo ello refuerza el compromiso social de la empresa, la gobernanza, y su apuesta por la sostenibilidad medioambiental.

La OCDE señala que las empresas españolas tienen una relativa alta tasa de adopción de tecnología -si bien existe una brecha importante en función del tamaño-, pero no están aprovechando al máximo las oportunidades que ofrece la digitalización para innovar procesos y productos o servicios[1].

Los datos de la OCDE ponen en evidencia que el porcentaje de empresas innovadoras en España es comparativamente bajo -en torno al 37%-, y que la proporción de compañías que llevaron a cabo actividades innovadoras -implementación de I+D, equipos o software que ha supuesto innovación de producto o de procesos-, durante el periodo considerado de 2014 a 2016, es la menor cifra de la lista de los países considerados, apenas un 17%. Adicionalmente, se observa, en los dos aspectos considerados, una importante brecha entre las grandes empresas y las pequeñas.

Por último, la falta de vocación innovadora queda igualmente patente al analizar el capital intangible, como son las patentes. El indicador número de patentes por volumen de PIB, calculado en el año 2017, en nuestro país supone un 0,31, cifra extremadamente baja, si la comparamos con la de Italia (0,9), Bélgica (1,19) o la media de las naciones de la OCDE (2,43). El porcentaje de patentes relacionadas con las tecnologías de la información y las comunicaciones es en España 8,6%, estando la lista liderada por Irlanda (51,4%), Suecia (44,1%) y Finlandia (33,8%), mientras que el valor medio OCDE se sitúa en 32,1%.

Esta falta de innovación en nuestro tejido empresarial es en parte la responsable de la baja productividad que presenta, de acuerdo con la OCDE. España enfrenta dos problemas: el prácticamente estancamiento de la productividad en las dos últimas décadas, y la alta dispersión de la productividad en función del tamaño corporativo, que implica que las empresas más pequeñas carecen de los incentivos o de la capacidad para adoptar buenas prácticas en innovación tecnológica que mejoren su rendimiento en términos de productividad.



[1] Jin, Y. (2021) “Enhancing digital diffusion for higher productivity in Spain. OECD Economics department working papers No. 1673”

miércoles, 12 de junio de 2019

Las versiones digitales de nosotros mismos



Los gemelos digitales o digital twins son versiones virtuales de objetos o procesos que, alimentándose de big data y haciendo uso del internet de las cosas (IoT), permiten conocer y comprender el funcionamiento y el comportamiento de algo físico a través de su modelo informático equivalente. La llegada del internet de las cosas ha permitido que los gemelos digitales puedan recolectar datos procedentes del objeto físico de manera continua a lo largo de todo su ciclo de vida.

A modo de ejemplo, el gemelo digital de un prototipo de automóvil debe reproducir cada parte del vehículo en 3D y replicar el mundo físico en el que circula de una forma tan precisa que un conductor de la réplica virtual recibe las mismas respuestas que si pilotase el modelo real. Los procesos también pueden tener gemelos, por ejemplo, una cadena de producción puede ser simulada y operada como si fuese su contraparte física.

Aplicando la misma filosofía a la medicina, surge la idea de las versiones digitales de las personas, o modelos digitales que reproducen la composición de nuestro organismo, y que ayudarán a predecir y evitar enfermedades.

Ya es de por sí un concepto vanguardista el crear copias digitales de las cosas, pero lo realmente disruptivo es poder hacer lo mismo con las personas. ¿Podremos tener algún día una copia digital exacta de nuestro organismo alimentada por millones de datos, históricos y recibidos en tiempo real, procedentes de nuestro “yo físico”? Hay quien piensa que algún día será posible.

Sin duda, estas personas virtuales serán uno de los grandes avances de la tecnología médica de los próximos tiempos. Se tratará de sistemas que permitirán al personal médico realmente llegar a conocer al paciente, al disponer de información completa y en tiempo real sobre su condición física, su nivel de respuesta a los tratamientos, el ecosistema en el que se desenvuelve, la reacción ante los medicamentos e incluso sobre sus valores y objetivos vitales.

El gemelo virtual de un ser humano nos puede aportar información instantánea sobre cómo afectan a su salud cambios en el entorno (por ejemplo, una nueva residencia u ocupación), en el estilo de vida (como puede ser una dieta alimenticia distinta) o en las costumbres (empezar a practicar un deporte podría ser un caso). 

También nos permitirá establecer correlaciones entre los distintos episodios clínicos que experimenta el paciente (por ejemplo, entre una subida de la tensión arterial y la ingestión de un medicamento). Y, por supuesto, sería una herramienta para óptima para poder evaluar el resultado de un tratamiento día a día. Todos los cambios y la evolución del organismo físico quedarían reflejados en el virtual.

La creación de réplicas virtuales cada vez más perfectas de humanos depende en gran medida de lo profundo que sea nuestro conocimiento del cuerpo humano. Y existen aspectos, como el cerebro, que todavía albergan muchas incógnitas para la ciencia médica.

No obstante, poco a poco van surgiendo experiencias en torno a la recreación digital de partes del organismo. La empresa Dassault tiene en marcha el proyecto Living Heart, que se basa en construir modelos del corazón en 3D para monitorizar la circulación sanguínea y probar de forma virtual fármacos en proceso de desarrollo, así como predecir posibles arritmias producidas por medicamentos, incluso en pacientes que viven en la otra parte del mundo.

El centro de investigación DZNE y Hewlett Packard están utilizando la arquitectura computacional MDC (Memory-Driven Computing) para analizar a una población de 30.000 personas mayores de 30 años, en busca de las causas del Alzheimer. El objeto es analizar millones de datos para poder determinar qué biomarcadores indican la probabilidad de que una persona joven desarrolle enfermedades neurológicas más adelante en su vida.

Y otro ejemplo más: el proyecto EPFL Blue Brain utiliza un supercomputador para reconstruir digitalmente el cerebro de un mamífero, de cara a comprender mejor su funcionamiento, realizando para ello simulaciones con el sistema.

La enorme complejidad del organismo humano puede limitar la creación de réplicas exactas de nuestros cuerpos, pero, en cualquier caso, es muy probable que esta tecnología nos depare grandes sorpresas en el campo de la ciencia médica a medio plazo.

lunes, 18 de junio de 2018

La revolución digital y el trabajo en España

50 estrategias para 2050. El trabajo y la revolución digital en España es una nueva publicación de Fundación Telefónica realizada en colaboración con Prospektiker en el marco del Proyecto Millennium. El objetivo de esta iniciativa es analizar los efectos que pueden tener los cambios tecnológicos asociados a la revolución digital en España, prestando especial atención a los que afectan al mercado laboral. El estudio está centrado en cinco campos: Educación y aprendizaje, Ciencia y tecnología, Empresas y trabajo, Sociedad y cultura y Gobierno y políticas públicas.

La educación se convierte en el ámbito prioritario de actuación en España para tender al escenario más positivo en el horizonte de 2050. La educación en España afronta el desafío de reinventarse y cambiar adaptarse a los valores cambiantes de la sociedad, al uso de tecnologías en el aprendizaje, a la formación para profesiones hoy todavía desconocidas, los nuevos paradigmas educativos, y en general, a un mundo más complejo y global. Los centros escolares incrementarán su función como redes donde el alumnado pueda interactuar con el profesorado de forma que se produzca un aprendizaje colaborativo. Las tendencias señalan que las competencias específicas serán cada vez más necesarias en las diversas disciplinas académicas

El informe propone una serie de estrategias relacionadas con la educación, entre las que destacan temas como:

  • Generalizar la educación digital e integrar las TIC en la docencia.
  • Incorporar sistemas de inteligencia del mercado de trabajo a las políticas educativas y de empleo.
  • Asegurar la flexibilidad del sistema educativo.
  • Reorientación del sistema de educación de un enfoque colectivo a uno individual.
  • Dinamizar el sistema universitario para promover la modernización de sus estructuras y el reciclaje de su profesorado.

En el ámbito de la Ciencia y tecnología, la mejora de la eficiencia en los procesos, en las decisiones y estrategias se está convirtiendo en un elemento central de la ventaja competitiva, en la medida en que el big data, impulsará nuestra economía en las próximas décadas. Las ciudades se convertirán en espacios en los que la tecnología digital embebida, centrada en aplicaciones basadas en Internet y móviles con múltiples funciones, generará un volumen ingente de datos, y el análisis en tiempo real de los diferentes sistemas facilitará la toma de decisiones.

El Internet de las cosas (IoT) permitirá una gestión más sostenible y un abaratamiento de los costes, que tendrán un impacto beneficioso en la movilidad, el transporte autónomo, o en ámbitos como el de la vivienda, la salud, el trabajo, la energía y la producción de alimentos. El mundo asistirá a un incremento de la robótica, la fabricación avanzada y la impresión 3D, que transformarán las cadenas de suministro de todas las industrias.

Muchos de los trabajos que se desarrollan actualmente en Europa están relativamente poco cualificados y son de carácter repetitivo, por lo que el mayor avance tecnológico implica el riesgo no solo de que se pierdan estos puestos de trabajo, sino de que también se deteriore la calidad del empleo en la economía digital. El uso de tecnologías online para crear mercados de trabajo puede provocar una carrera descendente en salarios y condiciones laborales, transfiriendo el riesgo y la responsabilidad de los empleadores a los trabajadores.

El informe plantea una batería de estrategias en este ámbito de las que podemos extraer las siguientes:

  • Desarrollar una estrategia de implantación nacional en ciencia y tecnología.
  • Promover las redes de realidad extendida y potenciar una cultura de red y de interconexión para la inteligencia artificial.
  • Apuesta por la ciberseguridad.
  • Potenciar la red Internet of beings (Internet del ser humano).
  • Puesta en marcha de fondos de capital riesgo que apoyen la inversión en I+D+i.

En el apartado de Empresas y trabajo, se destaca que el envejecimiento poblacional constituye el principal cambio sociodemográfico en los países desarrollados, en los que se estima que en 2050 vivirá el 80% de la población mayor de 60 años, y Europa será la región más envejecida. Para el año 2060, se prevé que en la UE solo habrá 2 trabajadores por cada persona de 65 años o más. Junto con estos cambios sociodemográficos, otros hechos disruptivos podrían modificar de forma inesperada el funcionamiento del mercado laboral: las transformaciones en los entornos laborales, los valores cambiantes de las personas empleado o la convergencia de tecnologías. Muchos de los trabajos y habilidades buscadas hoy no existían hace una década. Del mismo modo, nuevos puestos de trabajo y habilidades surgirán en el futuro.

La digitalización está reduciendo la demanda de tareas rutinarias y manuales, al tiempo que aumenta la de tareas de baja y alta cualificación y de habilidades interpersonales y para resolver problemas.
De las estrategias propuestas por el estudio destacamos:

  • Extender los sistemas de apoyo al autoempleo y el emprendimiento, y fomentar los ecosistemas conectados.
  • Replantear los modelos de protección social en esquemas de “flexi-seguridad”.
  • Impulsar la gestión del conocimiento a través de la innovación abierta en las empresas.
  • Repensar la responsabilidad social y el impacto que las empresas generan en la sociedad y en sus empleados.
  • Impulso a programas integrales de reinserción laboral.

El campo de la Sociedad y la cultura viene caracterizado por la pérdida de protagonismo de la familia clásica madre-padre-hijo a favor de otras estructuras familiares menos tradicionales (familias monoparentales, homoparentales, multiculturales, etc.). Las sociedades serán principalmente urbanas. Las ciudades podrán llegar a concentrar cerca del 70% de la población mundial en 2050. Estas ciudades serían a su vez fiel reflejo de la creciente desigualdad y del incremento de la brecha entre ricos y pobres, que podría agravarse en las próximas décadas. Entre los riesgos probables, encontramos una expansión no igualitaria, que podría dividir al mundo entre quienes tienen acceso a la tecnología digital y quienes no, y que agrandaría la brecha con las generaciones que no cuentan con habilidades o soltura suficientes para adoptar la economía colaborativa en un ecosistema online.

De las estrategias propuestas en este terreno destacan:

  • Redefinir los valores éticos de las organizaciones y las personas.
  • Gestión de una sociedad más multicultural.
  • Desarrollar competencias digitales a nivel general y competencias analíticas clave.
  • Protagonismo del smart citizen.
  • Potenciar las industrias creativas en el marco de la cultura digital.

El último epígrafe tratado por el informe es Gobierno y políticas públicas. Se perfila un mundo más global y más local, donde se plantean cuestiones como la sostenibilidad de los actuales sistemas de bienestar, la reducción de la fuerza laboral, la necesidad de reformas estructurales para asignación de inversiones y ahorros, y la vulnerabilidad de la economía europea dentro del mercado global.

La gobernanza nacional cada vez es más dependiente de las decisiones que se toman en el exterior. Un mundo global interdependiente con diversos actores que tienen intereses transnacionales e intersectoriales, así como el surgimiento de una conciencia global y un nuevo contrato social para la ciudadanía, están cambiando el proceso de toma de decisiones y aumentando la necesidad de una cultura anticipadora de elaboración de políticas.

Entre las estrategias sugeridas en este apartado se pueden destacar:
  • Convertir la estrategia nacional sobre tecnología en una política de Estado, al margen del debate partidista.
  •  Potenciar el rol público para el impulso del avance tecnológico.
  • Nuevos mecanismos de participación ciudadana que impulsen la implicación progresiva en los procesos de toma de decisiones, más allá del voto.
  • Gobernanza basada en el gobierno abierto, la transparencia y la rendición de cuentas.

martes, 5 de junio de 2018

El estado de la innovación en España

La sexta edición del informe de KPMG The Changing Landscape of Disruptive Technologies analiza, a través de entrevistas a directivos y emprendedores del sector tecnológico, el estado de la innovación alrededor del mundo. En una primera parte, establece clasificaciones generales que destacan los países, regiones, ciudades y empresas más avanzadas en este campo, mientas que en la segunda presenta una visión más pormenorizada país por país.

De esta forma, los expertos encuestados consideran que los países que presentan mayor probabilidad de albergar el nacimiento de tecnologías disruptivas de impacto global son, en primer lugar, Estados Unidos, seguido de China, India, Japón y Reino Unido.

Por otro lado, el 45% de la muestra cree posible que el epicentro de la innovación mundial abandone Silicon Valley en los próximos años y se traslade a otras regiones del mundo. Un tercio apunta que China será a medio plazo el gran nodo tecnológico del mundo.

Al ser preguntados sobre qué ciudades pueden emerger como centros de innovación en el futuro cercano, el nombre que más se repite es Shanghái en China, seguido de Tokio, Londres, Nueva York y Pekín.  Los puestos siguientes los ocupan, respectivamente, Singapur, Seúl, Bangalore, Tel Aviv y la europea Berlín.

Las empresas que lideran la innovación en el mundo son principalmente americanas: Google, Apple, Microsoft, Tesla y Amazon. Por detrás aparece mencionada la china Alibaba. En el apartado de los mayores visionarios tecnológicos surgen los nombres de Elon Musk (Tesla), Sundar Pichai (Google), Mark Zuckerberg (Facebook), Jack Ma (Alibaba), Bill Gates y Satya Nadella (Microsoft).

Al abordar el caso concreto del estado de la innovación en España, los autores del trabajo se muestran francamente optimistas: nuestro país es de los más innovadores del mundo dado que ocupa el puesto 28 de 127 países considerados dentro del Global Innovation Index 2017.

La solidez del sistema de innovación español se sostiene sobre cuatro pilares:

  1. Un buen ecosistema de I+D basado en infraestructuras, centros de investigación y servicios de apoyo.
  2. Liderazgo en tecnologías avanzadas en sectores como las telecomunicaciones, la energía, los electrodomésticos, la banca, la defensa y el control aéreo.
  3. El elevado nivel de las universidades y otros centros de investigación que es reconocido mundialmente.
  4. El asentamiento en España de las plantas de producción y los centros de excelencia de numerosas multinacionales, gracias a la elevada calidad de vida y al fácil acceso a recursos de calidad a bajo coste.
Los modelos de negocio digitales más desarrollados en España son los de comercio minorista (Business-to-Consumer) y los basados en redes sociales. El 70% de los navegantes españoles compra en Amazon y el 40% lo hace una vez al mes. El ocio y los viajes son dos de los principales sectores en los que se centra el comercio electrónico. El informe también destaca que casi 20 millones de españoles hacen uso de las redes sociales, especialmente de Facebook, YouTube, Twitter, Spotify y WhatsApp.

Por otro lado, la alta penetración de teléfonos inteligentes y de la banda ancha móvil entre la población (más de un 94% de cobertura de 4G en los hogares de acuerdo con La Sociedad Digital en España 2017) sienta las bases para el crecimiento de modelos de negocio digitales disruptivos, como el fintech, el proptech o la eSalud.

KPMG dibuja el colectivo de la start-up española con los siguientes rasgos:

  • El 77% de las mismas están en fase de seed stage, es decir, en la fase inicial de concepción de la idea de negocio, y el 55% tiene menos de tres años.
  • Los campos principales en los que trabajan las start-ups españolas son el fintech, la realidad aumentada, el diseño, el Internet de las cosas y el geoposicionamiento.
  • El desarrollo de producto está basado sobre todo en el desarrollo de software, los modelos de negocio de servicios, el software como servicio y la fabricación de dispositivos IoT.
  • Los modelos de negocio se basan sobre todo en el B2B (Business-to-Business), en el B2C (Business-to-Consumer) y en el B2B2C (Business-to-Business-to-Consumer).
 Como obstáculo a la innovación en España, el informe destaca el bajo espíritu emprendedor de la población (solamente el 5,7% de la fuerza de trabajo está interesada en emprender), que los autores achacan a factores como la excesiva burocracia, los elevados impuestos que tiene que pagar la empresa, la falta de flexibilidad del mercado de trabajo o la dificultad para acceder al capital riesgo y a los créditos bancarios.

lunes, 7 de mayo de 2018

Los ecos de 2001 (y V): nuestros hermanos mayores del cosmos

Para celebrar los 50 años de la película de Stanley Kubrick 2001: una odisea del espacio me gustaría analizar a través de una serie de artículos algunos conceptos y elementos del film y su vigencia o relación con este mundo de la primera mitad del siglo XXI. En concreto, temas como las visiones de entonces del futuro tecnológico, el desarrollo de la inteligencia artificial y su relación con el ser humano, el transhumanismo o la búsqueda de vida extraterrestre.

A pesar de sus aires filosóficos, 2001 es una película de extraterrestres. El eje central de la acción describe la intervención en la evolución humana de inteligencias superiores, desde la prehistoria hasta el salto evolutivo que protagoniza el astronauta Bowman en la última secuencia del film.

No obstante, se trata de una película de extraterrestres atípica, pues es una película de extraterrestres sin extraterrestres. En efecto, no aparece ningún ser de otro mundo en todo el metraje y solamente hacen patente su presencia las inteligencias superiores a través del monolito negro, que es el verdadero protagonista del guion.

El director Stanley Kubrick le explicó al escritor Joseph Gelmis en una entrevista realizada en 1969 el porqué de esta ausencia de iconografía alienígena. El equipo de rodaje debatió largo y tendido sobre cómo presentar a los extraterrestres de una forma absolutamente rompedora y alucinante, pero al final se llegó a la conclusión de que «no se puede imaginar lo inimaginable». Deciden por tanto representar la inteligencia de otros mundos desde un punto de vista simbólico y artístico, un monolito negro, que en palabras de Kubrick «tiene en sí mismo algo de arquetipo jungiano y a la vez es un ejemplo muy fiel de ‘arte minimalista’».

De alguna forma, los entes superiores extraterrestres son un equivalente a dioses. El mismo Kubrick dijo en 1968: «Diría que el concepto de Dios está en el corazón de 2001, pero no cualquier imagen tradicional antropomórfica de Dios». No es extraño que una civilización tecnológica “actualice” el culto religioso tradicional tiñéndolo de tecnología. No son pocas las personas que sustituyen la fe en los dogmas de las religiones por la creencia en seres galácticos que nos visitan con asiduidad y que interfieren en nuestras vidas.

Pero dejando de lado las seudoreligiones basadas en extraterrestres, lo cierto es que la ciencia lleva desde el siglo pasado realizando esfuerzos serios por encontrar y comunicarse con seres de otros mundos. El proyecto SETI (Search for ExtraTerrestrial Intelligence) comenzó en la década de los setenta analizando señales de radio procedentes del cosmos buscando inteligencia y enviando a su vez mensajes que puedan ser descifrados e interpretados por civilizaciones avanzadas (que por lo menos hayan llegado a dominar la radioastronomía).

Por otro lado, tanto las sondas Pioneer 10 y 11 como las Voyager 1 y 2 albergan mensajes sobre la Tierra por si algún día son encontradas por seres extraterrestres inteligentes. Las dos primeras llevan una placa con grabados sobre el aspecto del hombre y de la mujer y la posición del planeta Tierra en el Sistema Solar, mientras que las Voyager contienen un disco con música y sonidos de nuestro planeta.

Uno de los campos más activos en la actualidad en la búsqueda de vida fuera de la Tierra es identificar y analizar exoplanetas, es decir, planetas que giran en torno a otras estrellas. En concreto, se trata de estudiar grandes cantidades de estrellas para desentrañar si cerca de ellas orbitan planetas con características parecidas a las de la Tierra. En este sentido, recientemente se ha puesto en órbita el satélite TESS (Transiting Exoplanet Survey Satellite) cuya misión consiste en analizar más de 500.000 estrellas durante los próximos dos años con el objeto de identificar posibles cambios de la luz procedente de estos astros, que puedan implicar que un planeta ha cruzado entre la estrella y la Tierra.

¿Llegaremos algún día a conocer a nuestros hermanos mayores del cosmos?

jueves, 3 de mayo de 2018

Los ecos de 2001 (IV): el ser humano es algo que debe ser superado

Para celebrar los 50 años de la película de Stanley Kubrick 2001: una odisea del espacio me gustaría analizar a través de una serie de artículos algunos conceptos y elementos del film y su vigencia o relación con este mundo de la primera mitad del siglo XXI. En concreto, temas como las visiones de entonces del futuro tecnológico, el desarrollo de la inteligencia artificial y su relación con el ser humano, el transhumanismo o la búsqueda de vida extraterrestre.

2001: A Space Odyssey es quizá la más ambiciosa narración cinematográfica que jamás que haya filmado, pues cubre en sus algo más de dos horas de metraje los millones de años que recorre la humanidad desde sus orígenes simiescos hasta una era de viajes espaciales que todavía en nuestra época no ha llegado. El guion relata el viaje metafísico en el tiempo que transporta al espectador desde los homínidos que dieron origen a la especie humana, hasta una supuesta transformación del ser humano en una suerte de semidiós galáctico por obra de una inteligencia extraterrestre superior.

En la enigmática secuencia final, el astronauta Dave Bowman, que se encuentra más allá de Júpiter, aterriza con su nave en una estancia de corte clásico (decoración estilo Luis XVI) y allí comienza a verse a sí mismo dar saltos de décadas de su vida en minutos, hasta verse decrépito en el lecho de muerte. En ese momento, surge el negro monolito al pie de la cama y Bowman es iluminado por una intensa luz blanca que le transforma en un feto: se ha producido un salto evolutivo del ser humano hacia una nueva raza mucho más avanzada. La imagen final muestra al niño de las estrellas navegando por el espacio en dirección a la Tierra.

Probablemente Stanley Kubrick, al igual que Nietzsche, ya pensaba entonces, cuando rodó la película, que el hombre es algo que debe ser superado y hoy en día igualmente nos encontramos con numerosas voces que predicen la evolución de nuestra especie gracias a la tecnología.

El transhumanismo, término acuñado hacia mediados del siglo pasado, hace alusión a un movimiento cultural e intelectual internacional que tiene como objetivo final transformar la condición humana mediante el desarrollo y la fabricación de tecnología que mejore las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico o intelectual.

Ya en nuestro siglo nos encontramos con los denominados biohackers, personas que gestionan su propia biología utilizando una serie de técnicas médicas, nutricionales y electrónicas, con el objetivo de ampliar sus capacidades físicas y mentales. La meta es conseguir desarrollar el hombre aumentado, es decir, un ser fruto de aumentar la capacidad del cuerpo humano haciendo uso de las tecnologías, prótesis o implantes tecnológicos.

Se habla también de los cíborgs, seres formados por materia viva y dispositivos electrónicos, entre los que destaca el británico Neil Harbisson, un artista contemporáneo y activista cíborg, que es conocido mundialmente por la antena que lleva implantada en la cabeza para poder ver los colores. Se trata del primer cíborg oficialmente reconocido por un gobierno. En 2010 fundó, junto con la coreógrafa catalana Moon Ribas, la Cyborg Foundation, una institución destinada a promover el ciborgismo como movimiento social y artístico, así como a defender los derechos de los cíborgs y ayudar a los humanos que lo deseen a convertirse en cíborgs.

La medicina ya está dando grandes pasos en la aplicación de tecnología para ayudar a las personas a superar limitaciones relacionadas con la discapacidad, desde implantes cocleares, que permiten a las personas con limitaciones auditivas escuchar, hasta exoesqueletos destinados a ayudar a moverse a aquellos que tienen limitaciones motoras.

Sin embargo, una de las grandes fronteras en este campo son los interfaces cerebro-ordenador (BCI en sus siglas en inglés), una tecnología que recoge las ondas cerebrales para que puedan ser procesadas por una máquina o un ordenador. De alguna forma, establecen una relación directa entre la mente humana y el entorno. En el ámbito de la discapacidad, pueden hacer que personas con poca o nula capacidad motora muevan con el pensamiento dispositivos mecánicos, como un brazo articulado o una silla de ruedas, o que interactúen con su entorno, por ejemplo, encender y apagar la luz sin tocar un interruptor.

Finalmente, la edición del genoma humano, algo en lo que todavía estamos dando los primeros pasos, puede ser la llave para cambiar y mejorar al ser humano desde su misma esencia. La tecnología CRISPR, definida gráficamente como unas tijeras moleculares, abre la posibilidad de alterar la carga genética de cualquier célula y puede que algún día seamos capaces de esta manera de prevenir y neutralizar enfermedades genéticas y de reforzar y aumentar las capacidades del cuerpo humano.

Quién sabe si a lo largo de este siglo llegaremos a ver al ser humano aumentado.

martes, 17 de abril de 2018

Los ecos de 2001 (II): humanos automáticos y máquinas demasiado humanas

Para celebrar los 50 años de la película de Stanley Kubrick 2001: una odisea del espacio me gustaría analizar a través de una serie de artículos algunos conceptos y elementos del film y su vigencia o relación con este mundo de la primera mitad del siglo XXI. En concreto, temas como las visiones de entonces del futuro tecnológico, el desarrollo de la inteligencia artificial y su relación con el ser humano, el transhumanismo o la búsqueda de vida extraterrestre.

Uno de los personajes 2001 con mayor número de frases en el guion – aunque hay solamente cuarenta minutos de diálogos de un total de dos horas y diecinueve minutos de metraje- no es humano. Se trata del superordenador HAL 9000, que se encarga de llevar la nave espacial Discovery hasta más allá de Júpiter con una tripulación de varios astronautas en estado de animación suspendida y dos despiertos de guardia, Dave Bowman y Frank Poole. La misión va en busca de un misterioso monolito supuestamente creado por una civilización de origen extraterrestre.

HAL, cuyo nombre es el resultado de la contraer las palabras heurístico y algorítmico, los dos principales sistemas de enseñanza (y no las letras que preceden en el abecedario a las siglas IBM, como dijo algún crítico de la época), es la visión que tuvieron el director Stanley Kubrick y el coautor del guion Arthur C. Clarke de lo que podría llegar a ser la inteligencia artificial en el entonces futuro, el comienzo del siglo XXI. La película anticipó elementos como el aprendizaje automático o las redes neuronales, algo en lo que se basa la inteligencia artificial más avanzada que estamos desarrollando hoy en día.

Uno de los rasgos más notables de HAL es su personificación, es decir, cómo ha sido diseñado para emular el modo de relacionarse de una persona con otros interlocutores humanos, simulando incluso empatía por los demás. Por ejemplo, en una escena de la película le llega a decir al astronauta Bowman: “puedo deducir por el tono de tu voz que estás disgustado, Dave.  ¿Por qué no te tomas una píldora relajante y descansas un poco?” Exactamente como una persona se preocupa por otra.

Su voz igualmente intenta reproducir el tono cálido del habla humana. En uno de los borradores primitivos del guion HAL tenía una voz femenina y en vez de HAL se llamaba Athena, pero finalmente Kubrick y Clarke desestimaron la idea porque de esa manera la relación de la máquina con los astronautas podría adquirir matices eróticos no deseados.

Un fenómeno curioso en la relación entre hombre y máquina es lo que el crítico de cine Alexander Walker denominó inversión de los roles, que hace alusión a que los astronautas Poole y Bowman se comportan de manera mecánica en el film —siguen los protocolos establecidos y aplican el entrenamiento recibido de forma fría y desapasionada—, mientras que HAL se muestra demasiado humano, al desarrollar algo parecido a emociones y una especie de soberbia, que le lleva en última instancia a acabar con casi toda la tripulación de la nave.

De alguna forma supone una metáfora de cómo nos enfrentamos a la tecnología hoy en día. Por un lado, desarrollamos algoritmos de inteligencia artificial intentando en muchos casos que se parezcan lo más posible a un ser humano en sus diálogos y reacciones. Un buen ejemplo de ello son los modernos robots conversacionales, que poco a poco se introducen entre las relaciones de las empresas con sus clientes, o los asistentes personales, como Siri de Apple, Google Assistant, Cortana de Microsoft o Alexa y Echo de Amazon. El objeto de estos programas es que aprendan cómo somos de sus relaciones con nosotros e intenten parecerse cada vez más a un ser humano.

Y en el extremo opuesto, en muchos aspectos el uso de la tecnología deshumaniza a las personas. A pesar de que las redes sociales tienden a amplificar la vida social, algo que destaca la reciente publicación Sociedad Digital en España 2017, también consiguen aislarnos detrás de las pantallas y sustituir en gran medida las relaciones físicas personales por otras digitales.

Este fenómeno también lleva a que se produzcan linchamientos públicos en redes sociales como Twitter, en donde las masas de cibernautas iracundos sin rastro de empatía atacan con fiereza a personajes públicos -y a otros que no lo son tanto-, sin intentar comprender sus motivaciones o informarse adecuadamente de la naturaleza de los hechos por los que se les juzga. ¿Y qué decir de la costumbre de grabar con el teléfono móvil en situaciones de accidentes, atentados o catástrofes naturales? ¿Acaso no se muestran poco humanos aquellos que registran el dolor y el sufrimiento ajenos, en vez de intentar ayudar o sencillamente paralizarse de horror? Ha ocurrido en numerosos atentados de los sufridos en los últimos tiempos, aunque el caso más reciente es un accidente, el del telesilla desbocado de una estación de esquí Georgia, en el que algunos testigos se dedicaban a grabar en vídeo cómo la estructura lanzaba con violencia a los esquiadores, en vez de intentar socorrerlos.

¿Estaremos transmitiendo nuestra naturaleza humana a las máquinas que construimos?

martes, 20 de marzo de 2018

Qué esperamos este año de la inteligencia artificial

La inteligencia artificial es el término de moda de esta década. A lo largo del siglo XX, las máquinas que aprenden no traspasaban los límites de los escritos teóricos y de la ciencia ficción, pero, ya en este siglo, por fin se están materializando aplicaciones de IA en numerosos sectores de actividad. La capacidad disruptiva de esta tecnología aparentemente es tan poderosa que el miedo y la preocupación por el futuro impregnan los discursos más apocalípticos. Sin embargo, también abundan los esfuerzos analíticos que tratan de matizar los efectos reales que las máquinas inteligentes tienen sobre la sociedad y la economía y la velocidad a la que se producen los cambios, que pueden no ser tan inminentes.

Un ejemplo de esto es un informe de PwC que limita sus vaticinios al más estricto corto plazo, consciente de lo difícil que es realizar una predicción a cinco o diez años en un tema tan complejo que evoluciona tan rápido. Por ello, el trabajo 2018 AI predictions – 8 insights to shape business strategy acota el marco de su especulación sobre el futuro de la inteligencia artificial a los límites del año en curso. Veamos los hitos más destacados que anticipan los autores del documento sobre las máquinas inteligentes.  

La inteligencia artificial impactará en los empleadores antes de hacerlo en el empleo

Este juego de palabras encierra la creencia de que las máquinas no van simplemente a destruir empleo, como pregonan las profecías más catastrofistas, sino que conducirán a una transformación compleja del mercado de trabajo. El estudio habla del surgimiento del concepto de centauro, que no es otra cosa que un algoritmo informático que trabaja mano a mano con un humano. El trabajador se apoya en la capacidad operativa de la máquina, pero puede tomar decisiones él mismo cuando lo considere necesario.  Es decir, que la inteligencia artificial no tendrá el control absoluto y siempre estará sometida al criterio humano.

La inteligencia artificial pondrá los pies en la tierra

Frente a las visiones futuristas que predicen las maravillas que serán capaces de realizar las máquinas inteligentes en las próximas décadas, en el muy corto plazo podremos ver cómo estos sistemas empoderan a los trabajadores, añadiendo valor a la empresa, especialmente a través de tres líneas de actuación: automatizando procesos demasiado complejos para la tecnología antigua, identificando tendencias en los datos históricos para crear valor de negocio y aportando inteligencia de previsión para apoyar la toma de decisiones humana.

La inteligencia artificial nos ayudará a responder a la gran pregunta sobre los datos

Muchas empresas todavía están esperando el retorno de las inversiones realizadas en big data, puesto que se han tenido que enfrentar con una curva de aprendizaje demasiado “empinada”, con herramientas de explotación todavía poco desarrolladas y con la necesidad de realizar importantes cambios organizativos. La inteligencia artificial es la tecnología que necesitan para optimizar la explotación de las grandes masas de datos, pues aporta, ente otras cosas, métodos más fáciles para la minería de datos poco estructurados, como pueden ser el procesado del lenguaje natural y la clasificación y el indexado de texto, o el aprendizaje de las máquinas (machine learning) y la gestión automatizada de los datos.

Serán los especialistas de cada campo y no los programadores los que dirijan la evolución de la inteligencia artificial

La inteligencia artificial poco a poco irá penetrando en todos los campos, desde el análisis financiero al cuidado de la salud, pero no se puede esperar que los informáticos y programadores entiendan en profundidad de cada área en la que se aplica. Por ejemplo, si el objetivo es diseñar un algoritmo que pueda predecir el comportamiento del mercado de divisas, necesitaremos los conocimientos de un experto financiero para llevarlo a cabo, no bastan los conocimientos de programación. Los tecnólogos necesitarán de expertos en cada caso que les ayuden a diseñar los sistemas y a probar su eficiencia.

Los ciberataques serán más poderosos con la inteligencia artificial, pero también lo serán las defensas

El hacking es uno de los primeros campos en los que la inteligencia artificial ha demostrado su utilidad. Aporta la capacidad para automatizar los ataques a servidores o la infección simultáneamente de millones de ordenadores. Sin embargo, la misma tecnología que sirve para hacer daño es útil también para proteger: ofrece la capacidad de analizar en tiempo real millones de datos identificando prematuramente vulnerabilidades de los sistemas, riesgos y amenazas.

Debe convertirse en prioridad el abrir la caja negra de la inteligencia artificial

Uno de los problemas del importante avance tecnológico de la inteligencia artificial actual es que, al aprender de forma autónoma, en numerosas ocasiones los humanos no sabemos por qué los algoritmos toman determinadas decisiones o en qué razonamiento basan un diagnóstico. Este fenómeno a menudo compara la inteligencia artificial con una caja negra que no sabemos qué contiene. El no comprender a fondo cómo funciona una determinada máquina puede llevar a que está tenga un funcionamiento no deseado o a que genere efectos colaterales no previstos por sus programadores. El informe de PwC convierte en una prioridad a corto plazo el poder comprender a la perfección cómo funcionan los algoritmos de inteligencia artificial, sin dejar “ángulos muertos”.

Las naciones competirán por la inteligencia artificial

El valor generado por la inteligencia artificial se calcula en casi 16 billones de dólares en 2030 y, como es lógico, todos los países se están posicionando en el tablero internacional para sacar la mayor tajada de esta gran esperanza tecnológica. Aunque el actual equipo de gobierno de Estados Unidos ha frenado las inversiones en inteligencia artificial, otros países están intentando no perder el ritmo marcado por China, que considera el desarrollo y la aplicación de esta tecnología como una prioridad estratégica nacional. De esta forma, países como Reino Unido, Canadá, Japón, Alemania y Emiratos Árabes Unidos están desplegando planes en este campo para no quedar atrás.

La presión para garantizar un uso responsable de la inteligencia artificial no se centrará únicamente sobre las empresas tecnológicas

Existe un miedo generalizado acerca de los peligros de hacer un mal uso de una herramienta tan potente como la inteligencia artificial. Su esperado carácter disruptivo crea desasosiego e incertidumbre, tanto entre las empresas como en los poderes públicos y ciudadanos. Es por ello que están alzándose voces en defensa de maximizar los beneficios que la inteligencia artificial puede traer a la humanidad y a la vez minimizar los riesgos. Instituciones y organismos como Center for the Fourth Industrial Revolution, Institute of Electrical and Electronics Engineers (IEEE), AI Now, The Partnership on AI, Future of Life, AI for Good o DeepMind. Todas ellas abogan por la transparencia, el control y el desarrollo de un marco normativo.

martes, 13 de marzo de 2018

Frankenstein como reflexión para la ciencia y la tecnología actuales

El 1 de enero de 2018 se cumplió el bicentenario de la publicación de Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, una de las grandes novelas góticas del siglo XIX y un icono clásico del género de la ciencia ficción. El libro tiene su origen en una reunión que celebraron la autora y su marido, el poeta Percy Bysshe Shelley, con el amigo de ambos Lord Byron, en la Villa Diodati, su residencia en Suiza. Lo que empezó como un juego o un reto entre amigos -a ver quién compone la mejor novela de terror- desembocó en uno de los mejores relatos de la literatura fantástica de todos los tiempos.

Frankenstein, aparte de sus virtudes literarias, constituyen una seria reflexión sobre los límites de la ciencia y del desarrollo científico.  La trama es harto conocida: un científico, Victor Frankenstein, construye un ser humano con partes de cadáveres y consigue insuflarle vida. El ser creado tiene un aspecto monstruoso y es rechazado por las personas con las que coincide, por lo que desarrolla un odio hacia el ser humano en general y hacia su creador en particular. De esta forma, se dedica a perseguir a Victor Frankenstein y a asesinar a sus seres queridos.

Para conmemorar los 200 años de la obra y como una forma de reivindicar su vigencia actual, la Universidad Estatal de Arizona ha lanzado una edición de la novela anotada para científicos, ingenieros y creadores de todo tipo. El volumen reproduce el texto completo de Shelley con comentarios de científicos y personal académico de distintos centros de enseñanza superior, que puntualizan o reflexionan sobre distintos aspectos. Adicionalmente, los responsables de la edición han incluido una serie de ensayos en los que varios expertos realizan aproximaciones a la obra que arrojan conclusiones relevantes sobre la investigación y el desarrollo científico y tecnológico. Conviene detenerse un poco en estos textos.

La investigadora Josephine Johnston centra su aportación a la obra en la responsabilidad que debe asumir el científico y el tecnólogo, algo que a su juicio Victor Frankenstein desatiende. Se trata de una responsabilidad ante la sociedad, por los efectos que puede tener tu creación científica, y también una responsabilidad ante lo creado, en este caso, ante el monstruo. Ambos aspectos son extraordinariamente actuales, el segundo en concreto en relación con los avances de la biotecnología y de la inteligencia artificial como áreas “creadoras”

Por otra parte, la escritora de ciencia ficción Cory Doctorow en su ensayo titulado He creado un monstruo (y tú también puedes hacerlo) saca de la obra la conclusión de que, aunque los avances tecnológicos suelen ser el resultado de las decisiones individuales, el cómo se utilizan se convierte en una decisión colectiva. Pone de ejemplo Facebook, fruto de una decisión individual de su creador, pero cuya popularidad procede del uso masivo en todo el mundo, de la decisión colectiva de utilizar esa y no otras redes sociales precedentes que fracasaron.

Jane Maienschein y Kate Maccord se preguntan sobre si la criatura de Frankenstein es o no un ser humano, o lo que es lo mismo, por qué es considerado como un monstruo en la novela. Para ellas, lo monstruoso del ser no es su apariencia física, por desagradable que pueda ser, ni sus actos violentos, generados por el rechazo social, sino el hecho de que no ha experimentado un proceso de desarrollo para ser como es, que, a juicio de las autoras, es lo que define la naturaleza humana.

La cuestión sobre si Victor Frankenstein es un científico o un alquimista centra la reflexión del profesor de filosofía Alfred Nordmann. A modo de ver, el proceder del creador del monstruo está más próximo a la magia y la superstición que a la ciencia moderna. El científico estudia la naturaleza de forma objetiva y desapasionada, mientras que Victor acomete su trabajo investigador con “una ansiedad que casi se convierte en agonía”.

El texto de Elizabeth Bear Frankenstein Reframed or the Problem with Prometheus estudia los que ella identifica como fallos en la personalidad de Victor Frankenstein, que llevan al desencadenamiento de la tragedia en la historia: la falta de empatía y el narcisismo, esto último muy asociado al pensamiento científico de la Ilustración (lo humano por encima de cualquier otra cosa).

Anne K. Mellor de la Universidad de California se aproxima a la obra de Shelley desde el punto de vista del género. ¿Habría cambiado algo la relación con su creación si Frankenstein hubiese sido mujer en vez de hombre? ¿Crear un ser vivo sin madre no es alterar las leyes básicas de la naturaleza? ¿Qué implicaciones morales y éticas debería tener en consideración la genética moderna y la biotecnología?

Finalmente, Heather Douglas de la Universidad de Waterloo compara la novela Frankenstein con el desarrollo de la bomba atómica. Según su teoría, existe una dulzura técnica en la investigación científica cuando aparece la solución a un problema y todas las piezas encajan. Lo peligroso es que, como en el caso del proyecto Manhattan, la satisfacción que produce el haber salvado un obstáculo importante y haber alcanzado el objetivo último de la investigación, impide que los científicos tengan la perspectiva suficiente para darse cuenta de que probablemente acabar el proyecto no era deseable, ya sea dar vida al monstruo de Frankenstein o el desarrollo de un arma nuclear.
 
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