El consumo de música en streaming ha
sido a lo largo de la década pasada el motor de crecimiento del sector,
invirtiendo la tendencia de caída de ingresos que tenía lugar año tras año
desde el año 2000. Los ingresos totales marcaron una curva descendente,
principalmente motivada por la pérdida de valor de las ventas en soportes
físicos, hasta alcanzar su punto mínimo en el año 2014, a partir del cual, se
observa que la tendencia alcista que va remolcada por el incremento del valor
aportado por el streaming, mientras las ventas físicas cada vez
representan una proporción menor del total, y los ingresos procedentes de las
descargas –que cobraron cierto protagonismo entre 2010 y 2015-, han ido
perdiendo relevancia desde entonces. Y, a pesar de su apabullante tasa de
crecimiento, las plataformas de streaming todavía son mercados
muy jóvenes con amplio espacio para crecer.
Dentro del sector de la música
en streaming, destaca la presencia abrumadora del gigante sueco
Spotify, que concentra casi la tercera parte de los suscriptores de todo el
mundo. Las cifras de Amazon y Apple sumadas apenas consiguen equiparársele, y
Tencent concentra más del 10% del mercado, aunque solamente opera en China.
Uno de los principales activos de
la industria musical son los catálogos, cuyos derechos de explotación deben
adquirir las plataformas de streaming para poder poner la
oferta más amplia y atractiva posible en manos de sus usuarios. Este ha sido
uno de los puntos débiles tradicionales del modelo de negocio de Spotify, el
que el grueso de su servicio dependa de contenidos propiedad de terceros, que
deben ser negociados periódicamente. Es por ello que la plataforma sueca lleva
años apostando por el pódcast como una forma de crear valor con contenido
propio. En su informe a los accionistas del primer trimestre de 2020, los
responsables de Spotify confiesaban sentirse excitados con la trayectoria
creciente de consumo y adopción de este formato en todos sus mercados. El 19%
de los usuarios activos mensuales escuchaba podcasts a principios de 2020,
frente al 16% de finales de 2019, y el consumo crece a tres dígitos anualmente.
La propiedad de los catálogos
musicales está muy concentrada. Por una parte, están los sellos discográficos,
que se encargan de grabar y promocionar a los artistas, entre los que destacan
Universal Music Group (un 32% del mercado), Sony Music Entertainment (20%), y
Warner Music Group (16%), correspondiendo el 32% restante de la actividad a
compañías independientes.
Por otro lado, están los fondos
de inversión que adquieren los derechos de las canciones como activos
financieros. Es el caso de Hipgnosis Songs Fund, Round Hill Music, Kobalt
Capital, Tempo Music Investments, Primary Wave o Shamrock Capital, entre otros.
Por ejemplo, Hipgnosis tiene los catálogos de Shakira o Neil Young, Shamrock
Capital ha comprado las canciones de Taylor Swift por 250 millones de euros, y
Primary Wave adquirió el 80% de la obra de Stevie Nicks por 80 millones. Pero,
sin duda, la venta más sonada ha sido la de Bob Dylan: 600 canciones a
Universal Music por una cantidad que oscila entre los 245 y los 405 millones de
euros.
Para los fondos, la inversión en
música de éxito atemporal es una garantía de rentabilidad. El poder de los
clásicos en los gustos del público es más que patente, e incluso es algo que se
ha intensificado con el confinamiento. Un estudio llevado a cabo por la
Universidad de Lovaina en seis países europeos demostraba que la pandemia ha
cambiado los hábitos de consumo de música en Spotify, aumentando
significativamente la escucha de música de siempre frente a las novedades. El
autor lo explicaba como una tendencia hacia la nostalgia y al deseo de volver
al mundo anterior a la crisis sanitaria.
Foto de Jessica Lewis Creative en Pexels
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